La diakonía de Jesús: el arte de lavar los pies

La diakonía de Jesús: el arte de lavar los pies

Juan Pablo Espinosa ArceEl lavado de pies comenzó en la Encarnación. San Pablo en Filipenses 2,6-11 insiste en que el Hijo de Dios, el Señor, se “abajó”, se “anonadó”, se hizo esclavo. El concepto griego es doulos (siervo, esclavo). Juan 1,14, por su parte, indica que el Logos, la Palabra de Dios, puso su tienda bajando del cielo. En Juan 13, nuestro texto ejemplar donde se narra la escena del lavado de pies, se muestra un cambio total: ya no son los siervos los que lavan los pies de los señores. Ahora es el Señor el que lava los pies de los discípulos. ¡Este es un intercambio desigual! El que es Eterno se hace esclavo; los esclavos del mundo son tratados como señores. El Jesús que lava los pies es Hijo del Dios del escándalo, del Dios de los contravalores, del Dios contracultural. Jesús toca el polvo de la historia, pone sus rodillas en el suelo de la sala de la última cena y hoy nos invita a que sigamos poniendo nuestros pies, rodillas, manos, corazón, alma, cuerpo, eros, espíritu, ¡la vida!

El autor Jesús Martín Ballester recuerda que los discípulos miran “atónitos una escena impresionante”[1]. La conmoción anímica de los discípulos de Jesús va inundando la escena. Un Jesús profundamente descentrado, vertido, dado hasta el límite. El Dios del arte de lavar los pies es aquella realidad personal que hace dudar. Con el Dios de Jesús presente en el lavado de los pies la tentación de construirnos un Dios a nuestra medida se rompe. Ya no estamos en presencia del dios (con minúscula) del éxito, del poder, del ídolo a nuestra imagen y semejanza; con Jesucristo entendemos cómo Dios se manifiesta en el suelo, en la debilidad, con una rodilla en tierra… Es casi como con Getsemaní: Jesús lava los pies en el suelo; en Getsemaní Jesús está postrado en tierra. Se mantiene una lógica interna en toda la vida y en la Pascua de Jesús. Nelson Barrientos habla del “Dios desconcertante y siempre mayor. Entró en la historia (¡pasó a la historia y pasó por la historia!) desde fuera, porque Dios la trasciende. Introduciendo en la historia un sistema nuevo de valores que el hombre llega a comprender sólo desde la fe”. Y este es un reto a la libertad: Dios libremente se hace esclavo para que el esclavo suba al lugar del Señor (con mayúscula). Eso en cristología se llama “divino intercambio”: Dios haciéndose debilidad para que la debilidad del ser humano pudiese llegar a la plenitud divina. Pero esto siempre es un movimiento de libertad. Jesucristo libremente lava los pies, y el que es lavado también asume su libertad: querer o no querer, pero eso tiene sus consecuencias como veremos más adelante. Como sentencia Barrientos: “un descenso que es ascenso, único crecimiento posible en el amor”. Esto es el gesto encarnatorio y divinizante. Esta es la lógica de Dios.

Este descentramiento de Jesús sigue la lógica de interiorizar su acción y hacerla parte de uno. Pablo en Filipenses habla de “mentalidad”; en otras traducciones se opta por “tener los mismos sentimientos”. Jesús, en el Evangelio de Juan, le dice a los discípulos que lo hecho por él debe ser ejemplo para toda la comunidad. Lavar los pies es por ello un arte: el artesano muestra el cómo de la idea. Y decimos el cómo porque la tradición hubiera indicado que los sirvientes de la casa alquilada para la Cena fueran los que hubiesen lavado los pies. Pero pienso que Jesús –siguiendo a B. Pixler–, apenas entrara el sirviente con la palangana y el agua le hubiera dicho: “déjame, yo me encargo de eso”. Y esto claramente descolocó emocional y culturalmente a los discípulos. Por ello la repulsa de Pedro. Hoy la Iglesia de Jesús debe seguir las prescripciones del Maestro: tengan sus mismos sentimientos; lo que he hecho que les sirva de ejemplo. “Si yo, el Maestro y el Señor les he lavado los pies, así ustedes deben lavarse los pies entre ustedes”. Aquí Juan utiliza el Kyrios que es el título cristológico o el nombre que define al Cristo Resucitado; entonces podríamos transliterar el texto bíblico y decir “Si yo el Maestro y el Resucitado les he lavado los pies…”.

