Jorge PicóLa imagen de Jesús hoy en día es una imagen domesticada, hecha a medida de nuestras comodidades, desleída voluntariamente para que no nos interpele y nos permita tranquilamente ser consumidores y no ciudadanos. Jesús ha sido adorado muchas veces por lo que no es, malinterpretado… y su oferta, vaciada de sentido. Porque si no, ¿a qué santo jurar cargos políticos con tanta Biblia cerca si después las personas no son lo primero? Todo lo contrario de lo que es el cristianismo: la religión de la memoria, una memoria que nos incomoda recordándonos lo que deberíamos ser y no llegamos a ser.

La obra de teatro que trabajé en el Institut de Teatre de Barcelona empezaba con cuatro periodistas leyendo una noticia de Rosa Montero titulada “Socorro. Uno de ellos pide espacio en el diario porque tiene un relato que comunicar al mundo, una buena noticia que le llevará hasta el corazón del neoliberalismo: los Estados Unidos de América. El periodista -el público lo irá comprobando a medida que la obra avanza- es un trasunto de Jesús. Y si un periodista acaba ocupándose de la dignidad humana negada de manera estructural, su vida corre peligro.

Digirir en teatro es pedirle a los ojos que vean lo acostumbrado como inexplicable, que la rutina la vistan de asombro, y sobre todo, como decía Brecht, allí donde dice regla, ver abuso. En Ciudadano Jesús la Virgen María daba a luz debajo de una mesa donde dos israelíes presumían exhibiendo sus compras. Así los gritos de dolor del parto se alternaban con las exclamaciones de entusiasmo de los consumidores sin que llegaran a verse nunca. Cuando le pregunté a Fernando Díaz Abajo, a quien desde aquí agradezco sus consejos e indicaciones mientras montaba la obra, dónde nacería hoy Jesús me contestó: “Piensa en lugares por donde pasemos más indiferentes a lo que pasa alrededor. Yo creo que ahí. ¿En medio de una plaza en rebajas de navidad?”.

En la entrada a Jerusalén (Mt 21 1-11) el actor que interpretaba a Jesús le pedía a sus discípulos-periodistas que subieran a “la Bestia”, el tren que transporta centroamericanos indocumentados entrando por Chiapas hasta el Norte de México, antes de llegar a nuestro actual Imperio Romano: los Estados Unidos de América. Este tren, (en el montaje proyectamos el inicio del documental que Pedro Ultreras ha hecho) era la borrica y el pollino que Jesús pide a sus discípulos que busquen para entrar en Jerusalén. Y la autoridad de Jesús (Mt 21, 23-32) ocurría en un casino donde los personajes comulgaban billetes (rublos, euros, dólares…) de la mano de un croupier-reverendo que les decía con tonillo de sacerdote: “Fondo Monetario Internacional, Moderación salarial, Tasa de Interés…”. Y los personajes, previamente santiguados, contestaban “amén”.

En teatro las acciones del personaje son los datos que tenemos para saber y deducir el carácter del personaje. Algo así como el “por sus obras los conoceréis” (Mt 7, 15-20). El novelista ve los acontecimientos a través de la mente, en teatro son los acontecimientos, los hechos, quienes informan, pues los buenos autores saben jugar la distancia que hay entre lo que el personaje dice y lo que hace. Siempre es jugoso en el arte escénico establecer puentes entre el pasado y el presente, revitalizar y realizar transfusiones sanguíneas a la tinta escrita para que enrojezcan las palabras, y si es posible, ruboricen al espectador. Pero hay una parte del trabajo que cada vez me conmovía más, y que es la más difícil de interpretar para cualquier actor: quedarse a solas con Dios. El orante. Jesús ora en Getsemaní (Mt 26, 36-46). Sentir su presencia, transcender. Acercarse a ese Dios que revienta la historia del hombre y le propone una oferta de compasión. Que cualquier acción en escena parta de esta voluntad de acercarse a él. Enorme tarea para un actor. Una sensación de infinito, de sentirse desbordado. “El juego del actor será siempre un misterio”, decía mi maestro Jacques Lecoq. Yo solamente alcanzaba a decir al actor: “mira ese foco que se va encendiendo, quizás en la luz encuentres algo, respira…”. Y ahora, desfallece, “me ha invadido una tristeza de muerte” (Mt 26, 37).

