Timbuktú: el yihadismo como triunfo de la estupidez

Timbuktú: el yihadismo como triunfo de la estupidez

Jaume Flaquer. Tumbuktú, Mali: “Una pena de lapidación acaba de ser decretada sobre una pareja de jóvenes que mantenían una relación amorosa sin estar casados. Tienen hijos, pero esto no ha ablandado el corazón del juez. La justicia divina debe ser aplicada”. Al oír esta noticia, el director de cine Abderrahmane Sissako se sintió impulsado a filmar la barbarie y estupidez del yihadismo. Estupidez sí, y no solo barbarie. Solo si subrayamos la idiotez de base del islamismo podemos descubrir que los fundamentalistas no son simples bárbaros o locos con los que no podemos identificarnos en nada. No. Es a menudo la obcecación en comprender la realidad solo desde un punto de vista el que genera discursos que, a base de ser repetidos miles de veces y por mucha gente, acaban por ser asumidos como verdad única por una sociedad. De esta manera, una sociedad de gente que no es de naturaleza violenta puede acabar cometiendo barbaridades justificadas por el bien de una ideología política o religiosa. Si el yihadismo solo fuera barbarie quizás no quedaría más remedio que responder violentamente. Pero si es estupidez podemos preguntarnos el porqué de esta ceguera e incidir a largo plazo en la educación.

En una de las mejores escenas de la película Timbuktú vemos una portería de fútbol y a un asno pasar tranquilamente delante de ella. Acto seguido vemos a unos jóvenes disfrutar jugando al fútbol sin pelota, simulando que chutan, que corren, que regatean, que marcan goles… El fútbol acababa de ser prohibido en la ciudad tomada por los islamistas. “Vaya burrada”, quiere decirnos el director. Poco antes también aparece una pareja de asnos cargados de pesados fardos cuando se decreta por los altavoces de la ciudad la pena de lapidación para los que cometan adulterio durante el mes de Ramadán.

El problema es que este tipo de estupidez genera muerte. En la película no solo vemos una condena de lapidación a adúlteros y una pena de muerte a un homicida que no ha conseguido el perdón de la familia de la víctima sino también la imposición de guantes a una vendedora de pescado. La imposibilidad de llevar a cabo este trabajo con guantes la condena en realidad a la muerte. Como también genera muerte y tristeza la prohibición de la música, matando todo tipo de alegría y diversión en el pueblo. Los islamistas de la película parecen tolerar la música de alabanza a Dios pero son implacables con la mujer que canta una preciosa canción repleta de emotividad.

Paradójicamente, la loca del pueblo está más cuerda que todos esos locos: “Estoy desgarrada por dentro, y tú también”. Es el desgarro por tanto sinsentido.

Timbuktú es una película deliciosa que aborda la situación que vivió el norte de Mali durante el año 2012 cuando fue tomada por los rebeldes islamistas. Las protestas de los tuaregs para conseguir la independencia de su región, unificada arbitrariamente con el sur cuando Europa trazó las fronteras de África, acabaron por ser capitalizadas por diversos grupos armados relacionados con Al-Qaeda, importando un islamismo desconocido en la región. La constante utilización de traductores al árabe y al inglés para comunicarse con los nativos de la ciudad busca transmitir esta “extranjereidad”. La intervención militar de Francia en 2013 devolvió estabilidad al país pero hizo huir a los islamistas hacia el sur de Argelia, Libia y Túnez, desestabilizando esos países.

La película fue inicialmente criticada por algunos sectores franceses por “humanizar el terrorismo” ante lo que el director respondió: “Estamos acostumbrados a mirar el mundo como si estuviese dividido entre buenos y malos. Los yihadistas son personas que han tenido una infancia, que han sido normales, pero que luego han cambiado y esa transformación les ha llevado a la yihad, pero también podía haberles llevado a cualquier otra forma de criminalidad. Los yihadistas también son normales en cierto sentido. Todo hombre, incluso un bárbaro como ellos, tiene capacidad de remordimientos. El arte tiene que mostrar las cosas”.

La película asegura que la ciudad vivía un islam pacífico y místico antes de la llegada de estos hombres “de negro”. El imán del pueblo les recrimina en varias ocasiones probándoles que cuando obligan a una chica a casarse con uno de ellos violan la ley islámica, ellos, que creen ser sus grandes defensores. Los islamistas le invitan a sumarse a la yihad, y el imán dice que ya tiene suficiente con hacer una yihad (=esfuerzo luchador) contra sí mismo y sus pasiones.

Pero no toda la violencia es de origen religioso. El hombre es capaz de matar por múltiples razones, entre ellas, la económica. Abderrahmane Sissako lo muestra con claridad con el desenlace de un conflicto que explota entre un pescador y un pastor cuando una vaca se enreda en las redes del primero. Se trata de un conflicto económico y cultural que se remonta al principio de los tiempos entre la cultura nómada ganadera y la cultura agrícola sedentaria. El Génesis lo expresa con el relato de un Caín (agricultor) que mata a Abel (ganadero).

La película está repleta de simbolismos, como la gacela que se ve correr al principio y al final, y que representa la desesperación de la niña que pierde a su padre. La gacela es el animal de la poesía amorosa árabe por excelencia. En este caso, simboliza el amor del protagonista por su hija, que es la niña de sus ojos.

En definitiva, Abderrahmane Sissako ha sabido tratar la brutalidad del yihadismo sin ahogar en sangre al espectador, sino moviéndolo hacia la compasión y la humanidad.

La nominación al Oscar por la mejor película extranjera es un justo reconocimiento a su trabajo.

timbuktu

Imagen extraída de: RTVE

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