Josep CoboA propósito de la charla inaugural del curso de CiJ, valgan estas anotaciones, al menos como estímulo para el debate. Cada entrada o párrafo gira en torno a las tesis del ponente, Andrés Torres Queiruga, sobre la oración de petición, el Mal, el silencio de Dios…

I

Según Torres Queiruga la oración de petición es, de por sí, absurda. ¿Acaso Dios no sabe qué podamos querer o necesitar? Y, ciertamente, algo de absurdo tiene. Sin embargo, ¿es lo mismo pedirle a Dios que te ayude a aprobar un examen que dirigirse a Dios con el cadáver de tu hijo en brazos, degollado por los hutus de turno? El niño soldado que ha tenido que comerse a sus padres ¿acaso se equivoca cuando dirige su mirada al cielo, mejor dicho, a un cielo vaciado de divinidad? ¿Es absurda la oración del publicano en los últimos bancos del Templo? ¿Se equivocó Jesús de Nazareth al caer de rodillas en Getsemaní? ¿Acaso no cabe un implorar que no se dirija al deus ex machina y que, sin embargo, se encuentre ante Dios? ¿No hay ningún resto de verdad en el hecho de que los judíos se lamenten ante Dios… encarando un muro? ¿Es que el clamor de los que se encuentran hundidos en la miseria es puro grito animal, como si fueran cerdos que chillan cuando notan en la garganta el cuchillo del carnicero? Es posible que ante Dios y a la vista de tanto sufrimiento indecente no podamos ser otra cosa que cuerpos arrodillados. No es verdad que por el solo hecho de ponernos de rodillas ya estemos ante Dios. Pero sí que cualquiera que esté en verdad ante Dios no puede menos que caer de rodillas. ¿A quién se dirige, pues, Torres Queiruga cuando dice lo que dice acerca de la oración de petición? Sospecho que a nosotros: hombres y mujeres lo suficientemente satisfechos como para permanecer de pie ante Dios. Y es cierto: nosotros, los que no nos hallamos en la situación de quienes son capaces de Dios, no podemos pedirle nada sin caer en el absurdo, sin hacer de Dios un deus ex machina o un fantasma bueno. Pues nosotros no podemos hacernos una idea de Dios que no implique una deformación de Dios. Para nosotros, solo vale la meditación. Pero es posible que quienes permanecen de rodillas ante Dios no sean más que ese permanecer de rodillas: ni siquiera pueden hacerse una idea de Dios. Aunque lo esperen absurdamente.

II

Dice Torres Queiruga que en el fondo del corazón de los hombres no puede haber más que bondad. Incluso en el de los grandes genocidas. Hitler, en el fondo, era bueno. Así, según Torres Queiruga, el Mal no alcanzaría ese resto de bondad que habita en las profundidades del alma humana. Se supone que porque es de Dios. Esa bondad última, subyacente, sería algo así como un depósito de reserva en el que arraigaría la esperanza del hombre, la posibilidad de su redención. Desde esta óptica, la redención consistiría, precisamente, en liberar ese repositorio de bondad de las losas del egoísmo. Esto sin duda es muy bonito, muy roussoniano, aunque también muy gnóstico. Al menos en la medida en que nos recuerda a esa chispa divina que, según los gnósticos, se hallaría enquistada en lo más íntimo. Sin embargo, la realidad del Mal nos obliga a admitir que la chispa divina puede morir. El infierno, sin duda, existe. Y está en este mundo. El Mal puede encarnarse en los hombres de modo indeleble. Lucifer no deja de ser, aunque caído, un ángel de Dios. Poca coña, pues. Tomarse en serio el Mal supone, por tanto, creer que cualquiera de nosotros es capaz de ahogar con sus propias manos al niño que lleva dentro. ¿O acaso quienes vieron arder el cuerpo de sus hijos en los hornos de los campos de la muerte pueden creer que el Mal es simplemente un error existencial? De ahí que digamos que solo un Dios puede salvarnos. Como también que solo Dios puede resucitar a los muertos. Pues, si es cierto que hay algo en el hombre que no puede morir con la muerte, entonces no hace falta un Dios para levantar a los muertos. Basta con la muerte.

