Huenchumilla, Francisco y los mapuche

Huenchumilla, Francisco y los mapuche

Carlos Bresciani LDurante las últimas semanas hemos sido testigos del resurgimiento, en la discusión política [chilena], de la cuestión indígena a raíz de las últimas declaraciones del intendente Huenchumilla. Por primera vez en más de 40 años que una autoridad política del Estado de Chile se atreve a poner en el centro del debate y de las políticas públicas el punto clave para destrabar caminos de mayor justicia para nuestros Pueblos Indígenas en general y mapuche en particular. Esto es la restitución de las tierras usurpadas por el Estado de Chile y sus políticas asimilacionistas a lo largo de su más de 200 años de existencia. En una de sus últimas declaraciones, el intendente Huenchumilla sostiene que es un problema político, es decir -y en esto le concedo la razón-, tiene que ver no con lo legal sino con lo ético, que no siempre van de la mano. El tema no es judicial, es político. Más aun, pone como núcleo de su postura la inequidad de la tenencia de la tierra al sostener que “en La Araucanía no puede haber cientos de familias viviendo en una hectárea cuando al lado hay caballeros que tienen 2 mil. Tienen que entender que deben entregar su fundo, porque esa es una injusticia total y absoluta”. Aquí está el centro del debate y de toda la tensión que se vive desde hace mucho. Argumento que uno también ha escuchado desde hace mucho tiempo por parte de dirigentes mapuche y que también la Iglesia ha defendido[1]. Está en consonancia con la fe de los que pertenecemos a la Iglesia Católica. Y más aun ahora que el mismo Papa Francisco nos lo recuerda al sostener el destino universal de la tierra: “la posesión privada de los bienes se justifica para cuidarlos y acrecentarlos de manera que sirvan mejor al bien común, por lo cual la solidaridad debe vivirse como la decisión de devolverle al pobre lo que le corresponde[2]. Hace eco de una doctrina muy antigua en la Iglesia y nos urge a los católicos a luchar por estructuras más justas. Los mismos católicos (incluida la misma Iglesia) que en razón de su riqueza, poder o estatus, estamos llamados a redistribuir equitativamente lo que tenemos al más desfavorecido. Tal y como dice el Papa Francisco citando a Pablo VI: “los más favorecidos deben renunciar a algunos de sus derechos para poner con mayor liberalidad sus bienes al servicio de los demás”[3].

Es un llamado a la solidaridad profunda. Esa que nos implica. La que nos hace como dijo el Padre Hurtado salir de la mentalidad de la caridad (dar lo que sobra) y luchar por la justicia: “La caridad comienza donde termina la justicia”. De esta manera no solo podremos ir saldando una deuda histórica con nuestros pueblos indígenas, sino también podremos ir construyendo la paz social.


[1] Numero 1, Carta de los Obispos del Sur,  5 de septiembre de 2001

[2] Evangelii Gaudium, 189

[3] Evangelii Gaudium, 190

mapuche

Imagen extraída de: Diagonal

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