Crónica de un taxista

Crónica de un taxista

Jorge PicóA los maestros habría que acompañarlos al menos una vez hasta su casa. Si no tenéis coche particular porque os oponéis razonable y comunitariamente a su inevitable uso privado, pues hacedlo en transporte público o a pie. La experiencia de estar “al lado de” es inestimable. Ya me pasó con Jacques Lecoq, cuando le llevé al aeropuerto tras su clase magistral en el Festival de Mim de Sueca: no dejan de indicar calles, de señalar sentidos, de comentar lo aparentemente insignificante que ven a su alrededor y uno, discretamente, intenta seguir la clase en el viaje preguntando. Ellos lo notan y se dejan hacer amorosamente. Creo que fue San Juan Crisóstomo, uno de los autores seleccionados en el curso, quien se quitó el sayo en un juicio quedándose desnudo para que nada le pesara en la defensa de la verdad. Con Lecoq sentí entonces lo mismo que ahora con González Faus: liberados del acto de agradar, han quemado bastantes sayos y adornos superfluos y sólo desde ahí se puede pensar misericordiosamente. Cuando volvía solo en el coche, haciendo un uso privado, me acordé del parlamento final del Próspero de Shakespeare que se humaniza y rompe su varita mágica, ya mayor, cuando se percata que no puede ni debe juzgar a su hermano. “Mi fin es desesperación a menos que sea exonerado por una plegaria que asalte a la misericordia” dice en el monólogo final. También pensé en la cantidad de gente que habrá ido a recogerlo para llevarlo a sus charlas, cursos y seminarios, y en la huella que habrá dejado en esos fugaces encuentros, un verdadero reparto de vitaminas cristianas. Mientras le escuchaba dando clase en Cristianisme i Justícia entendí mejor lo que Leonardo Boff declaró al ser censurado: “Es mejor caminar junto a la Iglesia que hacerlo solo con mi teología”. Los reproches a la Iglesia en los textos que leímos en el curso, el tiempo los convierte en sus más preciados tesoros. El material de trabajo, de obligada lectura, fue su libro Vicarios de Cristo: los pobres. Su recopilación de textos es subversiva y me parece fundamental para acercarse a Dios a través de la historia de la Iglesia y su coyuntura. En sus comentarios personales escritos en el libro vemos al teólogo y al periodista volcado hacia la historia entendida como atención a la vida. Al trabajar las lecturas operan por impregnación, que es lo que ocurre en el contacto repetido con los modelos si se leen en calma y con los ojos limpios. Vibrando en la nervadura de cada texto, descansando en sus razones y (ojalá) sin miedo a sus consecuencias. ¿Es posible ser cristiano sin al menos llegar a plantearse la comunidad de bienes? Ante el pobre, el ser humano que no posee el mínimo de dignidad, la pregunta antropológica se te clava dentro: ¿Por qué éste sí y yo no? González Faus al explicarse tiene la cualidad de hacerse comprender descomponiendo, esto es, diciendo una sola cosa a la vez y pensada desde el evangelio. Cada lectura era una reflexión de dónde la Iglesia se juega su identidad (que en sus orígenes era “una asamblea de pobres”, Bossuet). Un libro -él mismo lo explica- que es una forma de hablar de otra identidad más importante: la identidad de Dios y de qué Dios es hijo Jesús. Un tema ahora más trascendental que el de su existencia o no, reconoce el maestro. Y esta identidad, su rostro, leída en cada texto, genera compromisos con los excluidos y es un sonoro portazo a la idolatría del dinero. De momento uno bien claro para los que hemos estado en el curso: difundir el libro y que sus valores se conviertan en nuestros deberes. Para terminar, un subrayado que resume el curso: “La voluntad de Dios es que cuando una persona ha satisfecho sus necesidades de una manera digna y sobria, todo lo demás que tiene ya no le pertenece”. Ojalá vuelva a hacer de taxista pronto.

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Imagen extraída de: Pixabay

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