Curar y dejarnos curar al estilo de Pedro Claver

Curar y dejarnos curar al estilo de Pedro Claver

M. Carmen de la Fuente. Hace unos días celebramos la fiesta de san Pedro Claver, recordando así la vida de un hombre que en el siglo XVII entregó su vida en la defensa de los esclavos negros. En una sencilla celebración compartida con compañeros del Sector Social de la Compañía de Jesús, uno de ellos nos invitaba a fijarnos de forma especial en los gestos del santo. Porque Pedro Claver fue un hombre que defendió a los esclavos desde el reconocimiento de su dignidad, de su vida y de su alma, y ​​lo hizo poniéndose físicamente a su lado, desde la proximidad, mostrando su afecto y acariciando sus heridas. Pedro Claver traspasó las líneas rojas, se desplazó hasta los márgenes y allí,abrazó vidas a las que no se daba ningún valor.

Hoy esta forma de estar y de hacer puede ser fuente de inspiración para nosotros, para nuestro tiempo. En nuestro mundo, en nuestras ciudades y barrios, necesitamos mujeres y hombres dispuestos a defender los derechos de aquellos a quienes hemos despojado de humanidad, a quienes hemos convertido en “ingredientes” de grupos homogéneos sin rostro (sin papeles, sin hogar, MENA, “Post Mena”, solicitantes de asilo…). Pero, además, necesitamos que lo hagan rompiendo la distancia -pequeña y abismal a la vez- que nos separa, dispuestos a recorrer el camino que va desde el centro a los márgenes, acercándose físicamente al otro y desde allí mirar a los ojos y acariciar heridas. Sólo de cerca podemos escuchar las voces -muchas veces silenciadas- y las historias narradas en primera persona -que es cuando son más reales-; sólo acercándonos tenemos alguna opción de comprender el universo del otro y descubrir cuáles son sus necesidades, tal vez muy diferentes de las que nosotros habíamos previsto y para las que hemos diseñado respuestas “perfectas” (con objetivos e indicadores a prueba de subvención).

Hay que reivindicar la proximidad y la ternura de la caricia, porque sabemos que son gestos que curan y hacen bien. Curan a quien los recibe. Lo hemos visto en el efecto que tienen en los rostros y en los cuerpos de personas víctimas de violencia (en cualquiera de sus formas), en cómo estos se transforman cuando se recibe acompañamiento, cuando se alivia el dolor físico, cuando se libera, cuando se recupera la “vida”. Sólo por eso valdría la pena vivir al estilo de san Pedro Claver y entregar la vida a los márgenes del mundo, como hizo él.

Pero no es sólo eso. El efecto de la ternura y la caricia tiene dos direcciones: quien acaricia las heridas de los demás también se cura y se transforma. Entrar en contacto con la fragilidad del otro nos remite a nuestra condición más esencial y más humana. Nos permite reencontrarnos con “quienes somos” cuando “somos” de verdad, cuando dejamos caer todas las capas que vestimos en el día a día para sobrevivir en un mundo que ha generado dinámicas estructurales que amenazan la vida, la de los demás y la nuestra. Cuando nos situamos al lado de quien ha sido expulsado hasta los márgenes, cuando escuchamos su voz y miramos sus ojos, podemos ver que allí la humanidad sigue latiendo, quizá debilitada y dolorida, pero constante y resistente. Nos podemos dar cuenta entonces de que quien tenemos delante es más parecido a nosotros que aquel (super)hombre o (super)mujer que queremos llegar a ser, y descubrir así que nuestra deshumanización tiene cura.

Atrevámonos pues a curar y dejarnos curar como camino para recuperar la humanidad perdida (robada, vendida, escondida…), la nuestra y la de los demás, y hacerlo desplazándonos a los márgenes. Que san Pedro Claver sea quien nos acompañe y nos empuje a dar los pasos, para hacerlo a su estilo: defendiendo y abrazando vidas.

Imagen cedida por MigraStudium

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