Recuperar el canto gregoriano

Recuperar el canto gregoriano

J. I. González FausConfieso de entrada que soy un amante de la polifonía coral. Tanto que la prefiero a la orquesta. A pesar de todo, hay una música monódica que me atrae cada vez más. Me refiero al llamado canto gregoriano.

Se trata de una música tranquila, sin prisas, muy al servicio de la letra cantada, a la que parece estudiar y acunar y subrayar para que resalte más. Transmite así una experiencia de calma, de paz, de superación del ego, que brota no solo de la melodía sino del mensaje que esa melodía intenta transmitir.

Fijémonos, por ejemplo, en el responsorio “Christus factus est pro nobis…” (Cristo se hizo por nosotros obediente hasta la muerte) cantado en semana santa y el día de la exaltación de la cruz (15 de septiembre): la melodía, que comienza tranquilamente enunciativa, se exalta de repente y se entretiene en las palabras “pro nobis”, para luego casi encallarse y terminar en una caída brusca, en la palabra “cruz” y, de repente, levantar un vuelo rápido de optimismo sostenido: “por eso Dios le sobreexaltó”… El oyente que siga la letra, se queda a la vez con un sencillo mensaje (“cruz por nosotros”) y con una extraña sensación de sosiego y pacificación.

Oigamos también el introito de la misa del Espíritu Santo (“el Espíritu de Dios ha llenado toda la tierra”): un ascenso casi gritón en el verbo “llenar” se culmina con un descenso casi repentino al pronunciar la palabra tierra. Y a eso ha de seguirle, casi inevitablemente, un sereno aleluya.

En el ofertorio “Precatus est Moyses”, que canta la intercesión de Moisés y la decisión de Yahvé de no castigar al pueblo, el verbo orar del inicio  tiene como un salto brusco que parece expresar angustia, para luego alargar casi desmesuradamente la letra en dos palabras: en el verbo “dijo” referido a Moisés, como si la música quisiera quedarse esperando a que concluya la larga plegaria del patriarca y, sobre todo, al final, tras el perdón, en la palabra “pueblo” como buscando que ese perdón no se acabe nunca y que Dios no olvide que se trata de “Su pueblo”.

Y el tan vulgar Kyrie de la “misa de angelis”, tras dos conclusiones casi bruscas con la palabra “ten piedad” en las dos primeras invocaciones, comienza la tercera invocación con un entretenimiento inacabable en la palabra Señor, como si quisiera marcar que Aquel que tiene piedad de nosotros es nada menos que el Señor de todo.

Los ejemplos podrían seguir y creo que con conclusiones parecidas. Por esa armonía tan honda de letra y música, tengo que admitir que un cierto conocimiento del latín ayudará a la efectividad plena de esta especie de inyección espiritual que es, en mi opinión, el canto gregoriano. Bien. Pero también muchos cantantes de hoy se meten a cantar en inglés y no por razones de eficiencia expresiva sino simplemente por razones de mercado.

Y lo que más quiero destacar aquí es que, seguramente, esas maravillas no han aparecido como resultado de un minucioso análisis técnico, sino que han surgido intuitivamente de un estado de ánimo: una experiencia interior de serenidad confiada, de la cual brota esa placidez de la música, que da cuerpo a una placidez del espíritu y la transmite.

Propongo pues una recuperación del gregoriano, no precisamente como “acto directo de culto a Dios” (pues el único verdadero culto a Dios es la misericordia y la perfección del corazón humano), sino como forma de “terapia” espiritual o de plegaria. Una plegaria que también puede practicar el no creyente. Como dejarse empapar por una lluvia mansa que te va transformando y de la que sales con una paz que no es evasión ni olvido sino plenitud de conciencia. Infinitamente más eficaz que todos los modernos manuales de autoayuda.

Dos anotaciones para concluir este breve análisis: creo que el gregoriano debe ser cantado y escuchado siempre en coro, no en solos: es una actividad comunitaria donde el unísono busca dar la sensación de profunda comunión y de desaparición del propio ego. También, no sé por qué, me gusta el gregoriano cantado por voces masculinas (quizá porque somos los machos los más necesitados de esa superación; o, a lo mejor, por pura costumbre).

Luego de eso, y generalizando la reflexión, me he preguntado con frecuencia cuál debía ser la cosmovisión y el estado de ánimo de los que pudo brotar esa maravilla tan sencilla, tan humana y, por eso, tan religiosa. De la actual visión del mundo no parece que puedan brotar regalos de este tipo.

Después, como pasa con todas las rehabilitaciones, volvemos a ir decayendo y necesitaremos una nueva sesión. Como ocurre también con la oración. Pero eso importa poco.

Y si vale lo esbozado aquí, se comprende mucho mejor la relación entre vida activa y vida contemplativa: dos calificativos que nunca pueden implicar exclusividad, puesto que se trata de dos dimensiones intrínsecas del ser humano y que se complementan entre sí. La vida contemplativa debería ser el aliento de la activa, y ésta el desafío de la contemplativa. Si Isaías cantó aquello de la paz como obra de la justicia (referido sobre todo a la paz social), vale también dar la vuelta al refrán y hablar de la justicia como obra de la verdadera paz personal. O, como muy bien intuyó D. Bonhoeffer, “solo quien levanta la voz en favor de los judíos tiene derecho a cantar gregoriano”.

Imagen extraída de: Wikimedia Commons

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