Darío MolláQuizá el título de este post parezca fuerte, provocador o injusto… Pero San Ignacio nos recuerda que el buen engaño tiene una buena apariencia, y que cosas muy buenas y sagradas pueden servir o ser utilizadas como engaño, y que personas muy piadosas pueden vivir engañadas…

En tiempos duros para millones de personas y familias, aquí, bien cerca de nosotros, el engaño de la espiritualidad se hace cómodo para algunos, patente e incluso descarado para otros y odioso, muy odioso, para quienes intentamos vivir la espiritualidad del evangelio.

Ese engaño se utiliza para aplacar a los que sufren (aunque cada vez, gracias a Dios, cuela menos la cosa…); basta con pervertir palabras sagradas: paciencia o esperanza son algunas de ellas (paso muchos días en Valencia por delante de una tienda que se llama “Esperanza real”; me picó la curiosidad y me acerqué a ver de qué iba: me bastó con ver lo primero: se vendía un “loft” por la módica cifra de 155.000 euros…). El engaño sirve, y eso sigue colando más, para tranquilizar conciencias y aplacar remordimientos de quienes generan sufrimiento (que, por cierto, están muy molestos con este Papa que incordia más que tranquiliza…) Y el engaño funciona como escape o subterfugio para quienes ignoran el sufrimiento de tanta gente a su alrededor.

Esa espiritualidad tiene unas palabras-clave: paz, sosiego, alegría… No son malas palabras; lo malo es que ignoran otras igual más evangélicas: pobres, compasión, justicia, misericordia… Esa “paz” y esa “alegría” no son, claro está, infinitas: a veces son puestas en cuestión por las “contrariedades” de la vida (es aquello de “los ricos también lloran…”). Contrariedades que se elevan a niveles de crisis cuando el narcisismo las sobredimensiona.

“El Espíritu del Señor está sobre mí porque me ha ungido para que dé la buena noticia a los pobres”: son las palabras que Jesús recoge de todo el Antiguo Testamento (¡y cuidado que había dónde escoger!) para definir el Espíritu que le mueve: su espiritualidad.

No creo que el “sosiego” de quienes viven bien o con todo o casi todo resuelto sea buena noticia para los pobres. Me imagino que la buena noticia que esperan es que la gente se movilice contra la injusticia, que se active la compasión auténtica… aunque por ello y en ello se pierda el “sosiego” e incluso la vida… La auténtica alegría cristiana es, como dice San Ignacio, compartir la alegría de Cristo Resucitado y de sus amigos los pobres.

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Imagen extraída de: Centro Nueva Tierra

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Jesuita, teólogo y especialista en espiritualidad ignaciana. Ha publicado en la colección EIDES: "Encontrar a Dios en la vida" (n º 9, marzo 1993), "Cristianos en la intemperie" (n º 47, octubre 2006), "Acompañar la tentación" (n º 50, noviembre 2007), "Horizontes de vida (Vivir a la ignaciana)" (n º 54, marzo 2009), “La espiritualidad ignaciana como ayuda ante la dificultad” (nº 67 septiembre 2012), “El ‘más’ ignaciano: tópicos, sospechas, deformaciones y verdad” (nº78, diciembre 2015) y “Pedro Arrupe, carisma de Ignacio: preguntas y respuestas” (nº 82, mayo 2017).
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