Pablo Font OportoSe cumple en estas fechas el aniversario del 1-O. Los diferentes analistas políticos, de uno y otro signo, han estado escribiendo sobre aquella jornada, así como sobre los acontecimientos que la precedieron antes y sucedieron después. Por otra parte, esta semana parecemos estar asistiendo a un nuevo pico de acumulación de sucesos en torno al conflicto. Sin embargo, más allá de la actualidad de cada momento puntual, es preciso mantener una actitud reflexiva que amplíe el análisis respecto a todo el curso del conflicto. Por tanto, toca ahora no sólo hacer memoria de aquel día, sino también hacer balance de la situación un año después. Pero, sobre todo, es momento de otear el horizonte y ver por dónde podemos y queremos ir.

Hace unos meses viví una intensa jornada en Barcelona. No voy a decir que comprendí mejor el conflicto, porque, evidentemente, es de una complejidad que sobrepasa cualquier punto de vista individual. Pero me quedé con un detalle al que desde entonces le doy vueltas. La mañana la pasé en el centro de Barcelona. Esteladas, lazos amarillos, pancartas a favor de la independencia y la libertad de los presos del procés. Por la tarde, fui a Sabadell, en el cinturón obrero de Barcelona, hasta hace poco llamado “el cinturón rojo”. Banderas españolas (alguna estelada también, pero muchas menos). Profundicé un poco más: encontré un barrio periférico en Sabadell; ausencia de signos políticos. Gente humilde, personas de etnia gitana, inmigrantes (muchos marroquíes).

Tal vez esté equivocado. Tal vez sea una boutade. Pero creo que existen muchas Cataluñas. No sólo dos (como reza el nuevo documental de Netflix sobre el procés), esto es, la Cataluña independentista urbana (¿ahora la Cataluña oficial?) y la Cataluña de los charnegos del cinturón industrial de Barcelona (al respecto me resultó inspirador un artículo/poema de Noelia Bail). También la Cataluña rural, la del Norte (¿hasta el Rosellón?) y la del Sur, la del Este y el Oeste, la montaña, el valle y la costa… Y, además, la Cataluña de los que quedaron al margen y se fueron, aunque sea en su sentir (y también olvidaron por tanto algunas peleas que no les interesan; sobre estas cosas ya escribí en otro lugar. Resulta, por tanto, que existen también otras Cataluñas, diferentes, menos conocidas, tal vez minoritarias en número o tal vez en presencia pública. O, simplemente, que nos pillan más lejos. Cada uno, cada una, conoce mejor la que le toca.

Esto no pasa sólo en Cataluña. Hemos perdido quizá el sentido de la pluralidad, tal vez en los nombres también: existen Españas diferentes. Tal vez también diferentes a la oficial. No digo que existan paralelismos entre una y otra parte diferente/oficial, ni tampoco exactamente oposición… Pero constato que muchas veces me siento y veo en alguna de esas Españas diferentes, y otras tal vez no… Desde luego, jamás me identifiqué con la España del “a por ellos”, ni tampoco con mis vecinos que cuelgan sus rojigualdas en el balcón (dicho con todo el respeto al derecho que tienen a hacerlo). Tal vez es hora de que reconozcamos que existen diferentes Españas (no sólo a nivel geográfico, como puede comprenderse; como es el caso catalán que hemos comentado). Tal vez sería bueno recuperar la tradición del término “las Españas”, y enriquecerlo, como digo, con una dimensión no meramente geográfica (encontré este artículo de hace veinte años que tal vez ayude para la comprensión de ciertas cuestiones).

Y desde luego, esa pluralidad creciente, que es sobre todo visible en Occidente, es un fenómeno que refleja el carácter expansivamente complejo y globalizado de nuestras sociedades herederas de la Modernidad, donde, como dice mi amigo Ignacio Sepúlveda, hemos alcanzado una libertad para elegir modos y estilos de vida que nuestros antepasados jamás soñaron. Esa mayor libertad conlleva también su cara b: mayor individualismo, mayores conflictos intergrupales, tendencia a la guetización (ya sea impuesta, ya deseada) de cada grupo. La contrapartida de la mayor libertad y la mayor diferencia en la manera de entendernos a nosotros/as mismos/as debería ser la responsabilidad y el diálogo.

