Entrevista a Thomas Piketty (II): «La fiscalidad justa, centro del conflicto político»

Entrevista a Thomas Piketty (II): «La fiscalidad justa, centro del conflicto político»

Jean Merckaert / Jean Vettraino. [Traducción a cargo de Economía Crítica] 

Los impuestos, lo fiscal resulta ser tan diferente de país en país y en distintos períodos, ¿se ha logrado acaso tener un impacto significativo en la redistribución de los ingresos y de la riqueza? 

Thomas Piketty – Los instrumentos  fiscales son un mecanismo para financiar y desarrollar proyectos para los conjuntos, para la necesidad común, para los bienes públicos, para la protección social, no para la educación, et[i]c. A lo largo de la historia, el tema del impuesto justo –es decir lograr éxito en ponerse de acuerdo en quién paga qué, y basándose en qué criterios– siempre ha sido el tema central, colocado en el corazón del conflicto político.

Mi libro se inscribe dentro de esa amplia pregunta sobre la propia cuestión de la naturaleza del impuesto justo, de la contribución equitativa y de sus efectos sobre la estructura de la sociedad. Con el libro trato de renovar la reflexión sobre cómo articular y reavivar el debate sobre el vínculo entre el impuesto a la renta (flujos) y el impuesto sobre el patrimonio (acciones). La tercera categoría importante que hay, es la del impuesto al gasto (el consumo) y esta categoría a su vez está vinculada a las otras dos pues, es así como el consumo es abordado, en principio, sobre el ingreso y restándole el ahorro. En todas las épocas, se puede observar que en estas tres categorías los hechos se presentan en diversa proporción. El impuesto sobre el consumo es a menudo el que pesa más fuertemente sobre los segmentos más populares, y la resultante es que terminan ahorrando menos y que llegan a consumir casi la totalidad de sus ingresos. Bajo el modelo de Antiguo Régimen, estaba la gabela, el impuesto a la sal, que era el impuesto más impopular.

En lo absoluto uno se podría imaginar un impuesto al consumo que fuese progresivo. En cierto modo, esto es lo que se está tratando de hacer con las tasas diferenciadas del impuesto al valor agregado IVA, pero sin embargo en la práctica, es difícil diferenciar los productos básicos de los bienes de lujo. En parte, la tendencia de aplicar el IVA en Europa es más bien un síntoma de una débil manera de ser cooperativos dentro de la Unión Europea [UE]. Se ha visto en el IVA, un medio fiscal que aplica tributos a las importaciones  que provienen del país vecino. Pero ¿acaso cuando todos en el mundo hayan aumentado su IVA al 25% nos habremos convertido en más avanzados o prósperos? Así no se logrará restaurar nuestra competitividad comparativamente si lo vemos frente al caso de China, y el efecto de la competitividad dentro de la propia Europa estará completamente aniquilado en el momento en que todo el mundo utilice IVAs.

LA EVIDENCIA: El impuesto sobre el patrimonio debería, por lógica, convertirse cada vez más en el más importante de todos, para las sociedades en las cuales el peso total de los activos y del patrimonio, aumente  de manera proporcional en lo que se refiere a los ingresos.

Pero en el fondo estoy basando mi reflexión en el eje del impuesto a la renta –a la riqueza–, la novedad del libro es probablemente la de demostrar que hay un lugar para cada uno. El impuesto sobre el patrimonio debería pues  convertirse por lógica el que cada vez gane más importancia en una sociedad en la cual el peso total de las propiedades –los activos– aumenta en directa relación con el aumento de las rentas. Esto no quiere decir que este sustituya por completo al impuesto a la renta. Los ingresos y la riqueza son dos dimensiones diferentes en el escenario de la desigualdad que hay entre los individuos. Algunos tienen ingresos muy altos y poco patrimonio y activos, otros tienen muchas propiedades pero ingresos muy bajos.

Obviamente hay una correlación –el promedio de las personas que tienen un gran patrimonio tienen ingresos más altos–, pero esta realidad está muy lejos de ser perfecta. Necesitamos que ambos impuestos estén allí para satisfacer los requerimiento de las diferentes dimensiones según sea la capacidad de contribución que tenga la gente –el propósito principal de un sistema de impuestos es en realidad tratar de  aplicar cada modelo de contribución, de manera  proporcional a cada capacidad y a cada medio.

Maurice Allais [1911-2010], quien fue de todo menos un economista de izquierda, defendió durante mucho tiempo la idea de aplicar el impuesto sobre el patrimonio como un impuesto único: siendo la ventaja que él sostenía que una vez pagado el impuesto, usted tendría incentivos mucho más altos para colocar sus inversiones de la mejor manera posible y de hacer crecer su patrimonio, y que así ya no tuviese que tributar por esos rendimientos que obtendría.

