(In)útil

(In)útil

Alícia GuidonetRecientemente, y a partir de algunos encuentros con personas diversas en los que he tenido la oportunidad de conversar sobre el tema, la -siempre oportuna- cuestión sobre la (in)utilidad de las cosas ha ocupado mis reflexiones. He recuperado algunos referentes, como el texto de Nuccio Ordine, La utilidad de lo inútil, o la película El sol del membrillo, de Víctor Erice, que me han sugerido algunas de las intuiciones que comparto en este texto.

Aceleración

En una sociedad como la nuestra, profundamente inmanentista, el valor de las cosas pasa por el aquí y el ahora. Inmersos en la superficie de lo cotidiano, en la red que conecta -hacia fuera-, desarrollamos nuestra existencia en unos espacios cada vez más amplios que corren paralelamente a unos tempos cada vez más breves. El silencio, la espera, la escucha o el lugar, no son posibles ante tanta aceleración, frente al recorte o al fragmento de vida lejano que llega hasta nosotros sin siquiera pedir permiso. Saborear con detenimiento la vida, esto es, las cosas, las personas o las situaciones, acaba siendo un posicionamiento tan poco frecuente como infravalorado. El hábito se pierde o, simplemente, no se aprende. Aunque, cabe decir que los que nos dedicamos a la educación, a menudo tenemos la oportunidad de contemplar, admirados y esperanzados, que existe una sabiduría innata en el ser humano, capaz de elaborar silencio, espera, escucha o lugar construido pacientemente, desde donde es posible (re)conocer nuestros deseos más profundos, establecer vínculos duraderos, o dejar reposar las palabras antes de compartirlas.

Apariencias

Esa sabiduría a menudo se ahoga en el ruido que nos envuelve. Entonces, la profundidad ante -y de- la vida, cede el paso a la apariencia. Porque ésta se lleva mejor con lo que es fácil, con el punto y final rápido, sin concesiones, sin etapas, a veces sin camino siquiera. En ocasiones, nuestras vidas se instalan en un escenario en el que las diferentes escenas se suceden a modo de fragmentos inconexos, aunque compartan algo: siempre acaban bien. Maquillados, enmascarados, sonreímos a la cámara, aguantando el tipo, esperando los aplausos de nuestro público, fiel, aunque quizás ni siquiera nos conozca, aunque no hayamos compartido nunca con él más que unas frases rápidas o unos divertidos emoticonos, o sólo sepa de nosotros gracias a nuestra -siempre feliz- exposición.

Crisis

Pero el (auto)engaño no se sostiene más que cuando uno se encuentra en plena representación. No es de extrañar que vivamos momentos de aguda crisis por el sentido de la vida, ni tampoco que la búsqueda de ese mismo sentido se intensifique. Si nunca fue fácil vislumbrar respuestas a los grandes interrogantes, hoy nos situamos ante la dificultad añadida de encontrar referentes sólidos a los que acercarnos y con quienes convivir largamente y en armonía. No debería sorprendernos: la suma de acontecimientos privada de narrativa, el ruido, la obligación de “estar bien”, sólo pueden sustentarse pasando de puntillas por valores como la lealtad, el compromiso o la honestidad con nosotros mismos y… con los demás.

Utilitarismo

La cultura utilitarista nos deshumaniza. Los objetos tienen significados, prolongan nuestras vidas, quiénes somos, nuestras creencias, ideas… Si a esas cosas con vida propia, dotadas de sentido, las minimizamos, imaginemos lo que ocurre cuando el objeto de nuestra cosificación somos nosotros mismos, nuestras relaciones y todo lo que de ellas deriva. Si no era fácil encontrar anclajes sólidos ante lo rápido, frente a lo precipitado, qué decir entonces cuando a esos ingredientes le añadimos fuertes dosis de utilitarismo. Qué ocurre cuando la relación toma una dirección clara: tener más (conocimiento, cosas, contactos, imagen, currículum…). El derrumbe personal y comunitario toca fondo cuando el objeto de la dinámica mercantilista somos nosotros, cuando lo que prevalece es el uso de alguien para alcanzar un fin, por bienintencionado que éste pueda parecer a primera vista. En esta sociedad nuestra, el uso de las cosas -personas y relaciones- y el cálculo que llevamos en función de si éstas nos resultan útiles o no, de si nos van a ayudar a progresar económicamente, a ascender socialmente, a ser más y mejor reconocidos…, provocan en nosotros un daño moral difícil de reparar.

