¿Podemos aceptar una sentencia así?

¿Podemos aceptar una sentencia así?

Xavier CasanovasMe gustaría ayudar a toda la gente que lee este espacio a entender el rechazo que tanta gente en Catalunya, sea o no independentista, siente ante la sentencia hecha pública ayer a los líderes políticos y sociales independentistas (las declaraciones de dirigentes de Catalunya en comú o de entidades Sindicales no independentistas son en este sentido significativas). Este no es evidentemente un análisis jurídico de la sentencia ni de un proceso judicial que no termina aquí, pues podemos esperar claramente que esta sentencia será recurrida a instancias superiores. Sino una mirada sobre sus implicaciones políticas y sociales.

Hace años que nuestro país se debate, de forma torpe y en muchos casos irresponsable, para hacer encajar el hecho diferencial catalán en un marco constitucional agotado. Con los hechos de octubre de 2017 entramos en una fase claramente excepcional en nuestra historia reciente. Cuando los problemas políticos no se encauzan por las vías del diálogo, de la cesión de posiciones, y del pacto; y se hace no tarde sino cuando toca; se convierten en una olla a presión que finalmente estalla. Y así ha sido en el caso que nos incumbe, afectando no poco a nuestras vidas.

Que se llegara a la vía judicial solo certifica el fracaso de la política. Pues este conflicto, encauzado debidamente -y hemos tenido muchas oportunidades para ello- no nos habría llevado donde estamos hoy. La sentencia de ayer significa la estocada final para mucha gente, pues se ha dado por perdida una última esperanza: que habría quien salomónicamente sabría alzarse sobre tal lodazal para decir, señores y señoras, esto no era tan grave, por favor, olviden los agravios respectivos, hagan autocrítica, siéntense en una mesa y pónganse de acuerdo. Esto, me temo, ya no es posible.

La desobediencia, malversación y consecuente inhabilitación política habrían sido penas realmente duras, pero, con mucha probabilidad, se habrían aceptado como la consecuencia inevitable de quien pretende desobedecer la ley. Habrían generado rechazo por parte del independentismo, pero no la solidaridad que muchos no independentistas han mostrado hoy con los miembros en prisión. Porque usar los tipos penales más duros para instruir el caso -primero rebelión- y luego para sentenciar -sedición- además de matar moscas a cañonazos, es mandar a la población (y a la sociedad civil organizada) un mensaje inequívoco: ningún tipo de manifestación, desobediencia o reivindicación legítima de cambio político va a ser tolerada sin un castigo muy severo.

Esta sentencia, además, no solo condena un gobierno, sino que condena también una presidenta del Parlament sin funciones ejecutivas y dos líderes de entidades de la sociedad civil cuyos cargos de sedición, como muchas entidades de derechos civiles han denunciado durante todo el proceso judicial, entre ellas Amnistia Internacional, no se podían sostener. Y eso ha hecho que centenares de entidades sociales entre las que se encuentran las más transversales dentro de Catalunya y que agrupan a centenares de miles de afiliados (UGT, CCOO, la Taula del Tercer Sector o la Confederació d’Associacions de Veïns de Catalunya) hayan denunciado lo inadecuado de la sentencia y reclamen la vía de la libertad como necesaria para salir del actual atolladero. Os juro, porque lo he vivido de cerca, que recoger tal transversalidad en la sociedad catalana no es tarea nada fácil, y es, de hecho, una de los retos más importantes hoy: retomar el diálogo interno.

¿Podemos no mostrar, incluso los que nos decimos no independentistas, nuestro rechazo ante una sentencia así? Dicho de otro modo: ¿nos tenemos que conformar con aplicar la ley y su justicia o hay espacio para otra interpretación posible de las responsabilidades y para una salida diferente al conflicto? Cuando se conoció la sentencia de “la manada” muchos -y sobretodo muchas- se indignaron y salieron a la calle. Se consideró que los jueces no habían acertado. Defender nuestro derecho de protesta, manifestación, desobediencia pacífica pasa por hacerlo ahora, por mucho que no comulguemos con el fin independentista que en este caso se perseguía. ¿O seguiremos apoyando la desobediencia civil masiva que ha ocurrido en Hong Kong o en Ecuador las últimas semanas, porque nos parece legítima, y no seremos capaces de hacerlo cuando ocurre un movimiento parecido cerca nuestro por miedo a ser malinterpretados o utilizados? Vean como incluso se ha posicionado sobre la sentencia un espacio nada dudoso de nacionalismos como la Plataforma de Afectados por la Hipoteca.

La política, pues, tiene que superar un escollo dificilísimo, ya que cualquier solución pasará necesariamente por el debate sobre la libertad de quien está hoy en prisión. Y no parece que haya nadie en el escenario político español dispuesto a ello. Hasta que esto no ocurra, me temo que el estancamiento social y político va a proseguir. Sin libertad de los líderes no puede haber normalización de la convivencia e inicio de una salida política, esto se nos hace muy evidente a los que vivimos en Catalunya. Por otro lado, la asimetría en la que ha derivado el conflicto implica pedir más responsabilidad a quien tiene más fuerza y poder actualmente.

Este post no quiere otra cosa que, humildemente, ofrecer una perspectiva más, pero una perspectiva situada. Creo que la verdad debemos buscarla entre todos. Es probablemente la primera damnificada de este conflicto. También lo son la Política en mayúsculas -el no afrontar de una vez por todas reformas de calado en la política global de una gran urgencia- y la política en minúsculas -listas de espera que se alargan, leyes para regular alquileres que no se aprueban, etc.-. Pero sobretodo lo son las personas que han visto y van a ver limitada su libertad, y sus familiares, por algo que podríamos habernos ahorrado. El dolor, y los años de prisión y sufrimiento quedaran como una cicatriz que escocerá cada vez que se apele a palabras mayores (tan a menudo abstractas y vacías de contenido) para solucionar este conflicto político.

Me niego a que no hablemos de ello. A que se imponga el silencio en los espacios que compartimos personas que no pensamos igual sobre el futuro de Catalunya y/o de España. Obliguémonos a compartir lo que pensamos a poner sobre la mesa punto de vista, anhelos y frustraciones, vías de solución, así como explicitar aquellas líneas que para nosotros son frontera delicada, estoy seguro que todos y todas saldremos ganando. Al menos, quizás, empecemos a construir las bases para un futuro liderazgo político mejor del que nos ha traído hasta aquí.

¿Podemos aceptar una sentencia así?

Imagen de Free-Photos extraída de Pixabay

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