Andreu DomingoDurante el siglo XX, Cataluña demográficamente hablando se consolidó como un Sistema Complejo de Reproducción basado fundamentalmente en la inmigración, hasta el punto que podemos considerar la inmigración como un factor endógeno de la demografía catalana de los siglos XX y XXI. El crecimiento de la población en Cataluña desde inicios del siglo XX, con sólo dos millones de habitantes hasta los siete y medio actuales, y una baja fecundidad histórica, ha sido marcado por las coyunturas económicas que han animado la inmigración, de forma cada vez más voluminosa e intensa, con un primer episodio a principios del siglo XX hasta el crack del 29, precipitándose su caída con la Guerra Civil española; una segunda oleada durante los años sesenta y comienzos de los setenta marcada por la crisis del petróleo, con un período álgido el quinquenio 1.966-70, con un saldo migratorio de 425.831 personas, que representó el 62% del crecimiento total de la población, ambas recibidas del resto de España; y la tercera de carácter internacional, que arrancando a finales del XX, ha culminado en el boom migratorio del nuevo milenio, truncado por la crisis económica de 2008, con un máximo para el quinquenio 2000 a 2004, de 702 mil entradas por encima de las salidas, que supera el 90% del total del crecimiento. Esta realidad no se puede considerar una excepción, la mayoría de países desarrollados tienen en la inmigración el factor clave del crecimiento demográfico. Lo que es excepcional en el caso catalán es su precocidad e intensidad.

La persistencia e intensidad de los movimientos migratorios en Cataluña, han conformado un Sistema Demográfico basado en la inmigración, hasta el punto de trascender el ámbito exclusivamente demográfico e impregnar la cultura, sociedad y economía catalanas. Contra los miedos eugenésicos de los años treinta de la desnacionalización y desaparición de la cultura catalana debido a la inmigración masiva, ésta se ha fortalecido, haciendo precisamente de la inmigración uno de sus ejes vertebradores. De modo que hoy deberíamos reconocer en la inmigración uno de los mitos fundacionales de la nación catalana.

La tesis de la demógrafa Anna Cabré, publicada sintéticamente en 1999 con el título de El Sistema catalán de reproducción, demostró que más del 60% de la población residente en Cataluña en 1986 podía considerarse producto directo o indirecto de la inmigración exclusiva del siglo XX (migrante, hijo/a o nieto/a de inmigrantes), casi treinta años más tarde y con un boom migratorio de carácter internacional de más de un millón de personas, seguramente este porcentaje ha superado con creces el 70%. Estos niveles pueden equipararse al de otros países y regiones tradicionalmente receptores de inmigración, como Estados Unidos, Australia o Nueva Zelanda, lo que resulta excepcional es que la cultura catalana no sólo subsista, sino que se haya visto fortalecida en este proceso, con un lugar central para la lengua catalana, y ello a pesar de una dictadura de cuarenta años que se afanó para desterrarla y una actitud hostil y menospreciadora por parte de los sucesivos gobiernos españoles. La lengua catalana y en general la cultura, han tenido éxito, no a pesar de la inmigración sino gracias a ella, tanto en el volumen -el aumento de catalanoparlantes-, como en la voluntad de abrazarla y hacerla suya.

El éxito de la integración de la inmigración en Cataluña se debe a muchos diversos factores, entre los que cabe destacar: en primer lugar, el reconocimiento temprano de la necesidad de inmigración que forzó a adoptar un discurso que ya a mediados de los años sesenta en ciertos aspectos podía ser entendido como un «discurso intercultural avant la lettre«, donde la definición de la identidad nacional catalana se hacía de forma abierta y adscriptiva, a partir del famoso «catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña, y lo quiere ser «; en segundo lugar, a la coincidencia durante los años sesenta y setenta de la posibilidad de una notable movilidad social ascendente, que durante la crisis de los ochenta fue paliada por la propia construcción institucional de la Generalitat de Cataluña a la Transición Democrática; y, en tercer, pero no en último lugar, en la confluencia de autóctonos e inmigrados en la lucha por la reconquista de las libertades públicas y la justicia social durante el franquismo. La asunción de la inmigración como mito fundacional del país ha permitido una mejor predisposición a la integración de la inmigración internacional y a aceptar el cambio que para el país presupone. En todo caso ha deslegitimado completamente las actitudes racistas y xenófobas situándolas frente la afirmación nacional de Cataluña.

