¿Todos contra las finanzas?

¿Todos contra las finanzas?

Voces. Anselm Jappe. [La Directa] Aparentemente, las cosas son muy simples.

La crisis financiera que estalló en 2008 -y que está lejos de haber acabado- ha revelado el verdadero rostro del capitalismo contemporáneo: la economía y, al fin y al cabo, la sociedad entera son dominadas por las altas finanzas. Los bancos, los seguros y los fondos de inversión no invierten en la producción real, sino que destinan prácticamente todo el dinero disponible a la especulación y sólo enriquecen a los especuladores, al tiempo que destruyen puestos de trabajo y generan miseria. El capital financiero puede dictar su ley a los gobiernos, incluso de los países más ricos, cuando no prefiere corromperlos. También compra los medios de comunicación. Así, la democracia está vacía de toda sustancia.

Algunas personas piensan que estos mismos “amos del mundo”  han creado la crisis actual para conseguir beneficios aún más abundantes y aplicar medidas drásticamente antipopulares. De hecho, los estados, que escatiman incluso en gastos importantes para el bien público, han sabido encontrar sumas astronómicas para rescatar a la banca y los beneficios de sus accionistas. Ante esta situación escandalosa, hay que comprometerse para que se lleve a cabo una verdadera política y que un gobierno de izquierdas ponga límites estrictos a las finanzas, defienda el trabajo asalariado y recupere el pleno empleo. Sólo falta encontrar los candidatos capaces de federar las diferentes almas de la izquierda de cara a las elecciones.

Causas y síntomas

Pero, ¿todo es así de simple? ¿Estamos seguros de que las finanzas todopoderosas y las políticas neoliberales que las apoyan constituyen la causa principal de las turbulencias actuales? Y si, por el contrario, ¿estas causas no fueran más que los síntomas de una crisis más profunda, de una crisis de toda la sociedad capitalista? Lo que confiere valor a las mercancías es el trabajo que las crea. Cuanto menos trabajo se necesita para producir mercancías, menos valor tienen y más baratas son. Pero también dan menos beneficio. La ganancia en productividad, elemento clave del desarrollo capitalista, tiene como efecto paradójico la disminución del valor y de la plusvalía de cada mercancía particular.

Cuando los mecanismos de compensación -en particular, el aumento de la producción- se convirtieron en insuficientes para compensar la caída de la rentabilidad, el capital comenzó a dirigirse -especialmente a partir de los años 70- hacia el “capital ficticio”, donde el crédito genera otros créditos. Esto ha proporcionado beneficios notables a unos pocos y ha provocado estragos sociales enormes. Sin embargo, más bien se trata de una huida hacia delante del sistema capitalista que de una expansión. Es imposible eliminar la causa profunda de la crisis permanente de valorización del capital: la sustitución de la fuerza de trabajo por la tecnología, que no crea valor por sí misma.

Durante las últimas décadas, la especulación -lejos de ser el factor que perturba una economía sana- ha permitido continuar alimentando la ficción de la prosperidad capitalista. Sin las muletas ofrecidas por la financierización, la sociedad de mercado ya se habría hundido, con sus puestos de trabajo y su democracia. Actualmente, la cuerda parece estar a punto de romperse definitivamente. El ministro italiano de Finanzas, Giulio Tremonti, lo ha expresado de la siguiente manera: “Es como en un videojuego. Matamos un monstruo, pensamos que podemos detenernos aquí, pero, de repente, aparece uno nuevo aún más peligroso” (esta metáfora permite, al mismo tiempo, comprender qué hace, hoy, un ministro en su tiempo libre).

Una crisis estructural

Lo que muestran las crisis financieras es el agotamiento de las categorías de base del capitalismo: mercancía y dinero, trabajo y valor. El capitalismo no es solamente la dominación de algunos ricos malvados sobre los trabajadores. El capitalismo consiste esencialmente en la dominación impersonal que ejercen la mercancía y el dinero, el trabajo y el valor, sobre la sociedad en su totalidad. Estas categorías han sido creadas por la propia humanidad, pero las observamos como si fueran los dioses quienes las gobiernan. Esto es lo que Karl Marx llamó el “fetichismo de la mercancía”. Hoy, todo el mundo participa. Es evidente, sin embargo, que no lo hacemos todos con los mismos roles ni los mismos beneficios.