Para el momento de la crucifixión, José Ignacio González Faus, a quien también agradezco muchísimo una tarde de escucha donde le expliqué las ideas del montaje, me propuso decir tres frases: “Padre, no saben lo que están haciendo, perdónales”. Y luego nuestro periodista-Jesús la escribe, atado en la silla eléctrica. “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. El actor duda, la cabeza cae. “Padre, en tus manos pongo mi vida”. La cabeza se levanta poco a poco, busca el foco y una luz se enciende a través de la valla de Melilla que formaba parte de la escenografía. Uno de los privilegios de los directores es situarse donde están los actores en los ensayos, ver lo que ellos ven. Desde allí el hierro de la reja parecía licuarse, y me invadía una sensación de infinito, pues esto es a veces el teatro: un acto de fe, un balbuceo frente al misterio. 

Ciudadano Jesús Foto Brais G. Rouco IEFC (6)

Fotografía de Brais G. Rouco IEFC. Escena de Ciudadano Jesús

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Licenciado en Filología Inglesa por la Universidad de València. Titulado en Arte Dramático por la ESAD de València. Estudió en l’École Internationale de Théâtre Jacques Lecoq de París. Ha sido profesor de la ESAD de Valencia y del Institut del Teatre de Barcelona. Es profesor del Posgrado de Teatro en la Educación de la Universidad de Valencia. Director artístico de Ring de Teatro donde escribe y dirige sus propias obras que se han exhibido en el TNC, Théâtre Rond Point de París, Teatro de la Abadía de Madrid, Teatre Lliure, CNA de México, el Festival Iberoamericano de Bogotá o la sala Timbre 4 de Buenos Aires. Ha trabajado como voluntario dando cursos de teatro en prisiones y barrios desfavorecidos. Su web con artículos y publicaciones es www.jorgepico.com
Artículo anteriorLa vida frente al ébola
Artículo siguiente#Avanzadoras: mujeres que avanzan y hacen avanzar, luchando por sus derechos

1 COMENTARIO

  1. Hace años, haciendo un taller sobre el libro: «Galilea años …» ya no lo recuerdo. Éramos un grupo como 18 0 20 personas querido por quien lo dirigía, para que todas las personas que lo componían pudieran intervenir. Cada semana un cap. estudiado durante la semana, paladeado, leído desde Mc. los viernes puesta en común, diálogo activo, vivencial y al finalizar un rato de silencio profundo.
    La semana que nos toco Getsemaní… en el momento de silencio, viví una fuerte experiencia interior… no puedo expresarla, ponerla en palabras, pero nació en mí una certeza fuerte, profunda… «Jesús, no pudo gritar en la cruz ¡Padre por qué me has abandonado!
    Han pasado muchos años de aquello, he consultado a mis profesores de teología en el C. Pignatelli de Zaragoza, donde he vivido años hermosos de vida interior y compromiso… y nadie a tenido una idea clara, el más osado para mí, fue el que me respondió… Está escrito…
    Y yo pregunto: ¿Y si Jesús no dijo exactamente lo que siempre nos repiten sin pensarlo siquiera, y si mirando sus obras, sus parábolas leídas con el corazón abierto y limpio, experimentamos que podría haber dicho las cosas con otro sentido?
    ¿Y si Jesús dijo… a la mujer que querían apedrear, al hijo pródigo… al. al. al… y si dijo…?
    Sigo convencida, y cada día más, que Jesús no le gritó al Padre y que en ningún momento después de la hermosa experiencia de Getsemaní se sintió abandonado por Él.
    Y tantas otras cuestiones…

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here