Josep F. Mària. [La Vanguardia] Mientras me preparaba para marchar a Ghana este julio, cayó en mis manos el libro de Bru Rovira titulado «Áfricas. Cosas que pasan no tan lejos» (RBA, 2006). Lo puse enseguida en la maleta. El autor explica con rigor y pasión las situaciones de cuatro países: Sudán del Sur, Somalia, Liberia y Ruanda. Son cuatro «Áfricas» diferentes, pero todas marcadas por la guerra y la violencia escalofriante.

Y he aquí que mientras leía a Rovira, me encontraba en una quinta África: Ghana. En la zona que visité hay pobreza, infraestructuras precarias, escolarización deficiente, discriminación de la mujer, falta de iniciativa empresarial, una clase política con deficiencias de honestidad, etc. Los ghaneses tienen sus mezquindades como todo el mundo; pero en las comunidades la gente sencilla se reúne periódicamente para deliberar sobre su futuro y vigilar tanto como pueden que los poderosos no les levanten la camisa. Quizás una de las claves para entender la diferencia de esta quinta África es que desde la década de 1930 en Ghana no ha habido ninguna guerra. La guerra desencadena conductas horrorosas entre los combatientes: conductas que cuesta años modificar cuando llega la paz. Pero altera también la conducta de la población civil: el miedo de los saqueos lleva a abandonar proyectos económicos a medio plazo y a buscar la supervivencia con negocios de recoger y vender, comprar y vender, o arrebatar y vender. Y cuando llega la paz, cuesta mucho poner la gente a trabajar en proyectos productivos a medio o largo plazo. No me quiero ni imaginar qué pasaría a los ghaneses que entrevisté en su casa o en sus negocios si un día llegaran soldados que les mataran a la familia, se lo robaran todo y los hicieran huir. Desgraciadamente, es eso lo que pasó a la gente de las otras cuatro Áfricas.

Por fortuna, hoy en África muchos más países y regiones se parecen más a esa quinta África que a las cuatro primeras. Sería bueno que los medios de comunicación, las ONG, las agencias de viajes y los gobiernos nos ayudaran a cambiar la imagen que nos hacemos de África. Así, los empresarios, los turistas y los cooperantes perderían el miedo de acercarse a ayudar y descubrir la belleza natural, la riqueza cultural y la solidaridad que, mayoritariamente, pueblan este continente. Como decía el anuncio de un banco africano en el aeropuerto de Accra: «Otros la llaman África, nosotros lo llamamos nuestra casa» («… we call it home»).

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Imagen extraída de: Pixabay

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Jesuita. Doctor en Economía (UB). Licenciado en Teología (FTC). Profesor de Responsabilidad Social Corporativa y de Análisis Social en ESADE. Miembro de Cristianisme i Justícia. Estudia la contribución de empresas y ONG en el desarrollo, especialmente en América Central y el África Subsahariana. Colabora puntualmente en el diario La Vanguardia y regularmente en la web www.pregaria.cat (apartado Prega/Al cor del món).
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