Grecia en el laberinto

Grecia en el laberinto

Alfons CalderónLos líderes europeos están en vilo por el portazo dado por el primer ministro griego Tsipras y el abandono súbito de la mesa de negociaciones en la que se intentaba buscar una solución a la abultada deuda de su país.

El dirigente heleno, con gran impacto mediático, convoca un referéndum a toda prisa para interrogar a los griegos sobre si debe ser aceptado el plan propuesto en el marco del Eurogrupo con los acreedores internacionales de Grecia. La complicada pregunta remite a unos documentos técnicos que casi nadie se habrá leído.

Se abre la caja de Pandora y hay un gran revuelo e incertidumbre sobre el futuro. Varias consecuencias pueden ser negativas para la estabilidad general del euro y para el proyecto de una Europa común. Pero los más afectados y los que más sufrirán en cualquier caso serán los griegos. ¿Ha antepuesto el dirigente los intereses de su propia formación al bien común de sus conciudadanos para intentar a la postre salir reforzado políticamente?

No tengo la respuesta a esta pregunta, pero sí se puede decir que está jugando con fuego y los métodos utilizados podrían llegar a ser perniciosos incluso para aquellos a los que pretende defender. Más allá de las intenciones estratégicas para ganar poder en la negociación, los efectos colaterales de esta retirada unilateral podrían ser dolorosos y difíciles de controlar en propia casa.

La mejor solución para todos pasa por llegar a un acuerdo dentro del euro. Hay vida también fuera de él, pero una vez que se está dentro, deshacer los vínculos puede resultar desgarrador para los más débiles. Desde el punto de vista griego, volver al dracma acarrearía probablemente una gran devaluación. Eso elevaría más si cabe el coste de la deuda. Por otra parte, el beneficio que supondría para las exportaciones de bienes griegos probablemente no compensaría el primer efecto, entre otras razones porque Grecia no es un gran exportador. Sí que podría favorecer la entrada de visitantes extranjeros que verían su poder adquisitivo aumentar durante las vacaciones por el efecto del tipo de cambio, siempre y cuando el país no sufriera un deterioro de su imagen turística y el cambio de divisas no fuera complejo.

Desde el punto de vista financiero, estar en el sistema monetario europeo supone más facilidades de financiación que estar fuera. Y Grecia lo necesita más que nunca. Por más que dicha ayuda venga condicionada a reformas que tarde o temprano se tendrán que afrontar.

El país necesita préstamos exteriores para no desangrarse. El “corralito” es como un torniquete (los manuales actuales de primeros auxilios solo lo prescriben en muy última instancia y como remedio temporal por el mal que puede ocasionar, proponiendo otras alternativas).

Los acreedores deben por lo tanto facilitar el crédito: disminuyendo el precio, estableciendo períodos de carencia, alargando los plazos, promoviendo una quita u otras medidas técnicas. Al menos por tres razones: primero, porque la mejoría de Grecia interesa a todos y más en una economía mundial abierta. Segundo, porque los acreedores se equivocaron en el pasado al analizar el nivel de riesgo del país, ya sea por motivos técnicos o lo que es peor, porque políticamente se prefirió mirar hacia otro lado e ignorar el maquillaje de las antiguas cuentas públicas helenas. Quien proporciona crédito debe asumir posibles errores. Y en tercer lugar, porque en una negociación, llegar al acuerdo beneficioso  requiere sacrificios también de poder y orgullo (por ambas partes). Otra cuestión son las condiciones para seguir suministrando el líquido necesario, ya que se trata de un bien precioso y escaso, cuyos donantes no abundan y algunos de ellos tampoco están completamente sanos y fuertes como para derrocharlo.

Esperemos y deseemos que las partes lleguen a una solución pactada y que no sea ad kalendas graecas. El referéndum inesperado del domingo, si finalmente se produce, será una etapa más del proceso, no la última.

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Imagen extraída de: Pixabay

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