Ellacuría o la universidad necesaria

Ellacuría o la universidad necesaria

Voces. Michael C. McCarthy[The New York Times] A los 19 años dejé la Universidad de Stanford para hacerme jesuita. Me gustaba estudiar allí, pero no lo suficiente. En cambio, el colegio de los jesuitas al que iba en San Francisco enfatizaba un objectivo educativo muy claro: formar hombres y mujeres para los otros. Aprendíamos, entre otras cosas, que la educación no orientada hacia la justicia es una farsa. Aunque Stanford disponía de unos recursos extraordinarios, encontraba menos claridad en este propósito. Por eso me fui y entré en la orden de los jesuitas. Nunca me he arrepentido de la decisión.

Eso fue en 1983. Desde entonces he pasado la mayor parte de mi vida en la educación superior. Pero, a pesar de que la educación y la erudición me apasionan, mi relación con el mundo académico ha sido incómoda. En muchos aspectos me parece que la cultura académica tiene el mismo defecto que la cultura clerical católica: la tendencia a dedicarse a uno mismo y a preservar los propios privilegios en lugar de gastar las energías sirviendo el mundo con humildad.

A veces, sin embargo, los grandes líderes se levantan y nos desafían a ser más de lo que hemos sido hasta aquel momento. La noche del 16 de noviembre del 1989 –hoy se cumplen 25 años– el jesuita y rector de la Universidad Centroamericana de El Salvaldor, el padre Ignacio Ellacuría, fue arrastrado desde la cama hasta el jardín y allí abatido a bocajarro por un escuadron militar de élite. Cinco sacerdotes jesuitas más, juntamente con la mujer que cuidaba de la casa y su hija, fueron obligados a tumbarse boca abajo y fueron asesinados como si se tratase de una ejecución.

El objetivo era silenciar a Ellacuría, que denunciaba abiertamente las atrocidades cometidas por los dos bandos en una guerra civil que duró diez años y que se llevó la vida de 75.000 personas. El problema que había sobre la mesa era que una docena de familias eran virtualmente propietarias del país y trataban a los campesinos como si fuesen siervos de la época feudal. El ejército de El Salvador, con el apoyo material que caracterizó la política exterior de los EUA en los años de la Guerra Fría, creyó que había que proteger el status quo por el procedimiento de desactivar una universidad que se había comprometido a ser una fuerza social positiva. Formado como filósofo, a Ellacuría se le consideraba un pensador riguroso y un líder natural que conseguía que sus compañeros se sumasen a esta concepción de la universidad. En su primer año como rector, se comprometió que la universidad como institución ofrecería “una respuesta a la realidad histórica del país”. El estado en que se encontraba el país era considerado “una realidad injusta e irracional que debía ser transformada”. Así, el propósito de la universidad era “contribuir al cambio social en el país; lo hace como universidad y con una inspiración cristiana”.

Con frecuencia se ha identificado al padre Ellacuría con la teología de la liberación, y esta expresión se ha entendido como sinónimo de marxismo. Estaba comprometido con aquello que en círculos católicos más amplios se ha llamado “una opción preferencial por los pobres”. Pero cuando se le comentaba esto, el mismo Ellacuría replicaba: “No soy comunista. Soy cristiano”.

Los otros académicos jesuitas que fueron asesinados aquella noche también dedicaban su tarea investigadora a problemas del mundo real. El padre Ignacio Martínez-Baró era un psicólogo social centrado en las condiciones psíquicas de la vida en contextos de violencia estructural. El padre Segundo Montes enseñaba antropología y ponía énfasis en los efectos de estratificación social y en las víctimas desplazadas de la guerra civil. El padre Amando López Quintana era catedrático de filosofía y los fines de semana trabajaba como cura de parroquia y lideraba una campaña de alfabetización masiva.

En aquel momento yo era un joven jesuita que estudiaba clásicas en Oxford y se preocupaba por la calidad de los trabajos semanales que escribía para mi tutor. Las muertes de El Salvador me recordaron que había cosas más sustanciales en la vida. Las noticias me dejaron estupefacto y colérico. Pero también me sentí orgulloso de que unos académicos pudiesen ser tan importantes para representar una amenaza al ejército salvadoreño. Me sentí profundamente conmovido por el ejemplo del padre Ellacuría, que creía que la responsabilidad de la universidad era proporcionar apoyo intelectual a los que no tienen suficientes cualificaciones académicas para legitimar sus propios derechos. Su vida me ha empujado a modular mi mirada no según los patrones convencionales de éxito sino en función de lo que de verdad importa: la contribución que hago al mundo.

Aún más: me ha influido su visión de aquello que la universidad podría llegar a ser, sobretodo ahora que la educación es tratada como una mercancía. Cuando los estudiantes, más que nunca, están preocupados por cuestiones económicas y se preguntan con razón si la educación universitaria les permitirá tener trabajo, les tenemos que decir que una recompensa económica o haber aprendido un conjunto de habilidades competitivas, al fin y al cabo, no les llenará. Lo único que los llenará es tener un fuerte sentido de proyección y compromiso hacia su comunidad.

Ahora que el futuro de la educación superior es tan incierto y que se incrementan las presiones financieras sobre las universidades, hace falta mucho valor para dar a una institución educativa unas directrices que vayan un poco más allá de la economía de mercado. El padre Ellacuría lideraba la visión de una universidad que se convierte en una “fuerza social ineludible” a favor del bien. Y eso no es menos importante en 2014 de lo que lo fue en 1989. Aún creo que una educación no basada en la justicia es una farsa, y que necesitamos desesperadamente líderes académicos sabios, valientes e incluso heroicos para hacer realidad los más altos propósitos de la educación.

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Obra de Iñaki Baztán en homenaje a Ignacio Ellacuría.

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