Lourdes Zambrana“¿Y ahora qué? ¿Qué vais a hacer para continuar esto?”, me pregunta un machista-disfrazado-de-progre el día 9 de marzo en el trabajo. Mi compañera, bregada en muchas batallas, le responde que vamos a hacer lo mismo que hemos hecho hasta ahora: seguir luchandp día a día, gesto a gesto… Y yo añado que vamos a seguir haciendo lo mismo, pero contentas, animadas y orgullosas por haber llenado las calles de una marea violeta imparable. Aparentemente todo sigue igual, pero nosotras no estamos igual. Hemos experimentado y disfrutado la sororidad y la complicidad entre mujeres.

El día 8 de marzo paramos el mundo para reclamar que los derechos humanos se cumplan también en nosotras porque, al fin y al cabo, el feminismo es eso: un movimiento social y político que lucha por los derechos humanos, para que estos se cumplan y se respeten en esa mitad de la población, nosotras, que no siempre los podemos dar por supuestos.

Que no nos maten, que no nos peguen, que no nos violen, que no nos exploten, que no nos humillen… es todo lo que reclamamos. Porque el patriarcado mata, pega, viola, explota y humilla.

Hay hombres que se incomodan cuando oyen hablar de feminismo, porque algunos, sus detractores, lo plantean como un conflicto entre hombres y mujeres. Es un mecanismo para desligitimarlo y provocar el rechazo social.

El feminismo no va contra los hombres (contra los hombres de bien, al menos), aunque sí que va contra el patriarcado como un sistema ideológico, económico, cultural, social y político que sustenta la desigualdad de las mujeres sobre los privilegios de los hombres. El patriarcado y el capitalismo se necesitan, porque ambos sistemas se basan en nuestro trabajo de cuidados -no remunerado, infravalorado, sin horarios y sin descansos- para ser rentable.

Pero la lucha contra el patriarcado no es  solamente la lucha de las mujeres, sino también la de los hombres que desean un mundo mejor. Un mundo donde sus parejas, hijas, hermanas, madres, amigas, vecinas, compañeras, puedan vivir sin miedo, sin buscar las calles más iluminadas por la noche, sin ser golpeadas, ganando lo mismo por el mismo trabajo, sin dobles ni triples jornadas, sin que nos casen siendo niñas, sin que nos vendan como ganado…

Por el momento, ese mundo continúa en construcción. Después del 8 de marzo, no ha habido un giro copernicano, pero ha recobrado fuerza aquella idea que colgaba de una lona en la Puerta del Sol de Madrid durante el 15M: «La revolución será feminista o no será». Ahora sabemos que no hay vuelta a atrás. Despertarán muchas más, también dentro de la Iglesia, aunque el camino esté lleno de trabas y obstáculos. 

8M

Ilustración de Kiki Suárez.

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Diplomada en Trabajo Social, licenciada en Ciencias Políticas y diplomada en Ciencias Religiosas. Trabaja en la Fundación Mambré que atiende a personas sin hogar, en el programa de Vivienda. Miembro de Cristianismo y Justicia. Ha publicado en CJ el cuaderno «Nuevas militancias para tiempos nuevos» (nº 110).
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2 Comentarios

  1. Gracias al feminismo muchos hombres no renunciamos a nuestra identidad como hombres, sino que lo sometemos a una confrontación de nuestras ideas erróneas basadas en una percepción androcéntica del mundo, que nos empobrece como hombres, ciudadanos y sobre todo como personas.
    La confrontación tiene que ir acompañada de un crecimiento personal que nos haga capaces de ser honestos y sinceros con y entre nosotros mismos para crecer junt@s como personas.

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