La vida después de un atentado

El valor de la vida antes y después de un atentado

Eduardo Rojo Torrecilla. He terminado de leer hace pocos días “El colgajo” (Le lambeau, en el original francés) del periodista Phillippe Lançon (Editorial Anagrama). Hasta aquí, nada que justifique una entrada en el blog de CJ, dado que además siempre se dedica el 23 de abril, día del libro, a recoger la selección de obras que las y los miembros del centro recomendamos para su lectura, ya sea de ámbito social, económico, religioso, político, etc.

Pero sí tiene interés tratar, aunque sea de forma breve, esta historia. ¿Y saben por qué? Se aprende a saborear la vida, a valorar aquello a lo que no damos importancia alguna por tratarse de la cotidianidad; darte una ducha, desayunar, leer el diario, ir al trabajo, hablar con los amigos y amigas, ir al cine o al teatro, ver una película en una de las numerosas plataformas ya existentes, efectuar un viaje, discutir, enfadarte y reconciliarte, o no, con tu pareja, jugar con tus hijos e hijas, o con tus nietas y nietos, y muchas otras cosas más que cualquier lector o lectora pueda añadir de su propia cosecha.

Philippe Lançon era el 7 de enero de 2015 un ciudadano normal, si se entiende por ello una persona que hace una vida que incluye todo aquello que he citado con anterioridad. De oficio y profesión periodista, ciertamente siempre sujeto a las críticas de todos aquellos y aquellas que estuvieran en contra de sus artículos, aunque ello no es nada extraño ni del otro mundo para quien se dedica cada día no sólo a informar sino también a analizar y dar su parecer sobre la noticia y sus personajes. En la sociedad en que vivíamos en 2015, y ahora mucho más, esas críticas podían manifestarse en cartas al director, correos electrónicos con ataques a su persona y utilización del anonimato en las redes sociales, aunque también en ocasiones a cara, o nombre, descubierta para lanzar exabruptos sobre su persona y su trabajo, y ello debe ser asumido, estoy seguro de que lo era, por quien se dedica a esa profesión y trata de redactar sus artículos con seriedad y franqueza.

Lo que nadie asumirá nunca, ni un periodista, ni una persona dedicada a la política, ni alguien que se dedica a la literatura o un simple profesor universitario, es que sus opiniones, pareceres, ideas, pensamientos, por muy polémicas e incluso hirientes que puedan ser para (algunos de) los demás, puedan llegar a ser sepultadas, y desgraciadamente nunca mejor utilizada esta palabra, por una lluvia, una ráfaga de balas que siegan la vida de quien utilizaba en tiempos pasados la pluma, después una máquina de escribir manual y más adelante electrónica, y ahora un ordenador, para ordenar sus ideas y ponerlas a disposición, por supuesto voluntaria, de todos aquellos y aquellas que desearan conocerlas.

Philippe Lançon trabajaba para el diario Liberation y para el seminario satírico francés Charlie Hebdo. Desde luego, las críticas de este último diario, satíricas obviamente, no sentaban nada bien a quienes creen que sus creencias políticas, religiosas o sociales, son intocables y están protegidas contra cualquier incursión de quienes puedan no estar de acuerdo o simplemente usen los dibujos, las caricaturas, para reírse de ellas. Un periodista como Lançon, que había estado cubriendo la información en países en los que la guerra no era un juego de niños sino la realidad del día a día, no se debía sentir especialmente preocupado por ello, si bien es cierto que el diario ya había sido víctima de un atentado anterior y se habían reforzado las medidas de seguridad.

Como casi cada mañana, Lançon iniciaba su vida diaria, cotidiana, con la misma normalidad que lo hacía cualquier otro día, y se dirigió a la reunión de la redacción de CH el 7 de enero de 2015 para debatir, o simplemente escuchar, el parecer de otras y otros miembros sobre el contenido del siguiente número. Llevaba su mochila con todo lo que necesitaba y paseaba tranquilamente, después de que la noche anterior fuera al teatro a ver la obra de Shakespeare “Noche de Reyes”. A buen seguro que en su cabeza rondaban muchas ideas de qué hacer tras la reunión y en los días siguientes, de con qué amigos y amigas se iba a encontrar, o más simplemente qué película iba a ver en su ordenador o a que obra de teatro podía ir en los próximos días en la capital francesa, la conocida como “La ciudad de la luz”, “La Ville Lumière”.