La inmigración del siglo XXI, a diferencia de la del siglo XX ha tenido que sufrir la falta de derechos que imponía no tener la nacionalidad española. De forma paradójica, mientras que la inmigración venida del resto de España se encontró en una situación donde las condiciones de segregación residencial y calidad de la vivienda eran mucho peores que las actuales, la inmigración internacional ha tenido que enfrentarse a la fractura que supone la falta de derechos. Esta falta de derechos ha significado en la práctica un déficit democrático que se ha dejado notar en todos los ámbitos empezando por el de la administración local y terminando por la propia representación excluyente de la extranjería en general.

Para Cataluña la ausencia de inmigración constituiría un signo de la persistencia de la crisis económica, y por lo tanto una mala noticia. Es de esperar que a medio plazo esta aumente. Respecto a la integración, como en otros países europeos, Cataluña se enfrenta a dos retos: la lucha contra la desigualdad creciente de lo que el economista Thomas Piketty ha llamado «capitalismo patrimonial» que pone en peligro la capacidad de integración social basada en la movilidad social ascendente de la población inmigrada, y en lo que llamo la «tentación pigmentocràtica», es decir, en que acabemos estratificado socialmente la sociedad catalana, a partir de los prejuicios basados en el origen, fenotipo, o religión de nuestros conciudadanos. Ante la actual incertidumbre, la cohesión como meta, sólo será posible en la lucha juntos para construir un futuro mejor, basado en la justicia social.

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Imagen extraída de: Social.cat

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1 COMENTARIO

  1. Por deformación profesional, cuando oigo hablar de nación me tiento el traje. Desde el padre del nacionalismo genético alemán, Erwin Baur, cuyo Vererbungslehre en su quinta y sexta edición (Berlín, 1922) bajo de inmediato del estante de genética humana, en la misma sección donde se ordenan, entre otros Etablierung eines Rassenhygienischen Standarwerkes, de Heiner Fangerau, o The Myth of Race, de Robert Wald Sussman. Es un buen antídoto para conjurar las declaraciones aparentemente inocuas (por cuanto carentes de base), pero ideológicamente cargadas de radiactividad. El primero de octubre de este año, Nature publicaba en News & Views un resumen y encuadre de dos trabajos de la revista. La nota introductoria lleva por título, significativamente, «The end of the start for population sequencing» (p. 52-53) y los artículos, «A global reference for human genetic variation» (68-74) y «An integrated map of strjuctural variation in 2504 human genomes» (75-81) La muestra abarca los cinco continentes. ¿De qué fenotipo habla usted, señor Andreu?

    No parece conforme con la verdad imaginar una Cataluña exenta de mezcla hasta la llegada de lo que hasta las vísperas de elecciones se llamaba la charnegada. Primero con la murcianada en el primer tercio del siglo XX (obras del metro y otros). En reaslidad, Cataluña, como el resto de España es crisol de trasiegos y mezclas seculares. Quien tenga alguna afición por la historia de la ciencia verá que la mayoría de las obras editadas en Cataluña, desde la invención de la imprenta eran en castellano y no precisamente en resma para las ferias de Medinaceli o Valladolid. Es decir, era para consumo interno. Echese un vistazo a la Biblioteca de Cataluña, fondos antiguos. Aquí el castellano ha sido connatural a la formación de la ciudadanía. Y no desde la guerra de sucesión. No conviene tampoco avivar sentimientos inicuos, que no inocuos, con mentiras y falsedades. Cierto es que bajo el franquismo hubo mucha restricción, pero no fue absoluta. Díganmelo a mí que aprendí el catecismo en el libro escrito en catalán por Cartañá Inglés, obispo de Gerona, en el año cincuenta y dos. Y, por supuesto, se venía enseñando antes. No es verdad que, acabada la dictadura, hubiera desatención por parte de los gobiernos españoles. No fue con UCD, ni con Solana y el PSOE, ni con el PP, ni con el PSOE de nuevo, ni con el PP luego. Una cosa es la propaganda política deformadora desde aquí de la realidad y otra la verdad. ¿Ha mirado por casualidad el elenco de colaboradores de la Enciclopedia Catalana, por citarle un caso al que no fui ajeno? ¿Quién puso el grueso de la inversión en los grandes proyectos científicos y culturales? ¿Se ha paseado por el sincrotrón? ¿Lo ha hecho por otros centros?

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