De profetas y bufones

De profetas y bufones

José María Segura. En una conversación reciente con un político, cristiano “militante” como político y como cristiano me decía algo así: “A veces ser cristiano y ejercer en un partido político te hace pasar por bufón: no te toman en serio. Vas contra corriente, haces preguntas incómodas, te permites decir lo que piensas y tratas de llevar a tu vida y tu trabajo los valores del Evangelio… Eres el personaje extraño en ese cuadro, el raro de la corte” y luego añadió “y sin embargo ¡qué importante es como cristianos ser profetas aunque nos tomen por bufones! Necesitamos bufones-profetas en cualquier organización e institución, también en las de la iglesia”.

La figura del bufón nos es bastante familiar. Aparecen en numerosos cuadros junto a reyes y emperadores. ¿Quién no conoce los cuadros de bufones de Velázquez que puso en primer plano en “Las Meninas”? También tienen su papel en la dramaturgia y aparecen por ejemplo en la tragedia del Rey Lear de Shakespeare. De hecho, han estado presentes en la cultura greco-romana desde Sófocles. En fin, el termino “bufón” tiene una historia larga y diversas acepciones. Aquí se toma en el sentido de “personaje cómico encargado de divertir a reyes y cortesanos con chocarrerías y gestos” (R.A.E).

¿Pero qué tiene que ver esto con los profetas? ¿Qué tienen de bufones los hombres y mujeres por medio de quienes habla Dios mismo?

Podríamos decir que los profetas son personas inspiradas por Dios para ver la realidad como Dios la ve. Esta visión genera una identidad y da una misión denunciar que la historia se ha desviado del plan de Dios. El profeta no sólo señala los males presentes, las realidades y estructuras de pecado que niegan el sueño de Dios, también anuncia que Dios traerá la salvación.

Por tanto, sobre el papel, bufones y profetas discurren por separado. Pero en la historia de la salvación el anuncio de los profetas inquieta a los satisfechos e insufla esperanza a los abatidos. Los primeros  tratarán de arrinconarlos o ningunearlos y reducirlos a gente risible: bufones. Los segundos, a veces, reconocerán en ellos la inspiración de Dios. Otras veces, el mismo pueblo creyente no puede reconocer los gestos proféticos de sus conciudadanos (“nadie es profeta en su tierra”) y también cae en la tentación de tomar por bufones a los profetas de Dios.

Y es que el oficio de profeta no es fácil. Imaginemos a Oseas que recibe de Dios este encargo: “Anda, toma para ti una mujer prostituta y ten hijos de prostitución” (Os 1,2) y llama a tus hijos “Incompadecida” y “No-Pueblo-mío”. O pensemos en Ezequiel cavando un hueco en la muralla de la ciudad y pasando por él: “Saca tu equipaje en pleno día para que te vean… mientras aún estén mirándote, sal de tu casa como lo hacen los cautivos… Cava un hueco en la muralla a la vista de todos y sal por ese hueco”. O imaginemos a Isaías anunciando a Acaz que espera la invasión de un ejercito poderoso: “Vigilancia y calma” (Is 7, 3-4) y añadiendo como señal de Dios que una joven está encinta del “Emanuel” (Is 7, 10-13). Trasladémonos a la Jerusalén ocupada por los romanos para contemplar a Ana, una  anciana de más de 90 años que se pasa en el templo día y noche para poder anunciar al Mesías. Escuchemos a María, la joven virgen-madre que porta al niño Jesús en brazos y que en su día hizo suyo el cántico de Ester: “Dios cumple la palabra prometida a nuestro Padre Abraham” y derrotará a los poderosos para ensalzar a los humildes. Fijémonos en Juan Bautista anunciando el Juicio Final, vestido con pieles de fieras y comiendo miel silvestre y “saltamontes”, escuchemos a Jesús de Nazaret proclamando que el Templo, la institución central del poder político y religioso de su tiempo, se destruiría pero que en tres días él lo iba a restaurar, expulsando a mercaderes y cambistas… ¿Bufones o profetas?

¿Quién si estuviera allí no se reiría y menospreciaría a estos “profetas” de la Escritura? ¿Quién no se reiría de sus bufonadas? ¿Seríamos mejores que Pilatos que no encuentra culpa en Jesús, quizás sea un loco más, un predicador extravagante y lo manda a la corte de Herodes para congraciarse con él? Herodes “se alegró mucho” porque “esperaba verlo hacer algún milagro”, es decir, quería que lo entretuviera a él y su corte. Y Herodes tras burlarse de él devuelve a Jesús a Pilatos con “un vestido esplendido” (Lc 23,8-11). Jesús reducido a un bufón.

Y sí, en cierta medida, en sus gestos y discursos desconcertantes, fuera de lugar en tanto que risibles hacen de todos estos personajes de la historia de la salvación bufones a los ojos de los que tienen ojos pero no ven y oídos pero no oyen ¡quiera Dios que se nos abran los ojos del corazón! Porque aún hoy hay “cristianos” que siguen haciendo bufonadas.

Los hay al menos de dos tipos. “Cristianos” que condescienden y negocian con Mamon para asegurarse cargos de prestigio o mantener un sueldo, influencia y poder y, que a tal fin, alagan, ríen y hacen de comparsa a sus señores y sus cortesanos (de quienes el beato Monseñor Romero diría que son bautizados pero no cristianos). Y gracias a Dios, los hay que como los actores de la historia de la salvación son los que llamaremos “bufones por amor de Dios”. Son esas monjas americanas que recorren EEUU en un bus para dar a conocer la labor de la Iglesia, se movilizan contra los recortes de derechos, contra los CIES, contra los feminicidios…; esos que dan abrazos gratis por la calle o que reparten sonrisas con sus narices de payaso o sus globos de colores para anunciar que hay cosas más importantes que el dinero. Los puedes ver encadenados a edificios o cortando carreteras para gritar que tierra solo hay una y que tenemos que cuidarla… ¿Profetas o bufones?

Bufones para este mundo por estrafalarios, extraños por “freaks” y  bufones quizás también para Dios pero en otro sentido bien distinto: porque Dios los mira y le hacen sonreír y esa sonrisa de Dios es un mensaje para el mundo: “Estos son mis hijos en quienes me complazco… escuchadles”.

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Imagen extraída de: Pixabay

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