Esa luz, esas ideas, dejan de ser tales, se oscurecen, no sólo para Philippe Lançon, en muy pocos segundos, el día 7 de enero por la mañana, tras unas ráfagas de balas que ponen fin a la vida de varias de las personas presentes en la sede de CH. Es un atentado que conmocionará a la sociedad francesa, incluso a gran parte de quienes consideraban que la incorrección política de unos caricaturistas iba mucho más de lo permisible en nuestra sociedad, la Francia, la Europa civilizada, of course, que ahora ya no lo parecía tanto ni mucho menos después de lo ocurrido.

¿Murió Phillippe Lançon? ¿Creyó que estaba muerto? La historia narrada en el libro es de la una persona que, como cualquier otra, tiene una vida ordinaria antes de un determinado minuto, o simplemente de unos segundos, y que después esta desaparece o queda interrumpida. Como narra el periodista esos momentos que vivió, y en donde la frontera entre la vida y la muerte está en las manos, en el kalashnikov exactamente, de alguien que cree que puede disponer libremente de la vida de otras personas que no piensan, si la palabra “pensar” puede aquí utilizarse, como él, es algo que deja impactado, o al menos este es mi caso, a quien lee el libro. En unos segundos se juega la partida entre la vida ordinaria y la no vida, entre seguir después de la reunión con las actividades pendientes o simplemente hacer borrón, y no cuenta nueva, de todo, porque desaparece la posibilidad de hacerlo. En unos segundos, la cotidianidad de aquello que hacía el periodista cada día, de aquellos que millones de personas hacen cada día, se convierte en lo extraño, lo irrepetible, lo interrumpido, lo casi inexistente.

La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida, así lo dice una preciosa canción de Ruben Blades. Una mala sorpresa le dio al periodista el 7 de enero con el atentado que segó la vida muchos de sus amigos y amigas, pero al mismo tiempo le dio otra sorpresa, dado como se desarrollaron los acontecimientos, o simplemente el descuido o el nerviosismo de quien empuñaba el kalashnikov, ya que en la frontera entre la vida y la muerte su cuerpo se quedó en la primera. Con un gran coste y desgaste físico, del que el libro permite tener exhaustivamente conocimiento de todo él a través de la impresionante reconstrucción de esos momentos del 7 de enero y de todo el larguísimo proceso de recuperación, Philique Lançon sigue en la tierra, tendido en el suelo y no sabiendo, en esos eternos segundos que debieron ser los que siguieron a las primeras ráfagas, si su vida, la anterior, la normal, la cotidiana, iba a desaparecer totalmente. Y no, no desapareció.

El periodista sobrevivió, y a partir del 7 de enero se inicia una nueva vida para él, en la que la anterior queda casi oculta en su interior, ya que debe centrarse en el proceso de recuperación. Creo que debe, debemos todos, dar las gracias a los avances de la tecnología en el ámbito médico para que ese proceso llegara a buen término y descubrir que un buen uso de aquella puede cambiar y mejorar la vida de las personas.

Desde la publicación de la obra en francés, y muy en especial con la reciente publicación en castellano, se han publicado varias entrevistas con el autor. Todas son de lectura recomendable porque es el periodista que sufrió el atentado el que explica ese proceso de recuperación, esa dificultad extrema de volver  más de dos años después a la “vida interrumpida”, de esa necesidad de seguir aferrado a una vida “ordinaria” de los centros hospitalarios donde estuvo, donde todo está pautado, del temor a un nuevo atentado, de cómo valora la vida y de cómo muchas personas, en especial del ámbito medico y sanitario, le permitieron “recuperar la normalidad”.

Pero, más allá de las entrevistas, lo que hay que leer es el libro, eso sí con tranquilidad y con buen estado de ánimo, aunque a buen seguro que si no lo tiene el lector o lectora cuando inicie la lectura sí lo tendrá al final, porque descubrirá el valor de aquello a lo que no damos importancia, la vida cotidiana.

Y descubrirá también algo que es extraordinariamente importante a mi parecer: no hay una sola muestra, gota, brizna, de odio en la obra. Más allá de los obligados, y muy duros, recuerdos del atentado, este desaparece para dejar paso a la vida después de esos minutos, de esos segundos, del tránsito de la vida cotidiana interrumpida a la vida posterior que se mueve durante un tiempo entre la vida y la muerte y después se concentra en el largo, larguísimo, proceso de recuperación.

No hay una sola muestra de odio, y ciertamente podía haberla si reparamos no solo en el atentado de CH sino también en que el libro finaliza con la referencia al atentado del 13 de 2017 en el teatro Bataclan. Pero, al fin y al cabo, en la obra, en la reconstrucción del cuerpo de Philippe Lançon, en su memoria, la vida ha ganado a la muerte.

La vida después de un atentado

Imagen de Pexels extraída de Pixabay

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