¿No juzguéis?

¿No juzguéis?

Guillermo CasasnovasSiempre me ha gustado lo de “No juzguéis si no queréis ser juzgados” (Mt 7, 1-5), por aquello de que quién soy yo para decidir por qué alguien hace o dice algo. Sus razones tendrá, y si no, tampoco estoy yo libre de pecado como para tirar la primera piedra.

Sin embargo, en muchas ocasiones es necesario que juzguemos si queremos ser ciudadanos coherentes. Como consumidores, tenemos que juzgar a las diferentes empresas que nos proveen productos y servicios si queremos promover una economía más respetuosa con el medio ambiente y con la dignidad humana. Como votantes, tenemos que juzgar a los diferentes partidos para decidir a cuál queremos dar la responsabilidad de gobernar durante los próximos años. Como pequeños (o grandes) ahorradores e inversores, tenemos que juzgar a las diferentes entidades financieras si queremos que nuestro dinero se destine a proyectos acordes con nuestros valores. En definitiva, como ciudadanos-activistas, tenemos que juzgar las acciones de diferentes individuos y organizaciones para entonces decidir, con nuestros votos, compras, ahorros, manifestaciones, etc. a quiénes otorgamos nuestra confianza y a quiénes denunciamos de una u otra manera.

Ahora bien, siendo estos juicios (y sus consecuentes decisiones) tan centrales al ejercicio de nuestra ciudadanía, cabe preguntarse con qué criterios evaluamos a los distintos actores y qué castigos les imponemos. Por ejemplo, la mayoría estaremos de acuerdo en que es inconcebible que un gigante como Google apenas pague impuestos en España, pero ¿de quién es realmente la culpa? ¿Dejamos de utilizar este buscador –y sus múltiples extensiones (Gmail, Youtube, Chrome…)– en nuestro día a día? También coincidiremos en que hay que ser contundente para atajar la corrupción entre la clase política, pero ¿dejamos de votar a un partido cuando se descubre que uno de sus miembros ha llevado a cabo prácticas corruptas? ¿O simplemente cuando tienen un imputado? ¿O condenamos al individuo y exculpamos al partido? Y la lista sería infinita: si nuestro banco ha financiado a una empresa de armamento, ¿retiramos automáticamente todos nuestros ahorros? Si una empresa textil no se ha asegurado de que todos sus proveedores cumplen con unos estándares mínimos, ¿dejamos de comprar en sus tiendas? Si un gobierno toma decisiones con las que no estamos de acuerdo, ¿dejamos de pagar impuestos en señal de desobediencia civil? Si descubrimos que nuestro amigo cobra o paga determinados trabajos sin factura para ahorrarse el IVA, ¿le retiramos la palabra? Si un obispo encubre casos de pederastia, ¿dejamos de ir a misa?

Ante algunas de estas preguntas, la respuesta puede parecer bastante clara. Otras, en cambio, pueden requerir matices, aclaraciones y diversos tonos de grises. En mi opinión, lo principal es no mirar para otro lado ni seguir con nuestros hábitos de consumo y de actividad (o pasividad) política, sino replantearnos de manera regular el sentido y la coherencia de nuestras acciones. Dos estrategias que pueden ayudar son promover relaciones a largo plazo y establecer líneas rojas.

Las relaciones a largo plazo están basadas en la transparencia y la confianza. Cuanto más transparentes sean las organizaciones (empresas, partidos, ONGs), más ganarán la confianza de los ciudadanos. Partidos con listas abiertas, empresas con amplios informes de responsabilidad social, industrias con cadenas de suministro transparentes, ONGs con memorias anuales auditadas y detalladas, bancos sin inversiones opacas… en una relación a largo plazo, ninguna de las partes tiene incentivos para romper la confianza del otro. Como individuos, encontrar y premiar (con nuestra compra, con nuestro voto, con nuestra propaganda) a este tipo de organizaciones puede ser un primer paso hacia una ciudadanía más responsable.

La segunda estrategia, muy necesaria como complemento a la anterior, es establecer determinadas líneas rojas. Como pasó con Nike cuando se descubrió que había explotación infantil en algunos talleres de sus proveedores, con el Gobierno del PP cuando se sumó a la guerra de Irak en contra de la opinión del 90% de la población, o con los bancos que últimamente han engañado a pequeños ahorradores con el tema de las preferentes, las respuestas deben ser contundentes. Cambiar de marca, cambiar de voto, cambiar de banco. Estas acciones, además de castigar a sus infractores y hacerles reflexionar sobre los caminos que han escogido, darán una oportunidad a otras organizaciones que sí han tenido los comportamientos que la sociedad espera de ellas. En el fondo, no se trata simplemente de juzgar y desentendernos sino de, como decía Gandhi, “ser nosotros el cambio que queremos ver en el mundo”.

Imagen extraída de: La pluma crítica

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