La realidad, además, se impone. Ha pasado un año. Lazos, banderas, himnos, manifestaciones, represiones, peleas… Ataques (“a por ellos”, prisión preventiva) y victimismos (unilateralidad, relatos históricos “alternativos”…). Muchos (de un lado y del otro) han repetido que hablar no sirve para nada. Pero, ¿qué queda si no hablar? Creo que cada vez más gente lo está viendo claro.

Es sabido que la democracia es el sistema menos malo. A mi juicio, la democracia no es un sistema que se logra con la mera implantación de la elección por mayorías de los representantes políticos (en elecciones) o de decisiones relativas a marcos generales o asuntos concretos (en referéndums). La democracia se construye cada día, en el diálogo con el diferente. Hay que saber perder, pero aún más difícil es saber ganar. Para mí, la grandeza de la democracia reside en la capacidad de respeto que las mayorías pueden alcanzar respecto de las minorías. Y esto no es algo dado. Requiere de participación y deliberación. Entiendo empobrecedora la visión de la democracia liberal que considera que las decisiones se toman individualmente y después cada sujeto las agrega con las de los suyos, para finalmente hacer un recuento general. Es lo que se puede llamar una democracia por mera agregación de opiniones individuales. Sin embargo, si creemos que en el ser humano hay una naturaleza social, una tendencia a vivir en sociedad, y entendemos que en ese ser se presentan sentimientos contrapuestos (e incluso a veces contradictorios) entre el egoísmo y el altruismo, podemos considerar la idea de que es posible generar socialmente opiniones, acuerdos y preferencias. Esa construcción social de las decisiones es mucho más interesante, porque parte de la posibilidad que el ser humano tiene de, pese a tener una posición y perspectiva propias, poder ponerse en lugar del otro, comprender (que no necesariamente compartir) sus razones y, en la medida de lo posible, ceder para intentar llegar a acuerdos o posiciones intermedias. Es así como se construye una democracia deliberativa y participativa, más allá de la mera imposición del rodillo de las mayorías. Todos sabemos que en nombre de ciertas mayorías se han cometido enormes atrocidades (obsérvese la primera mitad siglo XX, pero los vientos que soplan ahora en Europa y EEUU podrían dirigirse hacia esa línea). El respeto a las minorías, que sólo puede estar basado en ese diálogo complejo, no asegura una mejor toma de decisiones. Pero, siempre que por supuesto se conjugue con el acatamiento de unos mínimos éticos, suele apuntar en la mejor dirección posible, dentro de las limitaciones humanas.

Por tanto, a día de hoy, y echando la vista atrás, creo que, si no la reconciliación (que son palabras mayores), al menos la convivencia común, no pasa ni por referéndums que deparan ganadores absolutos y vencidos totales (“no se hacen prisioneros”), ni por la mera aplicación del ordenamiento jurídico en el marco de democracias liberales no deliberativas. Sin embargo, parece que a unas y otros no les conviene advertir esto, y se amparan en un uso torticero de las ideas de Democracia y Derecho para defender planteamientos que evitan entrar en la complejidad de la polis actual. Especial responsabilidad en el estímulo de ese diálogo participativo tendrían nuestros/as representantes políticos, así como los y las líderes de opinión.

Al respecto, creo que iniciativas de diálogo son esenciales para esa construcción social de la convivencia. Iniciativas como, por ejemplo, la que fue impulsada el curso pasado por la institución responsable de este blog y que tuvo como resultado tangible este texto para la reflexión personal y comunitaria: «Es posible renovar la convivencia».

Vivimos en una época de cambios aceleradamente crecientes y, ante el miedo a la incertidumbre, es lógico aferrarse a lo conocido. Las ideologías y las identidades, son consustanciales a la persona y nos dan seguridad. Pero en vez de utilizarlas como armas arrojadizas y símbolos de enfrentamiento, cabría, sin destruirlas (lo que es imposible) guardarlas, al menos un rato, en el bolsillo. Y luego, tomar una silla (de las de enea de toda la vida) y sentarnos a hablar por la noche delante de la casa del vecino. Sobre todo, si es de las otras Cataluñas… o las otras Españas.

