Xavier CasanovasUna enfermedad recorre nuestro cuerpo social desde hace décadas: la fiebre de la positividad. Así lo denunció Byung-Chul Han la semana pasada en Barcelona. Sus libros nos recuerdan una y otra vez que, aunque muchos afirmen que nunca como ahora en la historia hemos estado tan bien -o en leibniziano que vivimos en el mejor de los mundos posibles-, algo no va bien cuando las sociedades teóricamente más avanzadas son las pioneras en depresiones, ansiedades y suicidios.

Se hace muy difícil probar de vivir manteniendo la ficción de que todo está bien cuando por poco que nos paremos a pensar en ello veremos que nuestra realidad no vive reconciliada. Nuestra impostada felicidad -no tenemos derecho ni a un minuto de tristeza- se batalla cada día con la honestidad de nuestras cabezas y corazones que nos recuerdan que queda tanto por hacer, que hay tanto dolor en nuestro mundo, que esta pretendida alegría sólo se justifica si se pone al servicio y en favor de quien hoy sufre, que no hay posibilidad para una vida frívola sin hacerse ciego y sordo a la realidad.

Necesitamos pues introducir negatividad en nuestro mundo. Sí, negatividad, que no pesimismo ni mal cuerpo. Negatividad en cuanto a contraste, en cuanto a poner luz en la oscuridad que hay en nuestras vidas. Negatividad en cuanto a crítica a la positividad imperante que nos ha impuesto un silencio en el que la queja, la desazón, la inquietud, no están permitidos si no se quiere ser tachado de aguafiestas que ha venido a despertarnos del mejor de nuestros sueños.

Negatividad es resistencia. Resistencia a un progreso y una economía turbo-acelerada que destruye vínculos humanos y sociales, que no nos da tiempo para pensar la vida, vivirla, acogerla, sino que tan sólo nos permite destriarla y consumirla. Un sistema que no acepta ninguna tregua y que, para pasar sin hacer daño, nos recomienda que no nos resistamos a base de tazas de Mr. Wonderfull que nos recuerdan que cada día es una oportunidad nueva para ser «feliz», sin preguntarnos que hay en el ayer que deba ser guardado y resguardado de los embates violentos de esta fuerza que no es humana.

Negatividad es memoria de todo lo que la saeta de la historia y el progreso deja en el olvido. Porque si nos atrevemos a afirmar que estamos mejor que nunca, en el «nunca» dejamos personas, historias y vidas, como quien esconde bajo la alfombra el polvo y la suciedad acumulada del paso de los días. No olvidar para evitar que, como si de un eterno retorno se tratara, la historia nos devuelva de nuevo su cara más bestia, despiadada y dura. Nuevos desiertos ya recorridos, patíbulos ya pasados. Siempre habrá víctimas y alguien tendrá que recordar el quién, el cómo y el porqué.

Negatividad es prudencia y humildad. Quien niega no tiene todas las respuestas. Quizás no tiene ninguna. Tiene tan sólo la convicción de que hay que darse tiempo, tener paciencia, saber parar. La negación es el reconocimiento de la incapacidad del ser humano para dominarlo todo, de la fuerza y lucidez que reside en el no-poder. Es el reconocimiento de la verdad que hay en el vencido, en quien no ha sido agraciado como ganador en una historia que tiene más de paradójico e incongruente que de proceso claro, limpio y aflorador de verdades.

Todo esto no es nuevo. Adorno y Horkheimer, padres de la teoría crítica, lo formularon mejor que nadie hace más de 50 años: «Les sucede lo que siempre sucedió al pensamiento triunfante: en cuanto abandona voluntariamente su elemento crítico y se convierte en mero instrumento al servicio de lo existente, contribuye sin querer a transformar lo positivo que había hecho suyo en algo destructor». Si la ilustración pretendía romper con todos los mitos y supersticiones para que venciera la fuerza de la razón, ésta, en su afán por afirmarse, ha pretendido reducirlo todo a medible, cuantificable, tecnificable y dominable. Buscando acabar con los mitos, crea un nuevo mito: que somos capaces, a través del conocimiento, de dominarlo todo. De nuevo Adorno y Horkheimer: «Lo que no se doblega al criterio del cálculo y la utilidad es sospechoso». La realidad se impone como un todo homogéneo e incuestionable. Incluso «el reformador más sincero, que en un lenguaje desgastado recomienda la innovación, al asumir el aparato categorial prefabricado y la mala filosofía que se esconde tras él refuerza el poder de la realidad existente que pretendía quebrar.»

