Oscar Mateos. [La Vanguardia]  Se acerca una fecha histórica para la lucha global contra la pobreza. En septiembre de 2015 se clausurarán oficialmente los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), una agenda de desarrollo global basada en 8 objetivos, que Naciones Unidas y sus estados miembro han tratado de impulsar desde el año 2000 para acabar con algunas de las grandes lacras que afectan a la humanidad: pobreza, hambre, analfabetismo, mortalidad infantil, etc.

El balance es bastante ambiguo. Por un lado, se celebra ya el hecho de haber reducido la pobreza extrema a la mitad desde que se iniciara la agenda. Para los más críticos, en cambio, esa reducción se explica fundamentalmente por el crecimiento económico chino, que ha logrado que millones de personas ya no vivan por debajo del umbral de la pobreza extrema. Además, muchos consideran que lo que ha faltado es voluntad política para verdaderamente avanzar en todos estos compromisos globales.

En paralelo al cierre de la agenda de los ODM se inaugurará otra agenda de objetivos globales que orientará las políticas de desarrollo internacional hasta 2030. Dicha agenda, bautizada ya como la de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), contará presumiblemente con 17 objetivos y 169 metas que cumplir. La gran novedad de este nuevo horizonte global es que ya no está pensado para los países más pobres del Sur, sino que interpela al conjunto del planeta. Y es que los dos nuevos grandes ejes que apuntalan los ODS son aspectos que afectan a las diferentes latitudes de nuestro mundo: vivimos en sociedades –tanto en los países emergentes como occidentales- caracterizadas por una creciente desigualdad socioeconómica, y a la vez tenemos un modelo de vida y de consumo que está provocando de forma inexorable un cambio climático. Ambos retos urgen a consolidar instrumentos supranacionales que obliguen a los estados a cumplir con determinadas exigencias.

No obstante, la crisis ecológica nos plantea un reto de tipo cultural. El crecimiento económico como modelo de desarrollo no es universalizable. En cambio, consumimos y alentamos el crecimiento como si dispusiéramos de otros planetas a los que poder ir a vivir. Todo ello nos demanda una revolución cultural que plantee modos de vida que tengan en cuenta la finitud de nuestros recursos y del conjunto del planeta. Estamos en tiempo de descuento. ¿Por dónde empezamos?

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Imagen extraída de: Todo es posible

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Miembro del área social de CJ. Profesor de Relaciones Internacionales de la Facultad de Comunicación y Relaciones Internacionales Blanquerna (Universitat Ramon Llull) y delegado del rector para el impulso de la Agenda 2030. Es miembro de la Junta de Gobierno del Institut Català per la Pau (ICIP) e investigador asociado del CIDOB. Fue el responsable del área social de CJ entre 2010 y 2020.
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