Espiritualidad y ecosensibilidad

Espiritualidad y ecosensibilidad

Lucia MontobbioTres amigos se reencuentran en el Monasterio de Pedralbes. El coloquio sobre espiritualidad y ecosensibilidad será informal. Francesc Torralba, que modera, se disculpa abiertamente. Conoce desde hace tiempo a los ponentes, Jordi Pigem (Doctor en Filosofía y escritor) y Sonia Fernández-Vidal (Doctora en Óptica y escritora).

Aunque estén ante un público, les será inevitable dialogar como si estuvieran en el salón de casa. Detrás de ellos se despliega una segunda sorpresa, una pantalla donde se proyecta una imagen borrosa. Forzamos los ojos para enfocarla. “No se preocupen, ahora se verá mejor, es el proyector que todavía se tiene que calentar, esto también es ciencia”, nos hace saber Sonia. La escena de los asistentes con los ojos cerrados la ha hecho sonreír. Poco a poco se va perfilando un fondo oscuro con un punto azul minúsculo.

Es una fotografía tomada por el Voyager I. El satélite se encontraba a 6.000 millones de kilómetros de la tierra y la máquina se giró para retratar el planeta. Con este telón de fondo, Sonia comienza a leer el poema de Carl Sagan “Ese pequeño punto azul pálido”: “Este punto distante quizás os parecerá que no tiene interés. Pero para nosotros es diferente. Consideremos de nuevo este punto. Esto es aquí. Es nuestra casa. Somos nosotros. En él se encuentra todo lo que queremos, todo lo que conocemos”. Lo escuchamos y nos damos cuenta de cuán suspendidos estamos en el universo. Pequeños ante una inmensidad oscura. Desde la ciencia hay una sensibilidad, un saber dónde estamos viviendo; de ahí nace la capacidad de maravillarse, de fascinarse, de entender cómo está conformado el cosmos.

Jordi Pigem confiesa que tiene problemas con esta imagen. “Es un cosmos descrito a partir de un satélite: de alguna manera se hace patente hasta dónde puede llegar la persona, denota cierto orgullo por demostrar la inteligencia humana”, y rebate: “es un cosmos descrito sin ángeles , ni dioses, sin amor ni espiritualidad”. El cosmos es también luz. La cultura moderna ha querido reducir la realidad a lo que se puede probar. “Los sentimientos, las emociones…, todo aquello que no se puede valorar, cuantificar o medir… ¿qué es entonces? ¿No existe? ¿Hablamos de una ficción?», interroga Jordi. La naturaleza también es el espacio donde se manifiesta lo sagrado.

Francesc Torralba ha escuchado atento a sus amigos, y formula dos cuestiones que articularán el resto del diálogo. Por un lado, pregunta a Sonia si la experiencia desde la naturaleza puede abrir el campo espiritual: “¿Se puede producir que un científico, maravillado ante una célula, se interrogue sobre Dios?”. Por otra parte, se dirige a Jordi y le pregunta cómo cree que tendrá lugar el reencantamiento del mundo.

Hay una conexión entre ciencia, espiritualidad y Dios. Cuando haces un descubrimiento invade la sensación de maravilla, a la vez que vuelves a ser consciente de lo mucho que no sabes. “Es como cuando los niños juegan en la orilla del mar… Ante ellos se despliega un infinito misterioso”, ejemplifica Sonia, y continúa: “Llegas a la conclusión de que la ciencia no puede explicarlo todo, que hay límites. Sólo somos capaces de describir las sombras, y no el objeto real —tal como se explica en el mito de la taberna de Platón—. No sabemos cuál es la última realidad. Entonces es cuando te preguntas sobre Dios. Hay muchos científicos que tenemos inquietudes espirituales, aunque en este terreno nos sentimos muy vulnerables”.

En la segunda mitad del siglo XX, no hay tantos científicos espirituales que tomen conciencia de la filosofía. Aparecen ideas como la de “somos dueños y señores de la naturaleza”. El dominio del mundo se convierte en objeto de la ciencia. Jordi responde que para llegar al reencantamiento del mundo, necesitamos un cambio de mentalidad, no tanto individualismo, no tanta competición entre nosotros. Debemos tender hacia un sistema más cooperativo y ecológico, donde aprendamos a vivir mejor con menos, donde recuperamos ecosensibilidad. Como afirmó el filósofo Joan Maragall: “El gran milagro es la naturaleza misma, pero el hombre es demasiado niño para darse cuenta”.

Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.