J. I. González FausHermano en el Señor:

Le llamo así porque mi ordenador espiritual no me tolera palabras como Eminencia o Príncipe de la Iglesia; me las subraya de rojo y cuando le pido alternativa me ofrece otras en la línea de fraternidad, servicio…

En cualquier caso, esta es una carta para darle las gracias. En concreto, para agradecer sus críticas al papa Francisco. Agradecerlas aunque no las comparto.

Le doy las gracias por la siguiente razón: durante mucho tiempo, no pocos cristianos, laicos, religiosos o presbíteros se han sentido obligados a levantar su voz criticando a la Iglesia. La mayoría lo hacía con la mejor voluntad de servirla. Pero se han visto tachados de falta de amor a su madre, de pretender crear “una iglesia paralela”, de buscar su propio protagonismo…

En cambio, Usted ha declarado nítidamente que sus duras críticas a Francisco estaban inspiradas solo por un gran amor a la Iglesia y son fruto de un deseo de ayudarla a mejorar. Le creo. Pero también comprenderá que las pequeñas virtudes o buenas intenciones que tenemos no son exclusivamente nuestras. Por tanto, hemos de admitir que también aquellos otros críticos, al menos muchos de ellos, han obrado buscando el mayor bien de la Iglesia y tratando de evitar la dura reconvención paulina: “Por culpa vuestra es blasfemado el nombre de Dios entre las gentes”.

Sé de alguien que recibió algún bofetón sagrado por haber dicho que la curia romana ha creado más ateos que Marx, Freud y Nietzsche juntos. No iba contra nadie en concreto sino contra un organismo que tantas veces, y desde hace siglos, se ha reconocido muy necesitado de reforma.

Usted, en cambio, ha devuelto a la Iglesia aquella libertad de opinión pública que Pío XII, en 1950, declaró como absolutamente necesaria en la iglesia de Dios, añadiendo que si esa libertad faltaba, sería síntoma de una enfermedad en la Iglesia, de la que sería responsable no el pueblo sino sus pastores. También conocerá sin duda el valiente artículo de J. Ratzinger, “Libertad de espíritu y obediencia”, en El nuevo pueblo de Dios, que es uno de sus mejores libros. Allí dice que lo que necesita la Iglesia de hoy no son aduladores sino gente capaz de jugarse su carrera por amor a ella. Déjeme decir pues, parodiando un refrán de mi país que, a veces, “Dios escribe derecho con cardenales torcidos”.

Evidentemente, la libertad de palabra tiene sus límites y nunca debe perder el respeto a la persona. Por eso, lo único que censuro de sus palabras contra Francisco no son sus críticas (que, repito, no las comparto), sino la falta de respeto personal al pedir su dimisión en público. Ahí creo que se pasó. Si, como dicen algunos, ha sido usted víctima de otros poderes económicos norteamericanos que lo que no toleran no es una supuesta debilidad ante la pederastia sino la enseñanza económica de este papa, eso yo no puedo juzgarlo. Es Usted quien debe examinarlo.

Y luego de eso, resulta que estamos, a la vez, muy lejos pero bastante cerca. Que el Espíritu de Dios nos haga comprender a todos que, aunque “es bueno que haya disidencias” (1 Cor 11,19…), sin embargo “Cristo no está dividido” (1 Cor 1,13).

Imagen extraída de: CNN

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Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
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3 Comentarios

  1. Realmente no comprendo el propósito de escribir en forma de paradoja o de ironía lo que es posible decir correctamente de forma explícita. De otro modo, tampoco fuese correcto acusarle disimulada o implícitamente. Este señor Viganó busca ser relevante y su efecto, ser reconocido: Más le vale habituarse a la idea de que no lo es, aunque puede estar recibiendo alguna forma de compensación que satisfaga su egolatría no importa todo el amor a la Iglesia que proclama. Nadie dice lo que es o debiera ser obvio a todo el mundo a menos que mienta o crea que aquello que dice no sea tan obvio.

    El Sr. Viganó fue parte del encubrimiento en la Iglesia hasta que se decidió a denunciarlo en 2011 y que la reacción del secretario de estado del Vaticano Bertone fuera obtener la aprobación de Benedicto XVI para, incomprensiblemente, trasladarle a la nunciatura en Washington DC, USA, un lugar donde ciertamente o se posicionaba en contra de la Iglesia local o se incorporaba a la tarea de limpiar la corrupción.

    De cualquier modo, si es cierto que denunció a McCarrick por pederasta y encubridor de pederastas, pues debió aceptar las consecuencias, lo mismo si las consideraba injustas. Jesús mismo no calló cuando denunció en el patio del Templo la corrupción y las autoridades del mismo comenzaron a conspirar para matarle. O Jesús no supo que se encontraba en peligro de muerte, cosa muy poco probable, o aceptó las consecuencias de su lucha por una institución religiosa justa y moral. Si lo que Viganó busca es ser reconocido como mártir, pues eso, serlo. Los mártires no son siempre reconocidos como tales. Un ejemplo es la Resistencia que hubo que vencer para que Oscar Romero fuera beatificado o la que sigue existiendo a reconocer como mártires de la justicia a Rutilio Grande, Lluis Espinal y una multitud de auténticos mártires.

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