Retiro de Semana Santa (III). Sábado Santo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» (Lc 24,41)

Retiro de Semana Santa (III). Sábado Santo: «¿Tenéis aquí algo de comer?» (Lc 24,41)

Darío MolláLes propongo que sigamos esta mañana en la misma dinámica de sencilla contemplación
de estos días pasados. Se trata de acercamos a una escena del evangelio, de fijarnos en algún detalle sencillo, de saborearlo y profundizar en él. Hemos prestado atención particular a frases de Jesús y en ellas hemos descubierto un mensaje de vida que, atravesando el tiempo, llega también a nosotros.

Esta mañana escogemos para nuestra contemplación una de las apariciones de Jesús Resucitado que narra el evangelista Lucas en el último capítulo de su evangelio: la aparición a los apóstoles. Y dentro de esa aparición les propongo que nos centremos también en una frase de Jesús: «¿Tenéis aquí algo que comer? » (Lc 24,41). Posiblemente les sorprenda la frase que elijo por su aparente intrascendencia, incluso por su banalidad: Es seguramente la frase más sencilla y aparentemente menos trascendente de todo el relato. Pero, profundizando en ella, quedaremos aún más sorprendidos por el alcance que tiene. De entrada, quiero constatar que es una frase enormemente humana y cotidiana, una pregunta que hemos hecho todos nosotros muchas veces en la vida…: es, también, «una de tantas». El Jesús Resucitado es el Jesús humano, el glorificado es el encarnado en nuestra humanidad.

Pero antes de entrar en la contemplación y profundización de esta frase, y al igual que hemos hecho en días anteriores, atendamos al conjunto de la escena previamente a contemplar los detalles, porque así estos cobran su justo valor. Eso nos va a permitir, además, hacer una constatación más general sobre las
apariciones de Jesús Resucitado que me parece importante.

La escena que contemplamos y en la que se sitúa esta frase es una escena de intimidad, de familiaridad, solo conocida por aquellos que la viven. Sin testigos ajenos a los propios protagonistas. Ayer, por el contrario, contemplábamos cómo la escena de la crucifixión era una escena pública, en espacio abierto, a la vista de todos. No dejemos pasar inadvertido ese contraste: por una parte, la «publicidad», el carácter público, de la Crucifixión; por otra, la «privacidad», el carácter íntimo de las manifestaciones del Resucitado, no solo de esta, sino de todas las que aparecen en el evangelio.

Este contraste es un dato de un profundo valor teológico sobre el modo de hacer de Dios, sobre su estilo tan diverso al nuestro. ¿Verdad que nosotros lo hubiéramos hecho, lo hacemos de hecho, justo al revés? Hubiéramos ocultado lo más posible el fracaso y la humillación de la Cruz y hubiéramos «publicitado» al máximo posible el triunfo y la espectacularidad de la Resurrección. Es una manera distinta de hacer la de Dios y la nuestra, porque también son distintas las pretensiones e intenciones de Dios y las nuestras. La intención de Dios es suscitar la fe, el reconocimiento y la acogida personal, la humildad en la vida y en el seguimiento; nuestras pretensiones serían y son hacer patente nuestra victoria, convencer impresionando, sumar número sin importar calidad.

La resurrección de Jesús no es un fenómeno espectacular, lleno de apariencia, impresionante a los sentidos, tendente o capaz de acallar en su potencia y espectacularidad cualquier argumento de los enemigos o susceptible de imponerse con una evidencia literalmente aplastante a las dudas de los amigos. No. Se presenta con la misma debilidad con la que en el capítulo 2° del evangelio de Lucas se presenta el Salvador: como un niño recién nacido, necesitado de reconocimiento y acogida para sobrevivir y crecer. También el Resucitado necesita ser reconocido, aceptado y acogido para crecer en nuestro corazón… Así fue la obra de Dios, la mayor obra de Dios, y así es y sigue siendo.

Desde la contemplación y meditación de este misterio de sencillez, discreción e incluso ocultamiento de la Resurrección de Jesús, se nos hace una llamada importante. Somos llamados a entender, aceptar y vivir el misterioso, desconcertante y tantas veces insoportable escondimiento del bien en nuestro mundo y en nuestra historia. El bien, en cuanto obra de Dios, suele ser pequeño, sencillo, débil, necesitado de acogida para manifestar todo su poder y su fuerza; frente a un mal que aparece por todas partes, poderoso, innegable, avasallador. En esto encontramos el primer y elemental desafío que nos plantea nuestra fe en la Resurrección de Jesús: ser descubridores del bien oculto y débil, sencillo y escondido,
discreto hasta casi la invisibilidad, que hay en nuestra humanidad y en nuestro mundo, porque solo descubriéndolo y acogiéndolo, lo haremos crecer y le daremos su plena fecundidad.

Dicho esto, con carácter más genérico, vamos a intentar profundizar, de fuera hacia adentro, en los sentidos de la frase de Jesús.

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La cena de Emaús de Matthias Stom (Wikimedia Commons)

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