Frente al totalitarismo de la mercancía, no podemos limitarnos a gritar frente a las oficinas de los especuladores y de otros ladrones: “Devolvednos, el dinero”. Lo que hay que hacer es, más bien, entender el carácter altamente destructivo del dinero y de la mercancía, del trabajo que los produce. La demanda de un capitalismo saneado que pueda repartir mejor y ser más justo es una ilusión. Los cataclismos actuales no son provocados por la conjuración de la fracción más rapaz de la clase dominante. Son la consecuencia inevitable de los problemas que forman parte de la propia naturaleza del capitalismo. El recurso al crédito no era una perversión corregible, sino un último sobresalto para el capitalismo -y para aquellos que viven inmersos en él.

Tener conciencia de todo ello evita que caigamos en la trampa del populismo que quiere liberar a los “trabajadores y ahorradores honestos” -considerados simples víctimas del sistema- de la influencia de un mal, personalizado en la figura del especulador. Salvar el capitalismo atribuyendo todas sus carencias a los engaños de una minoría internacional de parásitos es algo que ya hemos visto en la historia. Es del todo insuficiente decir, como hizo Stéphane Hessel en una entrevista en Le Monde: “La economía financierizada es el principal enemigo”.

La única alternativa es una crítica verdadera de la sociedad capitalista en todos sus aspectos (y no sólo del neoliberalismo). El capitalismo no es solamente el mercado único, el Estado representa la otra cara de la moneda. Estructuralmente sometido al capital, el Estado le proporciona los medios económicos indispensables para su intervención. El Estado no puede ser el espacio público soberano de la toma de decisiones. En tanto que binomio Estado-mercado, el capitalismo no es -o ya no es- una simple restricción que se impone desde el exterior a sujetos refractarios. El sistema de vida que ha creado se considera deseable desde hace mucho tiempo y la posibilidad de su fin se percibe como una catástrofe.

La deserción como respuesta

El movimiento por el decrecimiento se inscribe, por el contrario, en la línea de aquellos que critican los contenidos de la “prosperidad” capitalista. Renunciar a la expectativa de un crecimiento económico permanente y, en consecuencia, a la mayor disposición de mercancías presupone, efectivamente, superar los límites de un modelo económico alternativo e imaginar la salida de toda la “civilización” capitalista.

Pero, justamente, el problema radica aquí. El decrecimiento se ve razonable, reformador, gradual, posible de inmediato. Hace un llamamiento a la buena voluntad de todos, responsables y “electos” incluidos. De este modo escamotea, por cálculo o por ingenuidad, el problema central: el deseo obsesivo de crecimiento. Incluso si este crecimiento se presenta en nuestras sociedades como una creencia religiosa, no es un simple señuelo de la inteligencia que podemos combatir con buenos argumentos sin atacar, al mismo tiempo, la raíz de esta necesidad de crecer permanentemente que experimenta la época moderna -y sólo ella. Esta raíz es la transformación incesante de trabajo en valor y la necesidad de aumentar la producción global para contrarrestar los efectos de la disminución del valor contenido en cada mercancía particular. La crisis ecológica es la consecuencia ineludible. No se trata, pues, de reivindicar el “pleno empleo”, que en realidad no es posible ni deseable, ni se trata de “distribuir el trabajo”. Más bien, lo que hay que hacer es acabar con el hecho de que no podamos vivir sin, previamente, vender nuestro trabajo, a menudo inútil y alienante, e incluso nocivo.

Si los decrecentistas no quieren terminar, un día u otro, dando las recetas sobre la mejor manera de vivir dignamente su pobreza a las víctimas de la furia capitalista, o convirtiéndose en los consejeros de algún príncipe ecológicamente ilustrado, deben plantearse la salida de la sociedad mercantil, donde la actividad social toma la forma de la mercancía y del dinero, del trabajo y del valor. Todavía hay que encontrar el camino, pero podemos adelantar que la alternativa no pasará por una apropiación de las instituciones del Estado a ningún nivel. La alternativa surgirá más bien de un movimiento de deserción de todas las formas que quieren hacernos creer que siempre seremos los ciudadanos de una democracia respetable, incluso cuando la economía mercantil nos ha convertido en “no rentables” y “superfluos”, actuales o potenciales.

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Imagen extraída de: ATTAC Madrid

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