Reconocer(nos)

Actividades aparentemente tan prosaicas como pasar la tarde cuidando a alguien, o, en el silencio, escuchando la voz de Dios, no van a generarnos beneficios, y menos de manera inmediata. Aunque todas ellas comparten algo importante en esencia: nos devuelven la dignidad que poseemos como seres humanos. Gracias a ellas creamos lugar, damos tiempo a la relación y a la creación de vínculo. Nos cuidamos y cuidamos al (O)otro. Reconocemos. Por eso mismo nos liberan y nos regalan un íntimo -y duradero- gozo, que nos ayuda a saborear una experiencia que nos transciende y que, por eso mismo, nos unifica, impulsándonos al mundo con mayor autenticidad.

Armonizar el momento

Me parece que estas experiencias son sólo atisbos de transcendencia, puesto que lo que está más allá de nosotros es, por definición, inalcanzable. No se detiene, ni mucho menos espera. No tiene por costumbre aparecer en las pantallas ya que difícilmente puede ser reducido. La Verdad está más allá de todo, y es tan poco aparente, que hay que buscarla en lo escondido, o bien, dejarse sorprender por ella en lo pequeño, en lo que no cuenta. La película de Víctor Erice, El sol del membrillo, explica la experiencia del pintor Antonio López. Se me antoja una buena metáfora de lo que podría ser para cualquiera de nosotros la cotidianidad vivida desde el interior. El artista muestra durante horas su impotencia ante el deseo de representar un árbol de membrillos. El paso del tiempo se lo impide. El fruto nunca es el mismo: a medida que pasan las horas, la luz cambiante reflejada en él lo modifica…Inalcanzable, la belleza no puede contenerse. No puede poseerse, ni tampoco puede “servir” a algo. Ese pasar el tiempo intentando alcanzar lo inalcanzable, tensionado entre la intuición de lo que Es y la imposibilidad de aprehenderlo, permiten a López ahondar en el deseo de belleza. De este modo, el pintor nos comparte la delicadeza que puede adquirir la vida vivida sintiendo el gozo que nace del gesto gratuito. Vivir sin respuestas certeras, suspendido, en la intemperie: ahí es donde se deja entrever la verdad. Porque ésta no se acomoda, no entra en el engaño confortable, más bien abre y moviliza.

Eternidad

Por eso mismo, cuando de algún modo se nos ha dado la oportunidad de experimentar lo que supone la belleza, como enseña el pintor, hemos gozado inmensamente: momentos de humanidad acompañada, en los que la eternidad, casi imperceptible, se ha apoderado del tiempo, y en los que la importancia del lugar ha desaparecido. Y no porque nos encontremos ante un aquí y ahora inmanentista: más bien, ese lugar saboreado y encajado en un tiempo preciso nos ayuda a salir de nuestras pequeñas y mediocres construcciones. Son momentos en los que inmanencia y transcendencia coexisten alcanzando un -frágil- equilibrio. Y en los que el gesto ético, la bondad, comunica y transforma desde dentro y hacia fuera. Comparto las palabras de García Lozano en su artículo “El todo en el fragmento” (Revista Proyección 271): “A la belleza no se la encuentra en un contacto inmediato. Más bien acontece como reencuentro y reconocimiento”.

Deseos

Que nos sea dada la valentía de bajar del escenario para buscar lugares y tiempos que podamos saborear, para nosotros, con los otros, para los demás. Y que sean aparentemente -sólo aparentemente- inútiles.

Fotograma de El sol del membrillo extraído de: IMDb

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