Darío MolláMe quedo con la impresión de que esto de los “pobres” se ha convertido en un elemento más del inmenso decorado que es la Navidad en nuestra sociedad. Como el belén, el árbol, las luces y las bolitas. Cuando escucho en Navidad a famosos deportistas que cobran sueldos de escándalo decirnos lo impresionados que están por el sufrimiento de los niños de Alepo; cuando veo cenas masivas de “pobres” organizadas por instituciones civiles y eclesiásticas (ahora ya no basta “sentar un pobre a la mesa” navideña, sino que hay que sentar a 300 o 400 para que la cosa tenga eco mediático); cuando “desembarcan” jerarquías de todo tipo en las cárceles para “visitar” a víctimas de injusticias silenciadas y/o consentidas, cuando…

Pienso que la verdad o no de todos esos gestos tendría que someterse también a la que, de pequeños, llamábamos la “prueba del 9”. En nuestro contexto, la prueba del 9 consiste en ver qué queda de todo eso, y qué pasa con todo eso, a partir del 9. Del 9 de enero, cuando empiezan las rebajas. O del 9 de febrero, o del 9 de junio, o del 9 de  septiembre.

Se me ocurre atreverme a proponer tres sencillos indicadores de verificación de la verdad de tanto interés por los pobres.

El primero tiene que ver con el uso de nuestros bienes o los criterios de decisión que guían nuestras decisiones económicas, esas que tomamos cada día y que afectan a nuestros patrimonios muebles e inmuebles. No seré yo de esos ingenuos que proponen la venta del Vaticano. No hace falta ni apuntar tan alto, ni ir tan lejos. Basta con examinar los criterios de nuestras inversiones, los destinos de nuestros fondos económicos, las prioridades en nuestras decisiones sobre el dinero… para aplicar la prueba del 9. ¿Qué papel juegan los pobres en todo ello? ¿Importante, alguno, ninguno?

Un segundo indicador tiene que ver con los estándares de vida. Soy, lo confieso, de esos ingenuos que piensan que si uno se ve “afectado” por la dureza de vida de los pobres, ve “afectado” su propio nivel o estándar de vida. Aún me escandalizo cuando me cuentan que un importante líder sindical español ocupa un palco privilegiado en la Opera de Viena (supongo que invitado por alguna alta autoridad de Austria…) o cuando a un buen amigo sacerdote rural se le “escapa” decirme que ha pasado sus vacaciones de verano (más que merecidas y necesarias) en Bahamas… Eso de que los pobres me importan mucho, pero vivo tan ricamente, no me acaba de cuadrar, creo que no resiste la prueba del 9.

Y, finalmente, propongo otro indicador más cotidiano y universal. Las miles de homilías que cada domingo se pronuncian en España, por ejemplo. ¿Cuánto de lectura evangélica de la realidad aparece en ellas? ¿Cuánto de la opción evangélica por los pobres aparece en sus propuestas? ¿Cuánto de lo inseparable de fe, justicia y caridad se predica? ¿Nunca? ¿Sólo en los días “señalados”? Porque Jesús habla de los pobres y/o desde los pobres en cada una de las páginas de su evangelio.

El Jesús cuyo nacimiento recuerda y celebra la Navidad es el Jesús que, como nos recuerda Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, nace “en suma pobreza… para al cabo de tantos trabajos, de hambre y de sed, de calor y de frío, de injurias y afrentas, morir en cruz”. Uno de tantos pobres que, para colmo, “no había encontrado sitio en la posada” (Lucas 2,7) y fue rechazado porque era pobre (Juan 1, 11). ¿Es este Jesús, “uno de tantos” entre los pobres (Filipenses 2,7), el Jesús de nuestra oración, de nuestra contemplación, de nuestra predicación, de nuestra vida? La prueba del 9 es la prueba cotidiana para verificar si nuestro Jesús es el del evangelio de Navidad, o de si nuestra Navidad es la del evangelio de Jesús.

Navidad

Imagen extraída de: Cooperantes

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Jesuita, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana. Ha publicado en la colección EIDES: "Encontrar a Dios en la vida" (n º 9, marzo 1993), "Cristianos en la intemperie" (n º 47, octubre 2006), "Acompañar la tentación" (n º 50, noviembre 2007), "Horizontes de vida (Vivir a la ignaciana)" (n º 54, marzo 2009), “La espiritualidad ignaciana como ayuda ante la dificultad” (nº 67 septiembre 2012), “El ‘más’ ignaciano: tópicos, sospechas, deformaciones y verdad” (nº78, diciembre 2015) y “Pedro Arrupe, carisma de Ignacio: preguntas y respuestas” (nº 82, mayo 2017).
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2 Comentarios

  1. Sin palabras. Necesitamos pobres para ser buenos al echar una moneda? Si todo ser humano tuviera un trabajo un sueldo digno… habría pobres? No me vale el q x tener un salario escandaloso se de una limosna máximo cuando todo el mundo de entera y seguramente desgrava. Donde la dignidad del pobre la pastoral del pobre? Son personas y solo con darles una comida q si habría q evitar ese pan para hoy y hambre para mañana. Algo hacemos mal. No es cuestión de dar para salir en la foto

  2. A mí también me horroriza la pobreza. Pero mi pregunta es ¿Qué hacer para remediarla? ¿Qué puede hacer un cristiano para combatir la desigualdad y la pobreza en su día a día?

    La solución clásica es mediante limosnas, pero con eso sólo se soluciona el problema momentáneamente. ¿Es simplemente una cuestión de dinero?
    En la España de hoy es difícil encontrar personas que pasen hambre. Hasta los más pobres disfrutan de algún tipo de ayuda social, lugares de acogida, bancos de alimentos, comedores… En principio, para vivir y ser feliz poco más se necesita. Como siempre se ha dicho no es más rico el que más tiene sino el que menos necesita. ¿Dónde radica el problema? Tal vez no sea una cuestión de tener más o menos dinero, sino de marginación, de encontrar un trabajo digno, algo que es difícil incluso para aquellos que tienen un nivel económico normal. ¿Debemos pues tratar de vivir de forma lo más humilde y mostrar así que se pueden vivir así sin perder la dignidad?

    Quizás sea una cuestión psicológica. Los que tienen menos dinero que la media o no tienen trabajo se creen inferiores y se minusvaloran. Tienen un resentimiento hacia la sociedad que los impulsa a delinquir y a darse a las drogas o al alcoholismo, lo cual los hunde aún más.
    ¿Debemos acercarnos a los pobres y tratar de conocerlos de hacernos amigos? ¿Participar algún tipo de asociación para tratar de integrarlos?
    Aquí surge un problema más grave. A veces se idealiza a los pobres presentándolos como personas bondadosas que sufren por las condiciones en que han nacido. Pero muchos de ellos son conflictivos, violentos, no se dejan ayudar, o prefieren delinquir antes que rebajarse a pedir ayuda.

    Necesitaría que alguien me explicara cuál sería el camino correcto. ¿Qué hacer para combatir la pobreza?

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