III

Dice Torres Queiruga: «yo porque creo en Dios no creo en los milagros». De acuerdo. En realidad, tampoco podría creer en ellos, aunque no creyese en Dios. Para ver un milagro como tal —para verlo como una intervención de Dios— deberíamos pertenecer a un mundo que ya no es el nuestro. Nosotros honestamente no podemos ver milagros. Un antiguo, por contra, no podía dejar de verlos. Así, nosotros decimos, por ejemplo, que si alguien oye voces es porque sufre una alteración mental, pues damos por descontado que no hay voces que oír. En cambio, un antiguo hubiera dicho que, debido a la alteración mental, puede oír las voces que hay que oír, las voces del más allá. Por tanto y al menos hasta cierto punto, hemos de darle la razón, cómo no, a Torres Queiruga cuando dice lo que dice. Sin embargo, ¿no deberíamos igualmente decir que nuestra incredulidad con respecto a una posible intervención de Dios afecta también al acontecimiento, pongamos por caso, de la Resurrección? Sabemos que Torres Queiruga defiende que ya no podemos leer literalmente los relatos de la Resurrección. Nuestras claves de lectura no son, ciertamente, las mismas que antes. Y lo que esto significa es que, si hoy en día tuviéramos la experiencia que, se supone, hay detrás de la fe en la Resurrección, no la expresaríamos en los términos de una resurrección. Ahora bien, sea como sea, lo cierto es que no parece que cristianamente pueda renunciarse a la declaración nuclear de dicha fe, a saber, aquella que proclama que el crucificado en nombre de Dios resucitó de entre los muertos por el poder de Dios. Jesús de Nazareth no resucita como quien no quiere la cosa. Es Dios quien libera a Jesús de la muerte para sentarlo a su derecha, como quien dice. ¿Es esto lo mismo que decir que Jesús sigue vivo por ahí, vete tu a saber cómo? No lo parece. Sin duda, uno es muy libre de creer en cualquier cosa que se le ocurra. Pero diría que creer en el Dios cristiano supone creer en la imposibilidad de Dios, mejor dicho, en la inconcebible intervención de Dios. Aquí conviene recordar que la fe en la resurrección responde, al menos de entrada, al problema del Mal. El problema no es si la muerte es el final, sino si la Injusticia, con mayúscula, es el final. ¿Qué pueden esperar las víctimas de la Historia, aquellos que murieron injustamente antes de tiempo, aquellos a los que la vida de Dios les fue impunemente arrebatada? ¿Cuál es el lugar de Dios en un mundo que parece abandonado por Dios? Ante la evidencia del Mal —ante el hecho innegable de que no parece que Dios esté por la labor de librar al justo de la desdicha—, creer en el poder de Dios es creer que Dios será capaz de hacer finalmente justicia… aunque para ello tenga que resucitar a los muertos. Esto es literalmente increíble. Tanto hoy en día como, probablemente, lo fue en su momento. Tampoco puede ser de otro modo, tratándose de Dios. Las imágenes de la esperanza creyente siempre fueron difíciles de tragar. De hecho, la prueba de fuego de la fidelidad creyente sería este esperar sin expectativa. Debe ser lo que no puede ser. En cualquier caso, una buena pregunta es si aún somos capaces de creer en la resurrección de la carne. Pero lo que parece intelectualmente deshonesto es decir que, puesto que nosotros no podemos ya creer, quienes sí pudieron, en realidad, tuvieron que creer en otra cosa.

IV

Dice Torres Queiruga que Dios no puede impedir el Mal como tampoco podría hacer círculos cuadrados. Un mundo sin Mal sería algo así como una imposibilidad lógica, una contradicción en los términos. Aquí hay una intuición profunda. Pues el Mal difícilmente puede ser enteramente imputado al error o a la ignorancia del hombre. El Mal se encuentra arraigado en la estructura del mundo. Donde hay luz, hay también oscuridad. Una cosa va con la otra. De hecho, donde no hubiera más que luz, no habría luz. Con todo, Dios no permanece en el más allá como si fuera el espectador de un naufragio. Dios está de nuestro lado —insiste Torres Queiruga—, apoyándonos en nuestra lucha contra el sufrimiento injusto. Ahora bien, ¿hemos de entender que Dios es algo así como una cheerleader de la humanidad sufriente? Cuesta de imaginar. Y es que un Dios de apoyo ¿acaso no supone que, por encima de Dios, se encuentran, como quien dice, el Bien y el Mal pugnando por la supremacía? Un Dios de apoyo ¿no implica de algún modo volver a navegar las antiguas aguas del maniqueísmo? ¿Cómo entender, desde esta óptica, el extraño verso de Isaías (Is 45, 7): «yo soy el Señor y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que da el bienestar y crea calamidades»? Tampoco me imagino qué consuelo pueda llegar a tener la madre tutsi que ha perdido a todos sus hijos a golpe de machete, una vez se entera de que Dios está de su lado, ofreciéndole todo su apoyo. No sé. Quizá simplemente es que no puedo imaginármelo.

