Fotos con pobres

Fotos con pobres

Darío MolláEste “post” responde a y expone los sentimientos que me ha producido el uso y abuso de unas fotografías de una alta jerarquía de la Iglesia española visitando un miserable poblado de la periferia de Madrid. No es una crítica al hecho mismo de esa visita, ni, menos aún, una crítica o juicio de la persona protagonista de la misma, a la que aprecio, y que, de algún modo, también es “víctima” del uso y abuso de unas fotos que probablemente se han publicado sin pedir su consentimiento.

Me duele que las citadas fotos se usen y abusen para destacar la “excepcionalidad” de la cercanía del pastor de la Iglesia con los más pobres de su diócesis. Me consuela, sin embargo, y mucho, saber, e incluso haber visto con mis propios ojos, que en muchos lugares de este mundo, tan miserables o más que éste (el guasmo de Guayaquil, u “hospitales” perdidos en el interior de algún país africano, por ejemplo…) miles de cristianos y cristianas, y también pastores de la Iglesia, se dejan día a día la vida, sin una sola foto.

Me indigna que las citadas fotos se usen y abusen porque me indigna que sigamos sin entender que los pobres tienen la misma dignidad (es decir, los mismos derechos) que todos nosotros. Y entre ellos, uno del que nosotros somos muy celosos: el derecho a la intimidad. Porque alguna de esas fotos no son en la calle ni en lugar público, sino en espacios muy íntimos de su vida. ¿Es que los niños de estas fotos no tienen el mismo derecho a que se difumine su rostro que los niños de otros barrios de la ciudad? ¿Es que nosotros consentimos la publicación de nuestros mismos espacios íntimos?

No me sorprende, por desgracia, la superficialidad de los titulares: “se embarra del barro que pisan los pobres”. Eso es tan superficial como ese barro en los zapatos que alguien (¿quién?) limpiará y quedarán como “nuevos”, como si nunca hubieran pisado barro…

Me permitiréis un recuerdo personal. En Roma, en 1995, durante la Congregación General de los jesuitas, un compañero indio caminaba siempre, en casa y por la calle, con los pies desnudos y descalzos. El día que Juan Pablo II nos recibió en el Vaticano nos obligaron a ir con traje clerical: éste compañero se lo puso, pero ni cubrió ni calzó sus pies. En la impresionante Sala Clementina del Vaticano entró y pisó con sus pies desnudos y descalzos. Yo me pregunté si por vez primera en la historia sucedía eso: alguien con sus pies desnudos y descalzos en esa sala. Y me pregunté también si ello era una “profanación” o, simplemente, una “falta de respeto”… Me respondí que no, que ésa era (como dice San Ignacio) la gracia a pedir: aspirar a caminar por la vida con los pies desnudos y descalzos para sentir el frío y la dureza del camino por el que día a día transitan, con dolor, millones de personas.

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Imagen extraída de: RCMultimedios

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