Abrir los ojos

Abrir los ojos

Tere IribarrenCada día, alrededor de las 12’30h -media hora antes de abrirse las puertas- en la esquina de la Rambla de Prim del Besòs, una cola de personas de entre 25 y 50 años, mayoritariamente hombres, secos de cuerpo, esperan su ración de comida. Algunos de ellos certifican con su apariencia la vida en la calle y, en cambio, hay otros que no nos lo harían sospechar nunca, pero allí están.

La tentación cuando pasas y ves la fila de gente es no querer mirarlos. Algunos son conocidos del barrio que en otros momentos te dicen adiós. Y al mirar pasas un mal rato…

Dos hermanas, que viven en el barrio encontraban “familias enteras comiendo de las mismas papeleras donde tiraban los excrementos del perro”, y se les planteó cocinar en casa y bajar la comida a la gente que revolvía la basura…

El proyecto del comedor social Gregal que empezó poco a poco, hoy es un comedor humilde que recoge lo que se lleva para compartir: hombres como Juan Ramón, se acercan para hacer algún encargo diario: “Merche, ¿cuántos yogures quieres que compre?”, “Te dejo esto aquí, ¿va bien?” Mujeres y hombres colaboran por las mañanas preparando la comida que luego se reparte. Algunas personas del barrio han abierto los ojos y sobre todo el corazón.

Dicen las responsables que han vivido meses sin ningún ingreso, pidiendo dinero. “Hemos hecho una colecta para comprar una bombona de butano, hemos convencido a amigos y familiares para conseguir pequeñas cantidades, incluso, hemos llegado a hacer uso de la hucha de donaciones en monedas que teníamos desde hace años”.

Desean ofrecer unos lavabos y duchas para los “sin techo”, también es necesario el acompañamiento legal de vecinos con problemas jurídicos, la asistencia en caso de desahucio o el seguimiento de las personas recién venidas a las que la Administración no llega.

Esta es nuestra ciudad, en la que se tapan muchas realidades, en la que no se habla de los barrios ni en las campañas electorales, ni en las llamadas por los políticos “preocupaciones ciudadanas” y, en cambio, se publican los atracos, la droga, la inseguridad… En los ”olvidados de la historia oficial” hay una solidaridad oculta, real, sin nombre, sin publicidad…

Y me pregunto: ¿A dónde miramos? ¿Somos los que pasamos de largo como los de la parábola, por indiferencia, por prisa, por desconfianza, por suficiencia?

¿O somos como el samaritano que iba de viaje, que se paró y llegó a donde estaba el maltratado y, viéndolo se compadeció de él? Entonces se acercó, le curó las heridas con vino y aceite y se las vendó. Luego lo montó sobre su propia cabalgadura, lo llevó a un alojamiento e implicó a un posadero anónimo que lo cuidó.

Imagen extraída de: El Periódico

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