V

Para Andrés Torres Queiruga el silencio de Dios es teológicamente irrelevante, aunque no lo sea antropológicamente. Esto es, el silencio de Dios no tiene que ver con Dios —carece, podríamos decir, de poder revelador—, sino con nosotros los hombres, en concreto, con nuestra dificultad para percibir la presencia de Dios. A mí esto me parece cuanto menos desconcertante, sobre todo si tenemos en cuenta el sufirmiento indecente de las víctimas. ¿Es que Jesús de Nazareth, en Getsemaní, no fue capaz de escuchar a Dios? ¿Es que aquellos que fueron gaseados en la más absoluta oscuridad no fueron capaces de percibir la cercanía del espíritu divino? ¿Podríamos mantenerlo sin tomar el nombre de Dios en vano ante quienes murieron injustamente en los Gulag de la Historia? No me parece casual que la única vez que aparece en los evangelios la palabra Abba sea en el contexto del máximo desconcierto y desesperación (Mc 14,36): el hombre que venía de Dios es entregado a sus verdugos como un abandonado de Dios. Como si el momento de la máxima intimidad con Dios sea el momento en que el Hijo (re)clama inútilmente por su Padre. Como si no hubiera otra oración que la de quien se enfrenta a un Dios que se muestra como un muro de silencio. Como si solo fuera posible ponerse en manos de Dios como un abandonado de Dios. Como si, al fin y al cabo, solo sin Dios pudiéramos estar ante Dios. Así, uno puede preguntarse qué imagen de Dios hay detrás de la afirmación de Torres Queiruga. Qué Dios presuponemos cuando decimos que su silencio es el reverso de nuestra sordera. Me atrevería a decir que el Dios del positivismo religioso, algo así como un espectro invisible, cuya presencia cabe constatar, aunque sea indirectamente (como quien constata el fuego por el humo que provoca). Sin embargo, no diría que Dios, bíblicamente hablando, se dé según el modo de los entes (y un ente invisible no deja de ser un ente). Si la realidad de Dios se encuentra más allá de los entes —que se encuentra—, entonces Dios propiamente no habla, aunque todo hable de Dios. Podríamos decir, parafraseando a Pablo, que el mundo entero, en tanto que pendiente de Dios, clama a Dios por Dios. Sabemos que Dios es el que llama. Pero lo que a menudo se olvida es que Dios llama con la voz —el grito— de los marcados por el hambre. De ahí que su silencio sea tan revelador. Pues solo a través de su silencio podemos escuchar el clamor de los hombres como la voz imperativa de Dios. Ciertamente, hay Palabra de Dios. Ciertamente, Jesús de Nazareth muere perdonando a sus verdugos. Ciertamente, hubo una Etty Hillesum en los campos de la muerte. Pero me atrevería a decir que ese perdón no podría ser de Dios si no estuviera sostenido por su silencio. Pues es este silencio el que quiebra el mito del positivismo religioso, al fin y al cabo, el que nos permite confesar al que colgó de una cruz como Señor. Y es que cristianamente Dios no aparece como dios, sino como un Crucificado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.

jesus-crucificado[1]

Imagen extraída de: Karl Barth en Latinoamérica

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Es licenciado en filosofía por la Universidad de Barcelona. Desarrolla su carrera docente en el Colegio de San Ignacio-Sarrià, donde imparte clases de historia de la filosofía. Su trabajo intelectual se centra en la necesidad de recuperar la dignidad epistemológica de la tradición cristiana sin caer en el antiguo fideísmo y en constante diálogo con, por un lado, la crítica moderna de lo trascendente, en particular la que encontramos en los escritos de Nietzsche, y, por otro, con las tendencias transconfesionales vigentes hoy en día. Escribe diariamente en el blog La modificación. Es miembro de Cristianismo y Justicia, donde, desde hace varios años, imparte cursos sobre la significación y vigencia de la fe cristiana. Es autor de Dios sin Dios (con Xavier Melloni), Fragmenta, 2015 coeditado por Cristianismo y Justicia.
Artículo anteriorEsclavas en una cárcel de oro
Artículo siguienteUna transición energética más justa

