Jaume FlaquerLos militares han vuelto a tomar el poder en Egipto después de un año de gobierno del islamista Muhammad Morsi como presidente del país y dos desde la caída de Mubarak. Ante todo, éste es un fracaso de la democracia: Morsi fue elegido democráticamente con el 52% de los votos.

La revolución que echó a Mubarak no tenía “color” religioso y muchos se sintieron traicionados cuando los Hermanos Musulmanes aprovecharon las elecciones para alzarse con el poder. Sin embargo, no nos confundamos: no se echa a Mursi por islamista sino por ineficaz. De hecho, Egipto es el país del Mediterráneo con la tasa más alta de práctica religiosa, y el segundo partido más votado en la elecciones parlamentarias fue el de los salafís (¡con un 24% de los votos!), un islamismo aún mucho más radical que el de los Hermanos Musulmanes (que obtuvo un 37%). El pueblo se ha unido para echar al presidente, pero la oposición no será probablemente capaz de presentar un candidato convincente de unidad. Mientras esto no sea posible, los militares no convocarán elecciones.

Veamos las claves del fracaso:

1) La razón principal de la caída del presidente es la grave crisis económica del país. También fue ésta la causa desencadenante de las protestas contra Mubarak, pero ahora, la situación, lejos de mejorar, se encuentra en unos niveles insostenibles para la población. De hecho, el país entrará en quiebra este verano si no recibe un préstamo del Fondo Monetario Internacional. A parte de los ingresos por el canal de Suez, la economía del país se asienta sobre los ingresos del turismo, la producción agrícola y la producción de gas. El turismo ha desaparecido prácticamente, la producción de gas es consumida en su mayoría en el país a precios subvencionados y la producción agrícola no puede crecer al mismo ritmo que la población.

2) En marzo de este año, según un estudio, ya el 82% de la población prefería volver a un gobierno militar a seguir con el gobierno de Morsi. La opción militar es aplaudida por dos razones. La más importante es la estabilidad. Con un poder militar fuerte se podría poner a raya a los islamistas, el turismo podría sentirse más seguro, y podrían recibirse ingentes cantidades de dinero de la Administración americana. Pero además, no hay que olvidar que, dado que el servicio militar es de varios años y que el ejército egipcio es uno de los mayores del mundo (en proporción a sus habitantes), casi todo egipcio tienen algún pariente, amigo o conocido en el ejército. Éste se convierte así en una institución cuasi familiar y cercana.

3) El presidente ha cometido graves errores con la introducción de elementos islamistas en el Estado. El principal, en coherencia con la ideología de los Hermanos Musulmanes, fue el de declarar la Ley islámica como fuente principal del derecho del país, aunque sin implantarla literalmente. De esta manera, la minoría cristiana se siente aún más discriminada en el país y en ocasiones perseguida. También fue un error gravísimo el escoger hace unas semanas como gobernador de Luxor a un miembro de la Gamá Islamiyya, la organización terrorista que en ese mismo lugar había matado a 62 turistas a machetazos y disparos hace un par de décadas.

4) El presidente no ha conseguido disminuir la enorme tasa de corrupción e ineficacia de todo el sistema político, judicial y económico del país. Es una corrupción e ineficacia que no afecta solo al gobierno sino a todos los niveles de la sociedad. Por ello la solución es mucho más complicada. Se trata de un verdadero problema cultural independientemente de la afiliación religiosa: afecta tanto a musulmanes como a cristianos. No hace falta vivir mucho tiempo en el país para constatar que lo que se produce en el país es a menudo de una calidad ínfima por desidia de los trabajadores y provecho personal de cualquiera que ocupe un cargo de responsabilidad, sea al nivel que sea. Este hecho provoca verdadera frustración en todos los habitantes. La novedad desde la primavera árabe es que ya no se acepta atribuir las causas de esta crisis a las potencias extrajeras, con Israel y EEUU a la cabeza. Egipto ha tomado conciencia de que el problema es interno, y no dejarán de salir a la calle hasta que se vislumbre un comienzo de mejora.

¿Y ahora qué? Egipto vive sumida en un reto inmenso puesto que la situación no podrá mejorar a corto plazo. El turismo está perdido para este año y el aumento de calidad en la producción para poder exportar manufacturas y disminuir las importaciones (¡hasta de China!) no se consigue en un año. Más bien, el riesgo más probable es que el terrorismo islamista vuelva a aparecer en el país. En este caso, Egipto volvería a perder otra década para la democracia.

Si miramos nuestra propia historia, nada de esto debería extrañarnos (¡aunque sí dolernos!): nuestras incipientes democracias, desde la Revolución Francesa, fueron abonadas con muchos cadáveres y regadas con demasiada sangre.

Imagen extraída de: CNN México

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Jesuita. Profesor de teología y religiones en la Facultad de Teología de Granada (Universidad Loyola). Licenciado en filosofía por la UB. Licenciado en Teología por el Centro Sèvres de París. Doctorado en Estudios Islámicos por el EPHE (Sorbona de París) con una tesis sobre el místico sufí Ibn ´Arabî. Ha publicado con Cristianisme i Justícia Fundamentalismo (cuaderno 77, mayo 1997), Vidas Itinerantes (cuaderno 151, diciembre 2007), e Islam, la media luna…creciente (cuaderno 197, enero 2016).
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2 Comentarios

  1. Comparteixo el teu anàlisi Jaume, però,,, això, i ara què? Algú va dir “primer cal que tothom tingui pa, i desprès ja parlarem de democràcia”, és adir, si els militars aconsegueixen calma, serenor, garantí el pa de cada ja esta be i quan s’ha aconsegueixi tot això ja parlarem de fer eleccions. De totes maneres tal com molt be dius les causes de tots aquets aldarulls son molt profundes, moltes d’elles fora de les seves mateixes fronteres, i es que es ben veritat que hi ha tot un mon desajuntat,

  2. Gràcies Jaume.
    Els militars no podran ser ara la solució, perquè la revolució de fa dos anys va ser contra ells. Hi havia estabilitat però eren incapaços de reformar l’Estat per tal de donar prosperitat.
    Per tant, el dilema: ara pa i després democràcia no és del tot correcte en aquest cas.

    Hi ha un problema cultural profund: falta de formació, ínfim nivell educatiu, i falta de treball ben acabat, a més d’un problema estructural: corrupción generalitzada.

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