El papa Francisco y la laicidad del Estado

El papa Francisco y la laicidad del Estado

Jaume BoteyDe entre los muchos comentarios que pueden hacerse sobre el viaje del Papa Francisco a Brasil, hay uno que me resulta especialmente relevante: su nítida defensa de la laicidad del Estado que, dice, “sin asumir como propia ninguna confesión religiosa, respeta la presencia del factor religioso en la sociedad”.

Hasta ahora su principal obsesión, su tema central y preferido, ha sido hablar de “la Iglesia pobre y para los pobres” como necesario punto de partida para su renovación. Hacía mucho tiempo que no oíamos este discurso tantas veces repetido y con tanta sensación de sinceridad. Da la impresión de que se lo cree. Y lo acompaña con gestos: la celebración del Jueves Santo en una cárcel lavando los pies a una musulmana, la visita a Lampedusa que despertó todas las reservas institucionales tanto del mundo político italiano como del eclesiástico, o en Brasil al prescindir de excesivos aparatos de seguridad o las visitas a las favelas, etc. Además, es necesario observar los temas escogidos. Tan importante es ver los temas que escoge como los silencios respecto a otros que hasta ahora eran la obsesión de la jerarquía (¿os habéis fijado, por ejemplo, que precisamente en Brasil y en la Copacabana de los Carnavales, no ha hablado de preservativos?).

Pero hablar de laicidad como lo ha hecho va incluso más allá. No es sólo un símbolo. Es hacer de la pobreza institucional de la Iglesia, una propuesta política; poner en evidencia que no quiere privilegios, que apuesta por ser una Iglesia de “no-poder” para que pueda dedicarse a lo que le es esencial: hablar de Dios y dar consuelo. Y a su vez es el reconocimiento de la mayoría de edad del mundo, de que la humanidad ya tiene criterio para valorar la convivencia humana, la ciencia, la moral… En definitiva es la vuelta al espíritu más profundo del Vaticano II.

Tantos años hablando de esto, haciéndolo bajo sospecha, a la contra de la jerarquía, siendo criticados… y ahora ¡es él quien lo dice! Es emocionante …

Aún así, todavía hay quien piensa que “vale, de acuerdo, todo eso está bien pero sólo son signos, y ¿cuándo empezará la acción de gobierno, la reforma de la curia, la manera diferente de nombramiento de obispos, etc.?”. Porque, dicen, será en esto donde se pondrá de manifiesto la auténtica voluntad de reforma.

Sin embargo, ante los incrédulos yo no dejo de tener presente que, precisamente en este momento tan crítico y carente de referentes, los signos son imprescindibles, que a menudo el signo es ya el contenido, que la misma Iglesia sólo es un signo, nada más, y que durante demasiado tiempo ha sido casi únicamente signo de poder y de condena.

Pero es verdad que los signos por si solos no son suficientes, que hay que explicarlos. Dicho de otro modo, es necesaria una nueva teología o explicación de lo que entendemos por Dios. Sin esta, tampoco será posible la reforma de la curia, de la banca vaticana o un sistema diferente de nombramiento de obispos.

Porque detrás de los signos del papa Francisco hay una teología diferente de la que había detrás de los signos de Juan Pablo II. Lo más importante que hizo el Concilio fue intentar cambiar la imagen de Dios, y en consecuencia intentar cambiar la imagen de la Iglesia o de la relación de la Iglesia con el mundo. De un Dios-poderoso que hablaba desde la lejanía y desde arriba, que se había revelado de una vez por todas y que, por tanto, la teología era sólo interpretar aquella revelación, se pasaba a un Dios que se manifiesta a través de los hechos y de las necesidades de las personas, el Dios cercano, próximo a los débiles. Lo primero que hizo Juan Pablo II, para poder iniciar la contra-reforma que llevó a cabo, fue restaurar esa imagen del Dios-poder. Esto le permitía dialogar de tú-a-tú con los poderes políticos de este mundo.

Y ahora, el papa Francisco, sólo con los gestos, vuelve al lenguaje del profetismo, a la imagen del Dios próximo.

Lo que ocurre es que el cambio es de tal envergadura que no tenemos, no ya las herramientas organizativas, sino tampoco las herramientas teóricas suficientes. Durante 1500 años la Iglesia se ha construido sobre la teología del Dios-poder, como fundamento del sacro-imperio, de las cruzadas, de la evangelización por la fuerza, de la posesión de riquezas, de la concepción de autoridad absoluta de jerarquías y obispos, del nacionalcatolicismo. No hay aún una teología para el diálogo de tú-a-tú con el mundo, con la cultura moderna y la ciencia, una Iglesia abierta y desclericalizada, de respeto y en igualdad de condiciones con otras confesiones, en defensa de la libertad de conciencia en temas morales, atenta al mundo de las necesidades, a la urgencia de ser testigos y casa común de los pobres, con capacidad de incorporar a la mujer… Los enfrentamientos entre esta teología -por ahora en pañales- y las jerarquías que la defienden con los poderes reales de todo tipo -económicos, políticos, mediáticos, del interior mismo del aparato eclesiástico, etc.- que hasta ahora han tenido la Iglesia-poder como aliada, son difíciles de prever.

Los signos son imprescindibles. Bendito Papa Francisco que nos los da continuamente.

Pero, a fin de que no quede todo en la emoción de un momento o en una simple operación de marketing, para desmontar tantos aspectos accesorios de la Iglesia ajenos al mensaje del Evangelio, hay que formular bien sólidamente esta nueva manera de entender a Dios. Y aún, más importante que eso, hay que vivirla.

Imagen extraída de: Loiola XXI

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