Ignasi Escudero [Fundació La Vinya]. En la fuente de la plaza hoy se llenaban de agua las garrafas de un grupo de rumanos. Aparecieron en Bellvitge en grupo a finales de junio, más o menos. Desde que han llegado el barrio no está más degradado, pero la policía se empeña en detenerlos a menudo. Ellos son para nosotros una referencia de nuestra fragilidad, de todo aquello que se nos escapa. Son esa parte de la plaza a la que difícilmente podremos llegar.

Quisiéramos llegar a ellos o que ellos llegaran a nuestra puerta. Podemos ofrecer actividades y ayudas concretas -refuerzo y ocio educativo para los niños, distribución de alimentos, asesoramiento jurídico…- que se convierten en un espacio de encuentro, trabajo y refuerzo personal y comunitario. Pero, ¿qué sucede cuando una persona o colectivo no puede acceder a estas actividades? Ya sea porque la persona no está empadronada, por desconocimiento de los recursos, porque no se ajusta a una necesidad concreta… En este caso, las actividades pueden ser restricciones al encuentro.

Justo aquí (cuando no hay nada más) es donde necesitamos hacernos presentes, sin más ambiciones que estar allí. El conocimiento, la confianza, son fundamentales para poder deshacer la madeja de la persona, tirar del hilo para ayudar a poder tejer -o en muchos casos retejer una y otra vez- la vida.

Pero para hacer posible el encuentro necesitamos flexibilidad, en las entidades y en las personas. A menudo esperamos que todas las personas que se encuentran en una situación de precariedad pasen por un «circuito» estándar. Un circuito formal y regido por normas, igual para todos. En cierto modo así tiene que ser, si no, nos dejaríamos llevar por el momento y dejaríamos de lado una mínima objetividad necesaria, siendo la ayuda arbitraria e impersonal. ¿Pero hay algo más aparte de este circuito? ¿Cómo se puede sentir una persona al pasar por él? ¿Qué diferencia hay entre estar en la cola del INEM o en la de Servicios Sociales? ¿Por qué hay personas que se niegan a pasar por ahí?

Sentirse embutido en un circuito puede ser una forma de despersonalización, de pérdida de la identidad y de reafirmación de ideas como «es sólo culpa mía encontrarme en esta situación» , «he fallado en mi trabajo», «tengo 50 años y ya soy demasiado mayor para trabajar», entre otros. A parte de esto, supone un mareo de lugares, de presentar documentos, de explicar una y otra vez -a personas diferentes y desconocidas- la propia historia de precariedad, que ayuda a reafirmar y creerse ese discurso de hundimiento.

Dos propuestas que parecen especialmente relevantes como antídoto a estos virus sociales:

No estás solo/a, no se trata de casos particulares. Cada persona tiene guardado para ella su pequeño -o gran- infierno personal, pero hay que tener en cuenta que hay muchas otras personas en una situación similar o igual. Pongamos en común estas historias. Propongamos espacios para romper la vergüenza, la humillación. Espacios reservados a la persona, a suavizar las heridas y a rehacer el discurso personal. Pongamos en común problemas y soluciones.

Una vez roto -y con anhelos de vencer- el miedo, una segunda propuesta: «Sí, se puede». Creernos que sí se puede. Sumar esfuerzos, con creatividad, respetando las particularidades. Cambiando la visión paternalista de la ayuda que impregna la forma de pensar actual, como muestra el programa de TVE «Entre todos».

Volvemos a la importancia de estar, al hacernos presentes, al declararnos sutilmente y sin hacer ruido personas para los demás, espacios de encuentro personal. Esto es preocuparse y conocer, pero también es celebrar y compartir actitudes que ponen un matiz muy diferente y alejan del chisme y la morbosidad sobre la pobreza que cada día se hace más presente en los medios de comunicación. No temas compartir tu pobreza con otros, si ellos comparten la suya contigo. Al fin y al cabo, es básicamente fuera de los circuitos donde podemos tejer vidas compartidas, donde hay espacio para la confianza y la personalización. Esto se puede hacer -entre otras maneras- implicándose en una entidad social, colaborando voluntariamente , pero requiere un pequeño cambio de chip. Podrías ser tú el que cambiara de lado si te quedas sin trabajo, si la familia no está en condiciones de ayudarte, si…

Imagen extraída de: El País

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Miembro del equipo de CJ y trabajador de la Fundación La Vinya. Activista vecinal. Licenciado en Sociología y Máster en Estudios de Exclusión Social por la Universidad de Barcelona (UB).
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4 Comentarios

  1. M’agrada molt la idea de «per fer possible la trobada ens cal flexibilitat, a les entitats i a les persones». Ens cal reflexionar sobre el rol de l’educador de carrer, un rol que ha de ser iniciativa i voluntat de tota una Comunitat, i més enllà d’una tasca necessària d’uns agents professionalitzats. I ha de ser també una actitud veïnal, ben humana i ben cristiana.
    Gràcies Ignasi pels teus contemplatius i la teva visió crítica de la realitat.

  2. Saber acompañar sin querer arreglar nada, pero sin renunciar a nada, es un buen camino para llegar al corazón del ser humano, un camino poco explorado.
    Vella, profunda y, a mi entender, muy acertada la expresión: «Espacios reservados a la persona, a suavizar las heridas y a rehacer el discurso personal».
    Todos podemos crear estos «espacios», no son ni pueden ser patrimonio exclusivo de los profesionales de la ayuda.
    Gracias Ignasi.

  3. Me confieso perplejo en muchas ocasiones frente a esta atención frente a los circuitos/eficiencia vs la atención personalizada. Ignasi a punta a que el camino está justamente en enfrentar creativamente esa tensión. Gracias 🙂

  4. Bé, pels professionals i les entitats que no treballen només per rutines, circuits tancats, criteris de màxima eficiència. Tot això hi ha de ser però també ens cal estirar cap a l’altre costat: una atenció més humana i càlida. Gràcies a l’Ignasi per fer-nos veure aquesta tensió i sobretot per fer-se preguntes sobre la manera d’atendre!

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