¿Otra crisis de los países emergentes?

¿Otra crisis de los países emergentes?

Manfred NolteEntre los varios temas objeto de debate en la cumbre del G20 celebrada el pasado fin de semana en San Petesburgo [5 y 6 de septiembre de 2013], el relativo a los virajes de las políticas monetarias de los países occidentales destaca por haber acaparado el máximo nivel de atención. Y ello no solo por la incidencia que tales movimientos pueden tener sobre la tibia recuperación de la economía europea sino también y sobre todo por su influencia sobre otras áreas emergentes del planeta.

El punto clave radica en la forma de minimizar el impacto global, -el contagio global-, cuando los principales países desarrollados abandonen de golpe o gradualmente los programas de actuación ‘no convencionales’ adoptados por sus bancos centrales, induciendo a flujos de capitales salientes en los países afectados, presionando negativamente sobre sus monedas. Los inversores comienzan a valorar algo absolutamente impensable tan solo unos meses atrás: que el Asia emergente, Latinoamérica –y con ellos el resto del club de los BRICs– pudiera enfrentarse a una nueva crisis financiera. El ‘tapering’ o rebaja de la flexibilización cuantitativa anunciada por la FED americana encabeza la cadena de acciones a las que tal vez puedan engancharse otros bancos centrales como el del Reino Unido y en menor medida el Banco central europeo. Mario Draghi, cauteloso acerca de la recuperación de la eurozona, acaba de reafirmar el compromiso de la entidad que preside para mantener los tipos de interés bajos –e incluso a recortarlos– durante un ‘prolongado lapso de tiempo’ apartándose de su tradición de no comprometerse con movimientos futuros y adoptando el estilo de moda de la ‘forward guidance’, una guía orientativa de actuaciones de medio plazo. Claro que los halcones alemanes acechan para acotar cualquier desmán que se aleje de sus cánones de ortodoxia.

El mero anuncio previsto por la FED para este mes de setiembre de un recorte del programa de compras masivas de bonos americanos con la consecuencia inmediata del tensionamiento  de sus tipos de interés está contribuyendo al éxodo de capitales de un buen número de economías dinámicas de renta media, hundiendo sus bolsas y depreciando drásticamente sus monedas. Sus reservas centrales se abaten y a la larga la reversión de los flujos de capitales con salidas masivas hacia los países centrales puede tener en los países afectados serias consecuencias de naturaleza deflacionista. Incluso el recorte súbito del stock de reservas puede acarrear la suspensión de pagos –‘sudden stop’– del país afectado. A ello se debe agregar el recorte experimentado en el crecimiento del coloso chino, de aproximadamente dos puntos porcentuales de PIB, una magnitud significativa dado el impacto comercial de la potencia asiática sobre el resto del planeta. No soplan, en consecuencia, vientos favorables para estas economías.

Esta dinámica no es nueva y tiene antecedentes en la última década del siglo pasado y sus espectaculares devaluaciones cambiarias. La crisis mexicana de 1994-95, la crisis financiera asiática de 1997 y la crisis rusa de 1998, todas ellas fueron precedidas de una inflexión en la política monetaria americana en la que la FED duplicó sus tipos de interés hasta el seis por ciento a principios de 1995 desde un tres  por ciento a principios de 1994. Los flujos especulativos dirigidos hacia los mercados emergentes que crearon inversiones altamente apalancadas y financiaron ‘booms’ con un gasto tan extraordinario como inestable, provocaron graves crisis con el recorte y retirada del dinero caliente.

La pregunta del millón es la siguiente: ¿Encaran los países emergentes un serio riesgo de crisis? Y en su caso, desatada la misma, por efecto contagio, ¿puede extenderse al resto de la economía mundial? La respuesta es una negativa prudente, aunque el incumplimiento de este diagnóstico, si las circunstancias cambiasen, podría acarrear consecuencias desastrosas. La justificación de esta postura reside en dos circunstancias básicas que distinguen la situación actual de la de los años 1990 y siguientes.

La primera se basa en que los saldos de balanza por cuenta corriente de los países emergentes son hoy menos deficitarios que entonces. El ratio de reservas internacionales relativo a PIB y al número de meses de importaciones de cobertura es más favorable. El cociente de deuda externa a PIB es igualmente más bajo y está expresado en un mayor porcentaje de moneda doméstica. Las consecuencias del impacto serían menores y una devaluación incentivaría su balanza comercial facilitando su recuperación a medio plazo.

La segunda se basa en que las posiciones de la gran banca internacional en estos países son en la actualidad mucho más reducidas. Aunque la proporción de riesgo emergentes a total activos sigue siendo en muchas entidades financieras mas alta de lo deseable, no llega a los niveles estratosféricos de 2005. En su consecuencia, parece descartado el riesgo financiero de insolvencia en el segmento bancario.

De producirse algo similar a una crisis, probablemente afectaría a algunas economías más vulnerables de forma restringida. Aunque el contagio siempre es posible, los fundamentos más fuertes del resto de países emergentes, y la relativa solvencia financiera de occidente deberían poder mitigar los riesgos citados.

El anuncio del fin de la relajación monetaria por parte de Ben Bernake ha servido –como señala Dani Rodrik– para recordar que el meteórico crecimiento de los países emergentes en los últimos años era transitorio e insostenible, basado en el dinero barato y los altos precios de las materias primas, y no en una dinámica interna sólida que apoyase el crecimiento sostenido. “Pero igualmente no debemos hacer una sobrecorrección y pensar que los mercados emergentes se van por el sumidero”, aclara Rodrik.

Imagen extraída de: La Tierra es plana

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