Berakot Pilar

Berakot Pilar

J. I. González Faus. [La Vanguardia] Amiga Rahola: Gracias por tu carta del sábado santo. Como decías en aquella columna, ya que “hemos creado una tradición”, voy a seguir con ella. Para despejar dudas, hago mías de entrada las palabras de Francisco al rabino de Roma: como cristiano “tengo un alma judía”. Muchos siglos ha, dijo lo mismo otro cristiano judío de Tarso: “de ellos son las promesas” (Rom 9.4).

Y déjame contarte que en mi curso del cole, por los años 40, teníamos un compañero alemán, supuestamente judío y escapado de Hitler. A veces, con la típica inconsciencia adolescente, algunos compañeros buscaron divertirse insultándole como judío. Hasta que el P. Manubens, jesuita catalán, bajito, rompetechos y profesor de filosofía, levantó la voz para decirnos en clase: “Jesús era judío y María también. Por tanto quien insulte con ese adjetivo está blasfemando”. Se me grabó tanto que aún lo recuerdo.

Por eso, como católico, siento vergüenza del antisemitismo que denunciabas en tu carta, y quisiera pedir perdón por él, como Jesús ante el Bautista. Los atenuantes que haya no bastan para olvidar aquella oración blasfema del antiguo viernes santo: “recemos por los pérfidos judíos”. En mis años de joven jesuita consulté a dos reverendos sobre ese escándalo: uno me dijo que, en el latín originario, pér-fidos sólo quería decir “sin fe”. Otro me explicó que, aun con eso, la Iglesia rezaba por ellos mientras que algunos salmos sólo piden para los criminales cosas como “poder estrellar sus niños contra las piedras”. Esas respuestas no impidieron mi alivio cuando el papa Juan suprimió ese adjetivo, aunque es incomprensible que algo tan evangélico tardase tanto en llegar.

Pero volvamos al alma judía: en un Cuaderno de CiJ señalé como gran aportación del judaísmo a la historia universal, haber trasladado la experiencia mística desde el terreno del ser al terreno de la confianza: al “fiarse de”. Para que te hagas idea de lo que eso significa, déjame evocar otra columna tuya en este diario, el pasado domingo de Pascua: decías que la creencia en la resurrección te parece puro egocentrismo. Puede serlo; aunque es extraño que esa creencia egocéntrica busque para realizarse un camino de cruz. Pero, si estuvieras enferma en un hospital, piensa qué diferencia habría en que esperaras la visita de tu marido porque crees merecerla, o porque sabes cuánto te quiere aunque no lo merezcas. Los cristianos intentamos creer en la resurrección de ese segundo modo. Eso es la mística de la confianza antes citada, que tiene raíces judías.

Por eso, cuando Jesús pone en marcha el proceso de sustitución del culto por la entrega de la vida, de sustitución de la Ley -como esquema de contrato con la Divinidad- por la libertad responsable de hijos, y de sustitución de la religión vertical por el amor fraterno horizontal, no reniega del judaísmo sino que lo está llevando a plenitud. Eso quiso enseñar san Mateo cuando hace decir a Jesús: “no vine a derogar la Ley sino a plenificarla”, para luego contar infinidad de transgresiones escandalosas de la Ley. Otra prueba la tienes en textos judíos posteriores a la Biblia, como la anécdota que cuenta la Mishna: un rabino pierde la fe y, en medio del escándalo general, otro rabino comenta “dichoso él porque ahora podrá hacer el bien sin necesidad de esperar ningún premio por ello”.

Ahí judaísmo y cristianismo pueden verse abrazados como decía el salmista de la justicia y la paz. Si en la experiencia global de la humanidad, las religiones sudamericanas descubren la visión de Dios en la naturaleza y las religiones orientales la de Dios en la propia interioridad, el judaísmo aportó a ambas el encuentro con Dios en la historia. De ahí lo heredamos los cristianos con fórmulas como la de “los pobres, vicarios de Cristo”. Tú hablabas del pan sin levadura de la Cena pascual (“mesah”): inicialmente pudo deberse a la falta de tiempo para leudar; pero luego era el pan “de los pobres” (en mi comunidad tengo un compañero Massot, que suena como plural de mesah, a quien suelo hacer broma con ello).

Déjame pues terminar esta confesión con un juicio que temo no compartirás pero sobre el que no discutiremos: porque me siento tan judío es por lo que soy tan hostil a la política del actual estado de Israel con los palestinos. Creo que es mi alma judía la que me hace proclamar que esa política es el mayor antisemitismo del momento: el verdadero judaísmo está amordazado en la minoría silenciada de soldados israelíes que se niegan a disparar contra sus hermanos palestinos jugándose la vida o la carrera, o en figuras como Yakov Rabkin, Ilan Pappé o Hanna Arendt… Netanyahu está manchando lo mejor de judaísmo: V. Frankl, Etty Hillesum o A. Einstein.

Una vez te oí hablar con exquisita ternura de tu experiencia de madre. Si trasladas esa experiencia a tantas madres palestinas creo que comprenderás lo que digo. Y si disientes de ese juicio te pediría que comprendas una cosa: por razones parecidas he criticado a veces con dureza a mi iglesia ganándome alguna bofetada. Pero, sinceramente, creo que esa crítica salía de lo profundo de mi alma cristiana.

Y si aquí no coincidiéramos, como no coincidimos en el tema de la fe, más necesario sería repetir el título de esta carta: “Bendiciones para Pilar”.

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Imagen extraída de: Cadena Ser

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