Imagen extraída de: Pixabay

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Profesor de Ética, Filosofía política y Filosofía del Derecho en la Universidad Loyola Andalucía. Doctor en Derecho por la Universidad de Sevilla. Sus líneas de investigación son: derecho de resistencia histórico y actual, alternativas al paradigma moderno economicista-instrumental-colonial, análisis de las sociedades occidentales actuales, economía alternativa, pobreza y crisis del Estado social. Es coordinador de “Encuentros en la frontera”, un espacio de diálogo plural dentro de la Universidad Loyola Andalucía.
Artículo anteriorLa educación de niños y niñas refugiados: una intervención que salva vidas
Artículo siguienteCultura (y) política en la escuela

2 Comentarios

  1. Una primera aclaración: lo de a por ellos fue un grito de una joven de Huelva ante un grupo de guardias civiles que marchaban a Barcelona, no ha sido nunca la voz de ningún responsable político nacional, ni de ninguna entidad. No falseemos a la realidad. No nos traguemos los mantras y lo convirtamos en objeto de dialéctica. Da la impresión que las fuentes maejadas ha sido, por sesgadas, harto turbias.
    Lo de las Españas me trae a la memoria mi niñez en un pueblecito de la Cataluña interior, en la cuenca textil del Fluviá. La señora Guidet, que vivía en Cal Sant Pare (antigua casa parroquial o rectoroa como se llama en catalán) y era analfabeta como la mayoría de los de su edad avanzada de allí y de resto de España, hablaba de les Castilles. Ella y todos los demás de su quinta. De las Castillas eran lo mismo malagueños que conquenses, alicantinos que gallegos, por recordar algunos conocidos del lugar.
    El autor toma por punto de partida lo que ha visto. Permítame que hable yo de lo que he vivido en más de sesenta años catalanes, dando trabajo a muchos catalanes. De la costa y del interior, de la montaña y de la plana, como dice la sardana ampuritana. Lo que he visto es el fruto de un adoctrinamiento sectario que ha desembocado en una suerte de nube envolvente que recuerda muchísimo a lo experimentado en Baviera con el nazismo o, por extenderlo más, con los democristianos de Von Papen. Comprendí los efectos de una educación sectaria y deformada en el Instituto de Antropología de Berlín, y los seguidores de Baur y su “Vererbungslehere”, cuyo último epígono más famoso sería un tal Mengele. El fruto de ese adoctrinamiento es una sedición y rebelión contra un estado democrático. Llamar a los jueces ejercer una represión es lisa y llanamente insultante. Pero desgraciadamente nos estamos acostumbrando ya a esa perversión del lenguaje y de la ética.
    Mirando las cosas con perspectiva histórica, no del año pasado a éste, sino algo más lejano en el tiempo. A uno le encanta repasar la historia de la secesión en distintos episodios. Por ejemplo, la guerra de Sucesión. No le voy a citar fuentes de autoridad como Henry Kamen o Tortella, para la historia del nacionalismo secesionista político y económico, respectivamente.
    Le mencionaré lo que considero una joya literaria porque se publicó en Barcelona en plena guerra civil y, por tanto, cabe suponer que no queden muchos ejemplares. Por suerte, tengo uno. Me refiero a la historia de la Universidad de Barcelona por Ferrán Soldevila, nada sospecho de devoción española. Allí atribuye la mecha de la guerra a… los jesuitas de Cordelles que querían para su Colegio la exclusividad de la cátedra de Artes contra el derecho de la universidad. Empezaron las algaradas estudiantiles. Y los jesuitas se procuraron la cátedra aplicándose al servicio del Borbón. Hay que ver lo que fue la historia. Interesantes son también la visión de la guerra y de sus fines por parte de una autoridad inglesa del momento: el director del recién creado Observatorio de Greenwich. Su epistolario publicado hace unos años por Cambridge es ilustrativo. De represión, derechos y otras palabras altisonantes, nada de nada. Sencillamente una sublevación de parte de los ciudadanos.
    Me parece que somos injustos con los que no chillan, pero pueden tener toda la razón, dar por supuesto una anomalía y llamarla conflicto. Es como el conflicto etarra. Hay que ver el conflicto que tenía Ortega Lara con los que le recluyeron en una mazmorra irrespirable más de quinientos días con sus noches. No, no hay conflicto. Hay sedición y sublevación, lisa y llanamente.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here