8 Comentarios

  1. No es una cuestión de lógica o justicia, o compassion, sino antropológica. Recurrir a lo supremamente poderoso en una situación de momento inaceptable es una reacción pagana porque es profundamente humana. Buscar una solución mágica a lo terrible, catastrófico, inaceptable, irremediable con nuestras propios recursos es absurdo pero es profundamente humano. No menos absurdo que la oración de adoración o de agradecimiento, pero ambas son profundamente humanas. Lo mismo la de perdón. La sentencia de Dios es siempre misericordia a juzgar por lo que los evangelios dicen de Jesús. No tendremos acusador, dice otro texto tenido por sagrado del NT. En cambio si trae Consuelo imaginar que Dios nos escuche o esté presente a nosotros no hay razón para que quien sienta la necesidad de que Dios de alguna manera exista CREA con esperanza en la validez de la oración de Jesús en la cruz o en el huerto.

  2. Más bien es un atrevimiento de Torres Queiruga proponer una teoría sobre el origen o la naturaleza del Mal. La biblia no resuelve el problema de la necesidad o de la causa primera del Mal y el cuento de los ángeles caídos como recurso pues es eso otro intent teodiséico. Lo cierto es que todos tengamos que reconocer que algunas preguntas caen fuera de nuestro alcance. Auschwitz no es una de esas preguntas. El Mal es possible y lo causamos. Pero es una pregunta fuera de nuestro alcance el propósito, el origen, o la necesidad del Mal. En cambio, el sufrimiento es un Mal que puede evocar la compasión y por lo tanto redime «más» a quien compadece gratuitamente. No en balde en el Cuarto Evangelio el Crucificado es «elevado» como signo de redención no porque pagara por nada sino porque mueve a la compasión gratuita. Que el corazón humano sea capaz de compadecer a pesar de que sea capaz de sentir odio es el verdadero problema. Para qué sirve la libertad, una virtud que el Creador, si existe y si creó no debe poder necesitar porque en definitivas tampoco debe tener que discerner o ser susceptible de error al actuar si actua en el sentido de causa.

  3. Torres Queiruga tiene razón, a mi parecer, al afirmar que no se puedan leer los relatos de la resurrección hoy día. Afortunadamente Marcos, el más antiguo no parece haberlos necesitado. La cuestión de si necesitamos de nuestras obras para salvarnos y de si nuestro pecado, contra la esperanza que representa Jesús, require de una absolución material por el cura en la absolución del sacramento son los problemas. La formula debiera ser más honesta declarando de que la absolución no puede sobrepasar un juicio de Dios si Dios juzga y que la vulnerabilidad humana a la commission del Mal es ontological como lo es la propensión al bien. Quien quiera ser Cristiano/a solo puede optar por esperar que las promesas atribuidas a Jesús en los evangelios alguna vez se cumplirán. Se sobran momentos en los que el dolor impide perdonar al ofensor y no puede ser extraño que el dolor sea tan sobrecogedor que solamente la illusion de una intervención sobrenatural pueda aliviarlo. Todo ello es profundamente humano y merece respeto. A menudo no leemos bien los textos. Por ejemplo Pablo afirma que para unos la cruz sea escándalo, para otros sea locura, y no obstante ese conocimiento no le impide cometer la locura escandalosa de poner toda su fe en la cruz. En otra occasion se pregunta por la creencia en la resurrección como causa de nuestra creencia sin dares cuenta de que en realidad remitía la validez de su fe a sí mismo, a su convicción. No le critico, todos experimentamos esos momentos de ateísmo, pero la realidad es que la esperanza es apostar perseverantemente contra toda desesperanza, sin expectative de evidencia, gratuitamente. No en balde cuesta tanto creer en la divinidad de Jesús y afortunadamente sea tan fácil creer en su humanidad. Después de todo es su humanidad lo que tenemos y podemos razonablemente creer. Lo demás «ya nos sera dado si acaso por añadidura.

  4. Cualquier intent teodiseico es puto ateismo. La madre Tutsi no puede tener más espacio en su corazón y en su cerebro ante su hijo despedazado que un dolor de muerte y una rabia tan incontenible como su impotencia. El Mal es un misterio mayor que la noción de divinidad y precisamente por eso la cuestiona tan radical como efectivamente.