El despojo del Cristo que lava los pies también me gusta percibirlo en el despojo del manto. El filósofo judío Emmanuel Lévinas, cuando habla del concepto de “decir” y del “exponerse”, utiliza la imagen metafórica del despojo del manto o de la coraza, y que cuando ello ocurre el ser humano queda expuesto hasta su médula, es decir, hasta lo más interno de su ser. El que se quita el manto –y en el caso de Jesús el quitarse el manto para lavar los pies– es aquel que no tiene nada para ocultarse, es el totalmente expuesto, el totalmente dado y vertido. Es interesante esto de estar vertido, de darse-donarse, ya que Juan 13 y según la crítica bíblica es aquello que junto a Juan 6 reemplazan los relatos de la institución de la Eucaristía. Mientras en Mateo, Marcos, Lucas y en la Primera Carta de Pablo a los Corintios encontramos relatos de institución, en Juan encontramos a un Jesús que se vierte, que se derrama, que se expone en el lavado de los pies. Y se expone también por la salvación de todos, incluso de Judas Iscariote.

Siento en esto un acto de profunda humildad y contracción (abajamiento) de Jesús, ya que si uno sigue atentamente el relato de Juan 13 el anuncio de la traición y la salida de Judas de la sala de la Cena ocurren después del lavado de pies. Judas, con sus pies lavados pero con su corazón, espíritu y alma desintegrados (no purificados; el lavar los pies es purificar para comer la Pascua de Jesús, para compartir su suerte, como se lo dice a Pedro), queda desintegrado por el pecado. Judas no es capaz de entender el gesto artístico de Jesús de lavar los pies y de crear (poiesis; ars; arte) un nuevo ser humano en las caricias de las manos de Jesús. Las manos del artista acarician la obra, proyectan en ella sus más bellas ideas. Jesús expuesto, totalmente dado, toma los pies de Judas, los acaricia, los besa, crea en él algo nuevo pero el corazón de Judas no entiende y no acepta la lógica del amor de Jesús. Por ello sale a ejecutar la contra obra de arte, la traición, y cuando sale “era de noche” dice el texto. El sol de justicia no pudo amanecer en el corazón mancillado por la oscuridad de la muerte, de la enemistad y de la injusticia. Pero, a pesar de ello, Jesús se sigue exponiendo. ¿Y la Iglesia? ¿Se está despojando voluntariamente o son otros la que la despojan? Y no solo como acto de humildad sino que como un corte en una forma de hacer las cosas que pareciera que ya no da para más. Es interesante cómo a pesar de que la Iglesia continúa comportándose como Judas –esto es cerrándose al amor de Dios– Jesús continúa provocándola, provocándonos, a tener sus mismos sentimientos.

Judas desintegrado por su pecado, la oscuridad de la noche, del mal que parece bondad. Jesús continúa lavando los pies, el agua recorre sus dedos y las manos del Nazareno vuelven a colocarse entre los dedos de sus amigos. Es interesante la fuerza purificadora del agua. El filósofo y poeta francés Gastón Bachelard ha hecho notar dicha característica acuática. Dejemos que él nos ayude a pensar cómo el agua posee también una cuestión clave en la diaconía (de alguna manera el agua también es diaconal; el agua sirve; el agua atiende; sin agua nos desintegramos; Jesús es el Agua Viva, la diaconal agua viva). El poeta Paul Claudel dice: “todo lo que el corazón desea puede reducirse siempre a la figura del agua”. El corazón de Dios se movía sobre el agua. Dios creó por amor y miró la creación y vio que era buena. El diacono Jesucristo toma agua en sus manos y desea que los suyos tomen parte de su proyecto. Es como con Pedro: “Señor no quiero que me laves los pies”. “Pedro, si no te lavo los pies no tienes parte en mi suerte” (de diacono, de entregado, de siervo). El agua que purifica usada por Jesús la noche de la cena tiene lo que Bachelard dice: “el agua pura se le pide, pues, primitivamente, una pureza a la vez activa y sustancial. Mediante la purificación se participa en una fuerza fecunda, renovadora, polivalente”[2]. La purificación operada por Jesucristo tanto en el cuerpo como en el alma del que se abre a la purificación (¡la purificación y la aceptación a ella son movimientos libres!) opera una nueva realidad (en teología sacramental se habla de que los sacramentos operan la gracia; transforman). Bachelard, más adelante, sostiene: “el profeta (bíblico) canta aun: ‘lávame y quedaré más blanco que la nieve’. Como el agua tiene un poder íntimo puede purificar al ser íntimo, puede devolverle al alma pecadora la blancura de la nieve. Queda lavado moralmente el que es asperjado físicamente”[3]. Martín Ballester dirá por su parte: “lavar es purificar. La misión de Jesús es asociarse un pueblo de purificados”[4]. El lavado de pies está también en la línea del bautismo cristiano, bautismo que tiene su concretización en la muerte de Jesús. De hecho, San Pablo indicará que haber sido bautizados es compartir la muerte y la resurrección de Jesús (Cf. Rm 6,4). La purificación de los pies es símbolo de una purificación en el servicio. Lavado de pies y servicio son conceptos y realidades inseparables. Es más, una se entiende por la otra y ambas se explican mutuamente.

