Retiro de Semana Santa (I). Jueves Santo: «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?» (Lc 22,48)

Retiro de Semana Santa (I). Jueves Santo: «Judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?» (Lc 22,48)

Darío MolláLa propuesta que les voy a hacer para los tiempos que compartiremos estos tres días santos, es la de un acercamiento personal y orante al Misterio de la Pascua del Señor. Mis palabras van destinadas a ayudar a dicho ejercicio de oración personal: mi objetivo no va a ser otro que dejarles a las puertas de diversas escenas del evangelio, y animarles a entrar personalmente en ellas, para que en la intimidad del encuentro y de la cercanía con Jesús cada uno experimente la gracia singular y siempre nueva que nos es prometida.

El acercamiento que les propongo a algunas escenas de la Pasión va a estar marcado por dos sugerencias que hace San Ignacio de Loyola en sus Ejercicios y que yo hago mías.

La primera es que nuestro acercamiento sea un acercamiento «contemplativo»: que nos acerquemos a la escena discretamente: con los ojos, los oídos y el corazón bien abiertos, sencillos, atentos al detalle, para dejarnos impactar por ella. Se trata no tanto de que seamos nosotros quienes tomemos la iniciativa, sino que dejemos que sea el propio misterio el que nos hable, el que nos toque. Y mucho más aún hemos de evitar en nuestra contemplación que nuestra oración se convierta en un ejercicio moral o, menos aún, de comparación o medida con Jesús.

La segunda sugerencia ignaciana que recojo y les planteo es que nuestra contemplación se centre en la persona de Jesús. Si me permiten decirlo de un modo algo contundente, que no contemplemos la Pasión, Muerte o Resurrección de Jesús, sino a Jesús que padece, muere y resucita; que contemplemos no la Pascua de Jesús, sino a Jesús en su Pascua. Se trata, pues, de contemplar a Jesús en algunos momentos de su Misterio Pascual, de acercamos a Él, con ojos bien abiertos y con un corazón lleno de deseo. Un acercamiento lleno de deseo pero también pleno de humildad, para que evitemos el peligro de colocarnos nosotros en medio de la escena, o de interponer nuestro ego como pantalla entre la
escena o el misterio que contemplamos y nuestro corazón.

Para ayudar a que no nos dispersemos en nuestra contemplación de Jesús vamos a concretar nuestra mirada y nuestra escucha en estos tres días en tres frases directas de Jesús. Frases pronunciadas en distintos momentos de su Misterio Pascual, dichas a personas de condición diversa y en situaciones bien
distintas, pero todas ellas llenas de sentido y de vida para nosotros.

«Judas, ¿con un beso entregas al hijo del hombre?» (Lc 22,48)

La escena que les propongo para centrar nuestra contemplación de esta noche es la escena del prendimiento. Tras la Cena de despedida, que hemos celebrado solemnemente esta tarde, tras la oración de Getsemaní.

Podemos imaginar brevemente la escena. Pasamos de la intimidad de la Cena y la soledad y silencio de la oración en el Huerto, a la algarabía, el alboroto, la tensión, la agresividad de unos y el miedo de otros en el prendimiento. Frente a frente, en el primer plano de la escena, dos personajes: Jesús y Judas. Fijamos nuestra atención en ese primer plano. Frente a frente dos viejos conocidos. Dos viejos conocidos que han compartido en los últimos años muchas y diversas vivencias y experiencias. Experiencias en público, en medio de la multitud, pero también confidencias en pequeño grupo. Dos viejos conocidos que han compartido, hasta hace muy poco tiempo, ideales de vida.

No es, evidentemente, la primera vez que Jesús y Judas se encuentran y se miran de frente. Tampoco es la primera vez que en aquella noche se encuentran uno frente al otro. Pocas horas antes han compartido la cena, una cena muy especial. Durante la misma, cada uno sabía ya, donde estaba el otro. Ambos estaban al límite: al límite de su entrega y de su amor el uno, al límite de su abismo el otro. En la cena ha habido un momento especial y muy difícil para ambos, momento en el que Jesús ha depositado toda su ilusión y su intensidad de amor y que, sin embargo, a un Judas decidido a la traición, se le ha hecho insoportable e inacabable. Ha sido cuando Jesús, «despojado del manto y ceñida la toalla» (Jn 13,4), renunciando a su condición de señor y maestro y asumiendo la condición de esclavo, se ha puesto a lavarle los pies. ¡Qué difícil y duro ha sido ese momento para ambos! Jesús no ha querido evitarlo; como advierte San Ignacio en los Ejercicios, «lavó los pies de los discípulos, hasta los de Judas» (EE 289). Empezó por Simón, siguió por los demás y Judas, agitado y confundido, lo vio ponerse ante él. ¿Hubo palabras entonces? El evangelio no lo dice. Pero con palabras o sin ellas nos es posible contemplar a Jesús a los pies de Judas, solo unas breves horas antes de contemplarlos a los dos de pie, frente a frente, en Getsemaní. Seguramente vale la pena detener nuestra contemplación en este momento antes de contemplarlos de nuevo a ambos en el prendimiento.

Horas después, ya no en la intimidad de la cena, sino en el tumulto de Getsemaní, se vuelven a encontrar. Ahora es Judas quien se acerca para besar a Jesús, para darle un beso, un gesto que significa para los judíos el reconocimiento del discípulo al maestro y el amor para los cristianos. Es entonces cuando Jesús pronuncia las palabras que les propongo que escuchemos con más atención y profundicemos: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» (Lc 22,48).

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La captura de Cristo de Caravaggio (Wikipedia)

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