Voces. David Fernàndez. [Catalunya Cristiana] Al principio fue Paulo Freire y la pedagogía del oprimido. Después fue Leonardo Boff, con la ética de lo humano, alertando de que al hombre posmoderno le había entrado «complejo de Dios» -individualismo posesivo, egoísmo narcisista, hedonismo insolidario. Enseguida conocimos pasado y presente de la dignísima -y passoliniana- parroquia de San Carlos Borromeo en el Entrevías de Madrid y la otra historia del cristianismo de base. Entonces, nos iniciábamos como insumisos y ateos al servicio militar y éramos quizás demasiado descreídos, pero ya brotaba la memoria de los asesinatos impunes de Óscar Romero y de Ignacio Ellacuría, que nos hacían enmudecer, nos despertaban del horror y nos acercaban en otros lugares ignotos pero habitables.

Luego, en medio de las intemperies, topamos con la mano extendida -siempre abierta- de ACAT -la acción de los Cristianos para la Abolición de la Tortura- y ya sabíamos de Jon Sobrino y los pies descalzos de Pere Casaldáliga en el Araguaia. Referentes vigentes, referencias ineludibles, puntales en tierra firme. Y de repente también llegó Francisco -que no está mal como se hace escuchar- y sus encíclicas. Y alternativas y reflexiones críticas ante un capitalismo voraz al que, en la actual inhumanidad del momento y pendientes aún de ahuyentar a los mercaderes del templo, nos podríamos oponer con una sencilla y antigua tríada, que se convierte en proclama y programa: no robarás, no mentirás, no matarás.

Justo y necesario reconocer, con agradecimiento y gratitud, lo que hemos aprendido de ellos y todo lo que nos han aportado. Aquel contacto con «aquellos de la liberación» nos desmontó prejuicios y desterró tópicos, tejió indestructibles vínculos cómplices y nos hizo comprender la antropología del hecho religioso. Chesterton lo terminó de componer con su catolicismo irreverente y contagioso y nos quedó una lección bien aprendida: solo hay laicismo allí donde no hay persecución alguna. Para muchos no creyentes, pues, la teología de la liberación ha sido auténtica escuela emancipatoria, un espejo real de la ética del compromiso y una praxis humana para la transformación. Nos ha hecho pensar más, nos ha incitado a ir siempre más allá y construir comunidad en libertad y con justicia. Hoy, como ayer, nos animan todavía a intentar hacerlo mejor cada día, a no olvidarnos de nada ni de nadie y a no dejar nunca de luchar. Hoy, paradójicamente, muchos no creyentes seguimos creyendo en ellos -en tantos nombres revisitados y concretos- porque nos hacen seguir creyendo en la condición humana. Y si es cierto que a menudo debatimos sobre el paraíso del cielo, lo más importante es que caminemos juntos y nos impliquemos juntos contra los infiernos de la tierra. Labrando la esperanza: porque es tarde pero es todo el tiempo que tenemos a mano para hacer futuro.

David Fernàndez

Imagen extraída de: Ara.cat

3 Comentarios

  1. Gracias David, es bueno reflexionar sobre todos aquellos que han conseguido que a pesar de santos como Juan Pablo II y toda la curia vaticana, algunos sigamos pensando que dentro de la comunidad cristiana hay mucha gente trabajando por la justicia social básica para todo cristiano.

  2. “El principio de todo”. De “todo”?

    Bastante antes del movimiento de los insumisos al servicio militar de los años 70 i 80 (MOC, etc.), y habían sido fusilados unos cuantos objetores de conciencia (en la llamada guerra civil). A pesar de las tergiversaciones y el silencio invisibilizador de unos y otros (empezando por el ICIP [Institut Català Internacional per la Pau]), los primeros objetores al ejercito y a la guerra en la historia contemporánea en nuestro país fueron los anarquistas i los “estudiantes de la Biblia” (los actuales testimonios de Jehová) (alguno de ellos con 21 años de presidio militar). También estaban los adventistas del séptimo día y los mennonitas.
    Por lo que dice de la teología de la liberación, los teólogos y el llamado “papa”, con todo respeto, no son “principio” de nada. Y la teología de la liberación (la auténtica, no la del juego político) la podemos encontrar desde Génesis hasta Apocalipsis (en pocas palabras: en la Biblia «entera» como Palabra de Dios). Y de individualidades y de movimientos libertadores frente la apostasía de la iglesia romana (mas tarde, iglesia católica apostólica y romana) siempre han existido. Sin ir muy lejos, este año se conmemora la Reforma de Lutero; pero él tampoco fue “el principio” de la Reforma. Antes que él estaban los valdenses, y antes de los valdenses hubieron otros (siempre, en toda época, ha habido un remanente que ha mantenido las fuentes y la esencia del mensaje libertador de la Biblia).

    Total: que “el principio de todo” es el Dios Creador. Y nosotros, a lo más, podemos ser nacidos de nuevo y colaborar en la gran comisión que Cristo, en el evangelio según Mateo 28:19 i 20, nos llama a trabajar.

    Muy de acuerdo que todos somos hermanos e hijos de Dios (se crea o no), pero no olvidemos quien es el príncipe de este mundo, y sus servidores y colaboradores.

    Estaría bien un poco más de humildad y no creernos que antes de nosotros o los de la nuestra cuerda (sean del Opus o de los jesuitas, o de los capuchinos, franciscanos… que tanto montan unos como otros) todos eran un atajo de ignorantes o engañados.

    ¡Maranatha!

    Atentamente, y buena semana

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