No he querido poner ejemplos, nuestro presente va lleno. Hasta que no seamos capaces de reconciliar esta realidad tan rota y desigual, habrá que guardar un rincón de negatividad dentro de nosotros que nos recuerde constantemente que todo lo que hacemos, todo lo que digamos, no es nunca último sino penúltimo. La negatividad como el momento de verdad más lúcido de nuestras vidas. Introducir negatividad como respuesta a un anhelo de justicia.

«Nuestras penas, quejas y pérdidas son innumerables.
El pasado no es para nosotros sino un triste recuerdo;
el presente es horrible, si no existe un futuro.
Si la noche de la tumba destruye al ser que piensa,
Un día todo estará bien, he ahí nuestra esperanza,
Hoy todo está bien, he ahí la ilusión.
Los sabios me confunden y sólo Dios tiene razón.»

“Poema sobre el desastre de Lisboa”. Voltaire

negatividad

Imagen extraída de: Pixabay

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Director de Cristianisme i Justícia-Fundació Lluís Espinal. Licenciado en matemáticas y máster en gestión de empresas. Anteriormente ha trabajado en Oxfam Intermón. Coordina la Plataforma por una fiscalidad justa y ha participado activamente en las últimas ediciones del Foro Social Mundial y en la organización del Fòrum Social Català. Colabora en diferentes proyectos solidarios relacionados con el mundo de la inmigración y la economia social.
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3 Comentarios

  1. A veces parece que tenemos que introducir una palabra que despierta, que choca con los sonidos acostumbrados, con los mensajes de éxitos permanentes que emanan en los canales institucionales de las organizaciones y que muchas personas intentan alimentar con sus likes, retweets, etc.
    En este sentido puede entender la intención del blog de Xavier. Pero discrepo sobre el uso de la negatividad. Creo que necesitamos corregir este «Mundo feliz» poniendo un realismo que precisamente no niega la existencia de los problemas, de los fracasos, de la vida fragmentaria. Realismo cristiano que no abandona la esperanza, que mantiene vivo un compromiso de cambio, una compasión, y que también se deja cuestionar, y si que acepta con humildad su propia limitación sin limitar el esfuerzo máximo posible.

  2. Completamente de acuerdo Rainer. La negatividad que propongo no niega la tan necesaria esperanza. Es más bien un pequeño grito como contraste y para realzar que la positividad imperante es anuladora justamente de la lucha y el compromiso esperanzado.

  3. Mejor que “negatividad”, directamente: DECIR que NO. Es el NO a todo a lo que en realidad se nos impone como SÍ. De manera que puedes generalizar: el NO al Poder de cualquier tipo que sea, a la imposición de los ideales en que el mundo se funda, a la imposición de una educación para los niños del futuro… Cualquier cosa que quieras pensar (la economía, las finanzas), está fundada en una industria positiva. Entonces, cuando se mira bien, se ve (basta con echar una ojeada a los medios) que positiva consiste en “positiva para el Futuro”. Es decir, para que en primer lugar ya se sepa lo que va a pasar y no haya peligro de que pase nada imprevisto y, en segundo lugar, para que la gente se anime con cierto optimismo a ir hacia ese Futuro y cumplir las reglas que le corresponden. Todo eso es la Realidad: es el SÍ. De manera que para qué voy a decirte qué importancia tiene el NO si resulta que, como aquí hemos descubierto, la Realidad no es todo lo que hay, que siempre hay más allá, y eso es lo que secunda cualquier forma de rebelión. Entonces está claro que la manera, el instrumento, el arma para la rebelión es justamente ir contra esas ideas y actitudes positivas que el Régimen nos impone. De modo que no puede pensarse en nada antes de pensar esa posibilidad de decir NO que es hacer NO. Es “hacer no” porque consiste justamente en un hacer que es un decir. Por ejemplo, los discursos de los Ministros del Poder o las cuentas de la Banca de tal o cual sitio pueden tomarse aparentemente como un decir (son palabras, son números), pero al mismo tiempo son un hacer. Así que cualquier sueño de revolución tiene que partir igualmente de que el primer hacer es el decir: el decir NO. El decir NO a lo que está dicho y se nos manda; decir lo que nos viene de más abajo (de no sé donde), y ese decir es un hacer.

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