Realidad palpable

Realidad palpable

Mercedes Ribas CollMi hija Inés hizo esta foto y pensé: ¡Menuda foto! ¡Cuánto nos dice esta imagen! Cuánto nos puede hacer pensar si la observamos con atención, deteniéndonos y concentrándonos en ella. Lo primero que viene a nuestra mente, las primeras palabras que podríamos decir serían: “¡Qué contraste!”, “¡qué diferencias!”, “¡caramba!”.

A unos les puede interpelar y hacer reflexionar conmovidos; otros, simplemente, la pueden mirar con una postura conformista, pensando que las cosas son así, qué se le va hacer… ¡Pues no, señores y señoras! A todos nos debe molestar esta imagen.

Es, por desgracia, un reflejo de nuestra crisis actual. Una crisis que nos lleva a unas diferencias cada vez más palpables y que llega a deshumanizar. Esta crisis, generada en gran parte por el ansia de acumular de muchos, donde casi todo se organiza buscando más productividad, más consumo, más poder, pone en peligro al ser humano ya que conduce a que una minoría acumule cada vez más poder abandonando en el hambre y la miseria a millones de seres humanos.

Pero lo peor de todo, lo que es imperdonable, lo que molesta, conmueve e incluso llega a doler es la falta de sensibilidad de muchos ante esta situación. Esta falta de sensibilidad que se manifiesta con la INDIFERENCIA. Una indiferencia a la que cada vez estamos más acostumbrados e incluso nos acomodamos en ella.

Como dijo el Papa Francisco en Lampedusa: “La cultura del bienestar nos hace insensibles a los gritos de los demás. (…) hemos caído en la globalización de la indiferencia, (…) en la codicia”. La riqueza, el ansia de tener más, se ha convertido en un ídolo de poder, de gran poder, que nos conduce a una formidable frialdad frente a las necesidades de los demás.

Esta indolencia que hace que no veamos a los que tenemos delante, es mero egoísmo. O quizá los vemos, pero no nos interesa tomar conciencia y pronto escondemos la cabeza debajo del ala para así no comprometernos. Somos, en numerosas ocasiones, un vivo ejemplo del refrán que dice “Ojos que no ven, corazón que no siente”.

No nos dejemos llevar por el conformismo y la pasividad ante una realidad social que está ocurriendo cerca de nosotros, en nuestra misma ciudad, en nuestro mismo barrio, en nuestra misma acera. Seamos, pues, personas de frontera y luchemos por las causas justas, denunciando en voz alta y sin miedo todo aquello que pueda ir contra la dignidad de la persona.

Porque en el fondo es miedo lo que tenemos: miedo a perder el trabajo, miedo al qué dirán, miedo a perder nuestra comodidad, miedo a comprometernos, miedo a hacer cualquier cosa y saber que será difícil continuar por la cantidad de obstáculos que encontraremos, miedo a sentirse solo frente a la pasividad, ceguera y sordera de muchos…

Seamos capaces de salir de esta mediocridad. Actuemos con verdadera justicia y abramos nuestro corazón. Solo un corazón abierto en plenitud puede hacerlo, porque un corazón abierto es pura generosidad, pura entrega, puro darse, puro esfuerzo, pura lucha, pura gratuidad…. Puro Amor.

Sepamos discernir entre aquello que es realmente necesario y aquello que es superfluo. Sepamos comprender en profundidad para así lograr desatar todo aquello que nos impide vivir con verdadera libertad. Sin verdadera libertad no hay paz ni serenidad. Y sin paz ni serenidad no podremos percibir (ver, oír, sentir) las necesidades de los demás y, en consecuencia, no podremos actuar proyectándonos hacia los demás.

Quiero destacar y agradecer las iniciativas que mucha gente y organizaciones llevan a cabo. Con sus granitos de arena hacen que las personas que viven indignamente tengan ilusión y esperanza por un mañana mejor.

¡Cuánto nos falta todavía por hacer para lograr un mundo realmente más justo! Un mundo que sea fiel reflejo de lo que llamamos progreso, no este “progreso” del que hoy se habla que es muy parcial, interesado y tremendamente individualista. Tomemos verdadera conciencia de la realidad y actuemos en beneficio de todos para lograr un mundo mejor.

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