Guillermo CasasnovasA raíz de la última campaña electoral y de los resultados en ciudades como Barcelona y Madrid ha habido mucha gente que veía cumplidos sus mejores sueños. Otros, en cambio, veían cómo se hacían realidad sus peores pesadillas. Y muchos otros no saben muy bien qué pensar. Es cierto que la campaña se polarizó en muchos ámbitos, donde el debate era entre seguir las cosas como hasta ahora o iniciar una aventura de grandes promesas pero futuro incierto.

Y es que en gran medida la disyuntiva era esta: entre aceptar los actuales niveles de corrupción, desigualdad, desencanto, pobreza, deshumanización, etc. como inevitables y como un mal menor, o tirarnos a la piscina en busca de un modelo diferente. Los argumentos por un lado eran los que a menudo se califican como ‘el discurso del miedo’: “no tienen experiencia en gobernar”, “no habrá más inversión privada”, “la ciudad se paralizará”, “como activistas están muy bien, pero gobernar es otra cosa”, “estos inventos colectivos nunca funcionan”, etc. Por el otro lado, la versión opuesta: “la ciudad está en nuestras manos”, “hemos tomado las calles, ahora tomaremos las instituciones”, “vamos a poner las personas en el centro”, “se acabarán los privilegios”, etc. Para muchos, este segundo era un discurso populista, ya que apelaba a las emociones más básicas de las personas y por lo tanto las manipulaba – sin tener en cuenta que el miedo también es una emoción muy básica y fácilmente utilizable para manipular a la población.

Parte del discurso del miedo venía de aquellos sectores más poderosos que no quieren perder sus privilegios, ya que para ellos la situación actual es muy favorable y entienden que ya hacen suficiente pagando sus impuestos (si es que es el caso) y con algunas obras de caridad. Pero otra parte de ese discurso venía de clases medias que han sufrido en sus carnes parte de la crisis que ha azotado a nuestras tierras en los últimos años y que quieren en realidad una sociedad más justa, con igualdad de oportunidades y con un progreso económico y social que nos humanice. Y ante la crisis hay dos respuestas: el miedo o la esperanza –aunque muchos tengamos un poco de cada una. Nuestro miedo tiene como lema el “más vale malo conocido que bueno por conocer” y se aferra a las muchas o pocas seguridades que nos quedan: todavía tengo un trabajo, todavía queda algo de estado del bienestar, el sistema actual es el menos malo, los de arriba sabrán mejor que nosotros lo que hay que hacer, etc. Nuestra esperanza, en cambio, acepta dar un pequeño salto al vacío, confía en los procesos construidos desde abajo, cree en la capacidad colectiva para organizarse, piensa que “lo posible no se lograría si en el mundo no se intentase una y otra vez lo imposible”, y recuerda que los grandes cambios sociales han empezado en las calles.

También es la esperanza algo profundamente cristiano, y el miedo y las propias seguridades algo contra lo que nos alerta San Ignacio a la hora de hacer discernimiento. Aunque, por supuesto, esperanza no quiere decir ingenuidad, pues muchas utopías se han quedado por el camino – algunas porque no han sabido, otras porque no les han dejado. Pero también es cierto que ahora tenemos más recursos para repartir, más experiencias de las que aprender, más capacidad de control sobre los que toman decisiones, y estamos mejor conectados. Así que hagámoslo bien (cada uno la parte que le toque), porque aunque la esperanza sea lo último que se pierda, ya no estamos para más decepciones.

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Imagen extraída de: Marketing político en la red

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Investigador y docente en ESADE, Universitat Ramon Llull. Doctor en Management por la Universidad de Oxford, su principal área de investigación son las prácticas que nacen en la intersección del mundo empresarial o financiero y el impacto social, tales como el emprendimiento social o la inversión de impacto. También es miembro del seminario social de Cristianisme i Justicia.
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2 Comentarios

  1. Ni miedo ni lanzarse al vacío. La esperanza es cristiana, como lo es la prudencia y la justicia. No es cierto que los cambios hayan empezado nunca en la calle. La calle ha sido siempre de unos cuantos, para bien o para mal. La calle por la calle es como la masa a secas. Y ya que son ustedes ignacianos les citaré el comentario célebre de un jesuita en Trento, Laínez: «Temo a las masas aunque sean de obispos». La razón huye de los planteamientos reduccionistas, polares: yo soy el guapo, tú el feo. Tras 40 años de trabajo por cuenta ajena, tengo sencillamente pánico a que gente sin preparación, que no sabe lo que es ganarse el pan con el sudor de su frente, que no haya experimentado cuánto cuesta un par de zapatos para el mayor, el tutú para la niña, las clases de música del tercero, el colegio de todos, las prótesis dentales correctoras…. esté al frente de las instituciones. Sobre todo si, viviendo del erario público toda su vida, tienen ahora poder de decisión sobre la economía (planificación industrial, infraestructuras, servicios, etcétera). Es una perversión culposa no exigir el imperio de la necesidad de la justicia. No me garantizará la pensión quien está acostumbrado a tener asegurado su sueldo desde el ministerio Hacienda o la consejería de Finanzas. El cristiano debe guiarse por otros parámetros. Aunque sólo los defiendan partidos minoritarios o insignificantes. Sumarse a una ola de desorientación, por muy colectiva que sea, no deja de ser una falsedad y un traición a la doctrina social de la Iglesia. Hay otras menesterosidades en la política catalana que no podemos velar con fuegos de artificio seudorrevolucionarios. Por ejemplo, la coacción secesionista, el recorte en medicina, educación y deficientes, que ha producido muertes, sin hipérbole, por tirar ese dinero por el sumidero de un proceso sedicente soberanista que ha sido por objetivamente inmoral (contra el bien común, la paz y el principio de subsidariedad) por la Conferencia Episcopal Italiana (en el caso paralelo de la Lega Nord y la Padania, aquí CiU) y Juan Pablo II. Eso sí que es futuro preñado de nubarrones y anticristiano. Silenciarlo y omitirlo con planteamientos maniqueístas de economía de salón no parece elogiable.

  2. Apreciado José María,
    Gracias por tu comentario. No era mi intención hablar de buenos y malos, o de guapos y feos, sino de que muchos vivimos estos nuevos tiempos con sentimientos encontrados.
    Tampoco creo que ‘las masas’ sean buenas o malas por definición, depende de qué proyecto construyan. Si realmente acabamos teniendo como alcaldesas a Ada Colau o Manuela Carmena, podremos valorar mejor sus proyectos de aquí unos años.

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