Los cristianos, en cuanto seguidores del Maestro, comparten su destino y su trascendencia. Pero, ¿qué es trascender? Sigo a Adolphe Gesché en su obra Dios para pensar: el destino. Dice Gesché: “Trascendencia quiere decir aquí algo que nos arrastra desde lejos y a lo lejos, pero para reducirnos a nosotros mismos; algo que, como el océano, nos aparta a la vez de la orilla y nos lleva al infinito, pero que al mismo tiempo nos devuelve a la playa en su reflujo, impregnados del infinito que en nosotros viene a abrazar amorosamente la tierra”[5]. La trascendencia de Dios tiene su lógica en su abajamiento. El Dios menor (de la debilidad; del ponerse al servicio diaconal de los otros; de la humildad en la tierra-humus) es como el mar y su playa. El poeta alemán Federico Hölderlin dice que Dios creó al ser humano así como el mar crea la playa: apartándose. El Dios del lavado de pies y su diacono, Jesucristo, nos impregnan de infinito pero en lo finito de lo cotidiano. Algo tan cotidiano como lavar los pies de otro, como atender al que llega, como hacer sentir cómodos a los que se sientan a la mesa ya son espacio para entender y encontrar a Dios. Javier Melloni recuerda que las manos de Jesús son la prolongación de las manos de Dios Padre. Las manos humanas son capaces de comunicar las manos divinas. Los cristianos debemos asumir que nuestra historia es la historia-con-Dios; que nuestras manos son las manos-con-Dios; que cuando lavamos los pies de los otros estamos repitiendo el gesto eucarístico (¡lavar los pies es signo de la gracia; eu-xaris; eucaristía!) de Jesús. Gesché dice: “abrazar amorosamente la tierra”. Pensemos en que Dios en la creación también abrazó amorosamente la tierra y sus creaturas, especialmente la creatura humana que era su tú, su interpelado-interpelador. En esta nueva creación presidida por el agua de la purificación el Maestro también abraza los pies de los discípulos, y los abraza amorosamente. Los discípulos deben abrazar amorosamente –”amar hasta el extremo” comienza el relato de Juan 13– los pies. Abrazar los pies se dice de múltiples maneras: discipulado misionero, evangelización, acción social, reconocimiento del otro como hijo de Dios, participación en la vida sacramental, sentido eclesial, participación y liderazgo en la comunidad. Así uno también trasciende en cuanto contacto vivencial (mano con pie; historia con historia) con el otro que espera ser atendido.

***

[1] Jesús Martín Ballester, Escucha Israel: Homilías A-B-C, (San Pablo, Madrid 1995), 61.

[2] Gastón Bachelard, El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia (FCE, México 2016), 216.

[3] Gastón Bachelard, El agua y los sueños: ensayo sobre la imaginación de la materia (FCE, México 2016), 216.

[4] Martín Ballester, Escucha Israel, 61.

[5] Adolphe Gesché, El destino (Sígueme. Salamanca 2007), 13.

Imagen extraída de: Wikipedia

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.