Que Dios te lo pague...

Que Dios te lo pague…

José María SeguraCuando escuchas esta expresión sabes, o imaginas, que la persona que la hace no te va a corresponder. O al menos no te va a corresponder con una contraprestación por el valor del servicio, acción o de la cosa que le estás proporcionando, facilitando, de la ayuda que le estás suministrando…

Es una expresión que se presta a bromas. “Con la Iglesia ya se sabe: que te pagan con oraciones”, aquello de “Dios te lo pague…”

Nos invito a profundizar en el origen profundo de esta expresión. Poniéndonos en el lugar de:

  • La persona sorprendida en adulterio.
  • El paralítico que no llega al agua nunca a tiempo.
  • La mujer jorobada.
  • El apaleado atendido por el samaritano.
  • La oveja encontrada.
  • Bartimeo…

Siempre me ha llamado la atención el posadero de la parábola del Buen Samaritano. Ese a quien le dicen: “Te dejo a esta persona medio muerta (la han asaltado por el camino, vete a saber quién era…) cuídala y lo que gastes de más te lo pagaré cuando vuelva…”.

Me parece fascinante. Necesitamos personas y comunidades posada. Que se fíen, que cuiden, que adelanten y confíen… Pero esto de “que Dios te lo pague” va más allá. Confiar en que Dios “pagará” o Dios proveerá, es remar Reino adentro

¿Cómo será la vida vista y vivida desde la perspectiva de quien vive con Dios como único valedor? ¿Cómo se leen las cosas y cómo se viven las relaciones cuando no tienes nada, nada que ofrecer? ¿Cómo nos situamos ante la vida, ante las personas y ante lo que nos sucede cuando estamos en situación de indigencia? Y por indigencia quiero decir cuando estamos en situación de indefensión y dependencia total en manos de otra persona o de la comunidad. Sabiendo, nosotros y las otras personas, que no existe posibilidad de restitución, ni ahora, ni, muy probablemente, nunca.

Que Dios te lo pague, que el Señor que te ha puesto en mi camino, te colme de bendiciones. Él, que prometió que nada de lo que des a uno de estos pequeños quedará sin recompensa es el Fiador y el Valedor de quien no tiene nada ni a nadie más. Corrijo: es el Fiador y el Valedor y el Defensor de todos sus niños/as, pero que se hace más evidente para quienes se ven más desamparados.

Contamos con testimonios de santos que nos asoman a esta experiencia. Cuando San Ignacio quiere irse solo de peregrino a Jerusalén (barro para casa), rehúsa ir con compañeros porque no quiere contar con la ayuda de nadie más que de Dios. La indigencia total nos abre a la transcendencia, nos recuerda nuestra condición de criatura/creatura que alcanza su propia altura cuando se descubre fundada en Dios. Como dice la plegaria Eucarística de la Natividad, al despojarte de tu eternidad “nos hiciste eternos”.

¿Cómo será vivirse radicalmente como reza el Salmo 16: “Tú eres mi Dueño, no tengo bien fuera de Ti…”? Quizás ésta sea la vivencia que buscan quienes abrazan la pobreza y la austeridad religiosas: tener sólo a Dios por refugio, “no tener dónde reclinar la cabeza”. Quizás sea ésta la experiencia de quienes optan por desprenderse, de desapegarse de “las cosas”. Quizás éste es el camino para llegar a ser lo que somos en nuestra Verdad más profunda, despojados de adornos. Quizás por eso afirma Teilhard: “nada hay en el cristiano más definitivamente humano que su desasimiento…” pues en cierta manera nos hacemos a nosotros mismos, pero ni poseemos lo que hacemos, ni nuestras propias vidas.

Bienaventurados, sí, bienaventurados los desposeídos (¿se referiría a eso el Maestro?) porque ellos son conscientes de su indigencia absoluta, indigencia que les hace pobres en el Espíritu, pobres ante el Creador, y por eso lo pueden acoger a corazón abierto.

Como decía el P. Arrupe, yo me siento más que nunca en las manos de Dios. Eso es lo que he deseado toda mi vida, desde joven. Y eso es también lo único que sigo queriendo ahora. Pero con una diferencia: hoy toda la iniciativa la tiene el Señor. Les aseguro que saberme y sentirme totalmente en sus manos es una profunda experiencia.”

¡Haznos Señor sentir nuestra indigencia!

Imagen de karamel en Pixabay 

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