  5. El silencio de Dios si es que Dios pudiera guarder silencio y hablar es otro atrevimiento de Torres Queiruga. Si se da un tal silencio es porque la solidaridad debe mitigar el sufrimiento (la alegría a casi nadie le cuesta sentirla o compartirla). De nuevo, la propia noción de divinidad no es un tema a debater. Lo es la humanidad. La Misericordia no es ni puede ser un atributo humano, en cambio la compasión gratuita (no la del budismo que es en realidad una especie de inversion económica) sí lo es y la solidaridad conjuntamente con ella puede ser nuestra Justicia y nuestro máximo grado de Veracidad y de expression de nuestra Bondad y nuestra Belleza. La noción de un silencio de Dios implica una pasividad de Dios y por lo tanto una arbitrariedad de Dios. Una tal proyección antropomórfica es pagana en su origen aunque muy humana y es desde luego ateistica. Dios debe permanecer si existe un Misterio-Esperanza y en ello no se equivocaba del todo Bloch.

  6. Pues es este silencio el que quiebra el mito del positivismo religioso, al fin y al cabo, el que nos permite confesar al que colgó de una cruz como Señor. Y es que cristianamente Dios no aparece como dios, sino como un Crucificado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.

  7. Bastante de acuerdo con los comentarios. Respecto al tema de los milagros, me parece que por muchas lecturas que se quieran hacer de los Evangelios, no entiendo cómo se pueden defender que no hubiera la resurrección, o cualquier otro milagro. Si Dios es Todopoderoso, ¿porqué se le intenta hacer caber en una jaula tridimensional como la nuestra? No le veo sentido. Creo que algunos científicos (no cientifistas) ya dicen claramente hasta donde llega la ciencia. Hay cosas que caen fuera de la ciencia. Lo sobrenatural, o Dios, cae fuera, y pienso que cualquier intento de racionalizarlo debe hacerse con pinzas. Desde este punto de vista, decir lo que puede o no hacer Dios, podría llegar a ser absurdo.
    Algunos científicos actuales que han analizado estos temas hablan de la existencia de fenómenos no explicados, y sin pinta de serlo en el futuro. Evidentemente es un tema difícil y controvertido. Ya lo son los fenómenos «corrientes», o sea que imaginemos esto. Ahí creo que hay elemento sobrenatural, y simplemente negarlo es una forma de reduccionismo. No sé como se encabe la teología de Queiruga en esto.
    La neurociencia habla de hechos que registra el cerebro, pero no dice si son verdaderos o falsos en última instancia. Si uno tiene una visión mística, ¿es porque hay algo que se lo origina o es porque el cerebro alucina? Al final o no se puede saber, o es demasiado complicado como para aceptar reduccionismos. Sólo si pudiéramos ver la realidad «real» desde fuera de nuestro cerebro, lo sabríamos,… El fenómeno místico ha sido estudiado y no es tan sencillo ni se responde diciendo que son alucinaciones.
    El problema que veo, está en que el milagro es algo enormemente infrecuente, y hay que discernir bien si puede o no serlo. Tampoco hay que verlo en todo, en el sentido literal. Pero tampoco negarlo.
    Se empieza por negar los milagros, se continua por negar la divinidad de Jesús, y se acaba en una especie de deismo, que en algunos casos desemboca en un panteismo. Esto no sé lo que es, pero siempre a mi modo de ver, no es cristianismo. Si no hay cabida para lo sobrenatural, ¿en que tenemos la esperanza, sobretodo los que ha perdido todo? ¿O los que ya no están? Creo que un aparte de la ciencia (cada vez más) está devolviendo un lugar a la teología natural en los últimos tiempos, y creo que con sobrenaturalidad incluida. Que haya teólogos que lo niequen, me parece cuando menos, extraño.

  8. He escuchado alguien que la boca de Dios es la historia, una historia que tiene, como bien dice Cobo, dos caras. la del gozo y la del sufrimiento. Si Dios actúa lo hace en la historia, incluyendo la historia del sufrimiento y del sufrimiento inocente. He aquí el milagro, que Dios interviene pero no por fuera de la historia sino en ella, sobretodo en la victima que reclama y que perdona, en el hombre que es el rostro mismo de Dios, su imagen. Una mentalidad espiritualista nos aleja de la historia y de lo que conocemos como revelación que se hace presente en aquellos que hemos hecho sufrir, o en los que hemos dejado en el camino.

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here