La limitación de este argumento es que, el rendimiento obtenido no sólo viene a ser el resultado de su propia gestión y sus propios esfuerzos. Así que para una empresa que hubiese tenido un año muy malo, y hubiese enfrentado grandes pérdidas ese impuesto se basaría únicamente en su aplicación al capital utilizado, pero continuaría pagando el mismo impuesto que otra empresa que sí hubiera tenido un buen año con enormes beneficios; esto acentuaría el riesgo de quiebra para empresas cuyas dificultades en realidad solo son temporales.

Hace falta encontrar el equilibrio entre, aplicar impuestos sobre la riqueza y el stock utilizado o de aplicar los impuestos sobre los ingresos corrientes y beneficios obtenidos cada año. Existe un aspecto de seguridad en la base impositiva, es a partir de ello que la participación resultaría estar en función de aquellos momentos en que las personas están en su momento de prosperidad. Sin embargo, no se trata de irnos al extremo opuesto, ni de considerar que un patrimonio que no produce ingresos llegará a no pagar nada. Como si alguien que posee edificios o castillos, que se niega a alquilarlos, o se  contentara de solo ir a dormir allí para pasar una noche al mes en estos, estuviese exento del impuesto a la propiedad y no  pagaría nada solamente porque partiría de la base de que no tiene ingresos… Exactamente, así que en la práctica se deben pagar los impuestos sobre la propiedad. Si alguien se negara a obtener ingresos en base a sus propiedades, habrá que verse cómo es que debe venderla en un lapso de tiempo largo para que sí deba pagar el impuesto. Ese es el propósito del impuesto sobre el patrimonio: asegurar  que si alguien no obtiene rentabilidad de sus activos, pues tendría que deshacerse de la propiedad y vendérselo a alguien que lo vaya a utilizar de una manera más productiva.

La combinación de estos dos tipos de impuesto ¿nos conduciría acaso a una realidad de menor desigualdad? 

Thomas Piketty – Ambas formas de impuestos ya han jugado un papel en la reducción de las desigualdades en el siglo XIX. Para el futuro, lo que propongo, es combinar el impuesto sobre la renta con el impuesto progresivo sobre la riqueza heredada, la herencia, es decir el patrimonial predominante del siglo XX, pero además con una tercera forma, la cual es: el impuesto progresivo sobre el patrimonio, que diseñado sobre una base anual, algo parecida al impuesto sobre la propiedad o al impuesto sobre el patrimonio que se aplica en Francia, y que se comportaría de una manera más armonizada.

Las tasas e impuestos aplicados a la propiedad de la tierra datan de principios del siglo XIX, un mundo donde el capital era principalmente inmobiliario, de bienes raíces: que se basaba únicamente en los bienes raíces, y no tomaba en cuenta ni las deudas o pasivos ni los activos financieros. Esta situación ya no se adapta para nada a la realidad patrimonial del siglo XXI, que está tan estrechamente vinculada a las finanzas.

El impuesto sobre el patrimonio, creado en 1980-1990, es más moderno, ya que toma en cuenta los diferentes tipos de activos financieros. Pero está plagado de lagunas y nichos fiscales, y además es muy difícil de operar en vista de la ausencia de una visión global del patrimonio y de los formularios de declaración patrimonial que están pre-llenados.

Tenemos hoy en día la necesidad que los impuestos patrimoniales sean anuales, pues el hecho de sólo esperar la transferencia intergeneracional de patrimonios, para aplicar el impuesto, no es suficiente. Si uno hace fortuna a los 40 años, en 90 años sus activos habrán seguido creciendo significativamente: sería muy difícil de aplicarlo en el momento en que su capacidad de contribuir con el pago no está en su mejor etapa.

¿Es acaso normal que, como sucede actualmente, esperemos que Bill Gates o que Warren Buffett transfieran su herencia para que el sistema de impuestos recaude una contribución? Es a la inversa, cuando se recibe una sucesión o herencia, no es necesariamente adecuado que en ese momento se concentren toda clase de impuestos, hasta viendo esa justificación a partir de razones psicológicas, y luego también por razones económicas: es que no sabemos cómo evolucionará el desempeño de cada patrimonio. ¿Quién hubiese imaginado que un departamento parisino que fue heredado en 1972, y que se evaluó en 100,000 euros, llegaría a ser de un valor de millones de dólares en la actualidad y que produciría alquileres mensuales equivalentes a cinco veces el salario mínimo?

En lugar de gravar fuertemente este legado en 1972 y luego no imponerle ningún impuesto durante cuarenta años, en realidad tendría mucho más sentido tratar de gravar en el momento de la transferencia de los activos una parte y luego gravar al dueño a lo largo de su vida.

LA EVIDENCIA: Frente a la quiebra de bancos, y si usted no sabe quién es dueño de qué, se hace difícil establecer una tasa sobre unos y sobre otros de manera aceptable.

