Darío Mollá“Así pues, Vuestra Santidad, ahora vuestros sacerdotes están muertos y yo sigo vivo. Pero en verdad soy yo quien ha muerto y ellos son los que viven. Porque, como ocurre siempre, el espíritu de los muertos sobrevive en la memoria de los vivos”.

Me ha venido a la memoria esta frase con la que concluye la película La Misión al ponerme a escribir este post sobre Pedro Arrupe. Porque su espíritu está bien vivo en nuestra memoria. El espíritu de un Profeta en el sentido más hondo de la palabra.

¿Qué sobrevive en mi memoria del espíritu de Pedro Arrupe? Una pregunta abierta a todos los que le conocimos… Mi respuesta:

  • El testimonio de una espiritualidad muy honda, muy auténtica y muy ignaciana. Una espiritualidad fundada en un amor muy personal a Jesucristo; al Cristo pobre, humilde y en cruz de los Ejercicios. Y fundado en ese “sensus Christi” un “sensus hominis” de una enorme profundidad y calidad: un amor entrañable a la persona humana y una sensibilidad atenta, sencilla, acogedora de todas las personas y de cada persona, y de todas las culturas en las que esas personas viven y se expresan. Una espiritualidad que desde Dios mira al mundo en toda su universalidad y con toda cercanía y se compromete con él.
  • Una invitación al permanente discernimiento que es necesario para dar respuestas nuevas a los problemas y desafíos nuevos a los que la evangelización tiene que hacer frente. Un ejemplo de coraje para afrontar los cambios que pide constantemente el “más” del servicio ignaciano, que no se conforma nunca con lo “ya sabido”, “lo de siempre”, la mediocridad. El valor de la sinceridad para sostener las propias convicciones ante las resistencias y contradicciones de unos y de otros, de dentro y de fuera.
  • La llamada exigente y viva a una fe inseparable de la promoción de la justicia. La memoria de ese Arrupe que “reorientó” a la Compañía y la invitó a poner a los pobres en el centro de su corazón y su misión, tarea aún pendiente. Las intuiciones y anticipaciones proféticas como el Servicio Jesuita a Refugiados. El cuestionamiento de una educación que no sea la que promueva personas “para los demás” y de una fe que no sea crítica frente a las lógicas de exclusión de la persona humana.

Sí: el espíritu de Pedro Arrupe sigue bien vivo…

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Imagen extraída de: People for others

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Jesuita, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana. Ha publicado en la colección EIDES: "Encontrar a Dios en la vida" (n º 9, marzo 1993), "Cristianos en la intemperie" (n º 47, octubre 2006), "Acompañar la tentación" (n º 50, noviembre 2007), "Horizontes de vida (Vivir a la ignaciana)" (n º 54, marzo 2009), “La espiritualidad ignaciana como ayuda ante la dificultad” (nº 67 septiembre 2012), “El ‘más’ ignaciano: tópicos, sospechas, deformaciones y verdad” (nº78, diciembre 2015) y “Pedro Arrupe, carisma de Ignacio: preguntas y respuestas” (nº 82, mayo 2017).
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5 Comentarios

  1. No voy a cuestionar la figura de Arrupe, entre otras cosas porque sólo tengo una idea borrosa y quizá sesgada de la inquietud del Pontífice ante la deriva que estaba tomando bajo su mandato la Compañía. Nadie lo ha explicado con claridad, que yo sepa. Pero en honor a la verdad, ciñéndonos a lo demostrado y contrastable: la anticipación profética de ayuda a los refugiados fue muy anterior. Por esa inquietud realizada en hechos concretos le dieron el Nobel de la paz al dominico belga padre Pire en el decenio de los cincuenta.

  2. Gracias a Cj y a Darío Molla por recordarnos a este apasionado por Jesucristo, corazón compasivo, que fue Pedro Arrupe. Se adelantó a su tiempo e hizo posible que la Compañía de Jesús y la Iglesia estuviesen mejor preparadas para responder a los desafíos actuales. Aún más que sus intensos años de vida apostólica, me impresionó la manera en que vivió sus últimos diez años. Sólo quien había sabido vivir enteramente en Cristo, podía entregar de esa manera, tan confiada y agradecida, su vida a Dios.

  3. Me asombra en Pedro Arrupe, la lealtad con que buscó la inculturación con el pueblo japones y lo que en Yamaguchi al principio fue una estrategia de evangelización, pronto le abrí horizontes insospechados a su forma de entender el cristianismo. Redescubri el «Ver a Dios en todas las cosas y todas las cosas en Dios» de las Constituciones SJ.

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