Entonces pues, y quizá este sea el argumento más importante de todos, y es que se trata realmente de conseguir más transparencia, una claridad democrática y financiera sobre las propiedades y los patrimonios. Al aumentar los impuestos,  también vamos a tener que diseñar categorías, me refiero a categorías jurídicas, a categorías estadísticas; esta sería una forma de lograr que la sociedad, que las empresas, generen información sobre sí mismas.

En la Revolución Francesa, el impuesto sobre la propiedad del suelo y el sistema de impuestos sobre las herencias, así como la creación del catastro, fueron una manera de registrar las propiedades, un modo de establecer la propiedad y hacer valer el derecho de propiedad, una manera de lograr su respeto a nivel público. Si usted paga un impuesto sobre la propiedad ya sabe que el derecho a su propiedad está garantizado públicamente.

Es así como se establece cierto nivel de información pública: así es como sabemos más sobre quién es dueño de qué. En el capitalismo financiero global de hoy en día, no existe un catastro financiero del mundo, incluso ni la Unión Europea lo tiene. El Presidente de la República Francesa no sabe que su ministro de economía tiene una cuenta en Suiza… Esta situación de opacidad extrema no es saludable ni para la democracia ni para la regulación financiera.

De cara a quiebras bancarias o a las de los sistemas financieros a ser  reestructurados, si no se sabe quién es dueño de qué, ni en qué banco, resulta pues sumamente difícil incorporar a uno u a otro para que cada uno de ellos contribuya de una forma que sea además mutuamente aceptada.

Las desigualdades llevan al modelo patrimonial actual (por lo tanto a la herencia), incluso más aún que a los ingresos. Pero ¿es acaso el impuesto sobre el patrimonio, incluido el de las herencias  lo que quiere la sociedad?

Thomas Piketty – Es perfectamente legítimo que la gente tenga miedo a tener que pagar impuestos por haber logrado acumular. Debemos tomar en serio estos temores y responder con un debate adecuado, para ello tenemos que hacerlo del modo más democrático y transparente posible.

En el 2007, Nicolás Sarkozy, llegó a  utilizar este sentimiento positivo de muchos franceses para lograr una reducción del impuesto a las sucesiones a fin de exonerar rentas de 1,5 o 2 millones de dólares… Todo padre podría utilizar esta estimación por cada niño en seis años, por hasta cinco veces durante el transcurso de su vida. Esta medida fue enmendada en el 2012, pues realmente le costaba demasiado caro al Estado. Con demasiada frecuencia se niega el acceso a las cifras en detalle. Y bueno, esta es la conclusión de mi libro, “la negativa a contar rara vez juega a favor de los más pobres.”

LA EVIDENCIA: Si usted tiene un departamento valorado en € 300.000 y cuenta con un préstamo por 290.000 euros, pagará por esos conceptos el mismo impuesto a la propiedad que alguien que no tiene ninguna deuda.

Por mi parte, sugiero, no aumentar el impuesto sobre el patrimonio en general, pero sí convertirlo en un impuesto de aplicación más progresiva. Se trataría, pues, de reducir el impuesto a la propiedad de la mayoría de la población y de aplicar el aumento a los propietarios de mayores riquezas.

Facilitaríamos el acceso al patrimonio para aquellos que no lo tienen. Actualmente, si usted tiene un departamento que vale € 300.000 y un préstamo de 290.000 euros, usted pagará el mismo impuesto a la propiedad que otra persona que no tiene ninguna deuda. Sin embargo, en esta situación, su patrimonio neto es de sólo 10.000 euros. Mi propuesta es que debemos sustituir los impuestos al patrimonio de la actualidad, incluyendo el impuesto a la propiedad de tierras, por un impuesto progresivo: se reduciría así el impuesto a la renta, el cual hoy es pagado por un 90% de la población, y cuyo valor de deuda neta resulta muy baja a razón de la deuda y en contraste se diseñaría uno con aumentos para los que están en mejor situación patrimonial. El enfoque por escalas podría ser el siguiente: 0% hasta 1 millón de € de patrimonio, de 1% para patrimonios entre 1 y 5.000.000, 2% para los que van más allá de los 5 millones.

Dicho impuesto aplicado a nivel europeo, permitiría un ingreso mayor al 2% del PIB. Y aumentaría la movilidad del capital. Ciertamente, no existe una fórmula matemática capaz de permitirnos establecer como deberá ser fijado ese impuesto de un modo ideal. El problema es que estos asuntos se dejan muy a menudo sólo en las manos de los técnicos. En cuanto a las élites, ya conocemos su capacidad de negacionismo de la realidad: a fines del siglo XIX el economista Paul Leroy-Beaulieu explicaba que Francia no tenía necesidad de aplicar ningún impuesto progresivo, pues gracias a la Revolución, nuestro país ya había logrado ser lo bastante igualitario…

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Imagen extraída de: The New Yorker

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