J. I. González Faus. [La Vanguardia] Las teorías son como grandes manchas de color: ayudan a ver y distinguir aunque luego, en la realidad, las cosas tienen muchos más matices. Puede ser útil, por ejemplo, hacer una caracterización completa de lo femenino y lo masculino, aunque luego nunca nos encontraremos ejemplos puros de esa teoría porque todos tenemos  pinceladas de ambos sexos. Y esto quizás sirva para otra de las divisiones más clásicas de nuestra vida no personal sino social: lo que solemos llamar derechas e izquierdas.

A grandes rasgos comenzaría diciendo: la gran tentación de la izquierda es la falta de responsabilidad, mientras que a la derecha la pierde su avaricia. Tanto la irresponsabilidad de unos como la codicia de los otros no son reconocidas por ellos. La derecha justifica su avaricia con la religión, falsificando a ésta por completo: a veces hasta da gracias a Dios por el éxito de sus ambiciones. La izquierda justifica su irresponsabilidad amparándose en el progreso, hasta llegar a pervertirlo: da por sentado que sólo podrá criticarla quien sea un retrógrado. Y así, mientras una dice creer en Dios, la otra afirma creer en el progreso, y las dos utilizan ese objeto de su fe como opio para apaciguar a sus víctimas. Una vive esperando que sus ideales sociales justifiquen su pereza. La otra espera que su afán de responsabilidad justifique su avaricia. La izquierda desconoce el pecado original; la derecha lo utiliza en provecho propio. La derecha se cree con derecho a vivir muy bien expoliando a los demás. La izquierda cree que el derecho a vivir bien consiste en que se lo den todo hecho. Por eso la izquierda quiere un estado que pague las consecuencias de todas sus imprevisiones (aborto gratuito, cáncer de pulmón, sida…) aun a costa de arruinar al erario público; mientras que la derecha se siente llamada a castigar, ejemplar e inmisericordemente, a todos los que la molestan. Aquella cree que todo vendrá dado mecánicamente con un cambio de estructuras. Esta se ampara en que lo importante es cambiar las personas, para negarse a todo cambio estructural. Ambas esperan ser justificadas meramente por su militancia (“soy progre y de izquierdas”, o “soy hombre de bien”) pero ninguna de las dos toma esa militancia como una exigencia de cambio de vida. La izquierda espera un mañana que nunca vendrá; la derecha se escuda con esa falsa esperanza de la izquierda para negarse a construir ningún mañana mejor.

La izquierda es en teoría universalista, pero su universalismo se reduce muchas veces  a proclamar para los demás lo mismo que busca para sí. La derecha suele ser individualista y agita sonoros gritos patrióticos: pero su patriotismo se reduce a que la patria soy o, a lo más, yo y los míos. Las izquierdas quieren cambiar el mundo pero creen tener ya la receta para ello y piensan que Marx y Nietzsche ya estudiaron bastante por todos ellos. Las derechas estudian más  pero sólo para buscar y justificar el máximo beneficio propio…

Cuando se enfrentan entre sí, la derecha se siente amenazada y suele volverse increíblemente agresiva. Las izquierdas se sienten superiores y suelen volverse despectivas. Ambas son intolerantes una con la otra; pero la derecha suele ser mucho más intolerante. En ambas existen personas particulares, que son modelos de responsabilidad y de solidaridad. Pero, por desgracia, son excepciones que no dan color a su facción.

En una palabra, la izquierda tiende a caer en la ley del mínimo esfuerzo, la derecha obedece a la ley del máximo interés. Si de aquí se deduce una necesidad de superar la antítesis derechas-izquierdas, muchos utilizan esa necesidad para proclamarse “de centro”. Pero, por lo general, el centro suele tener bastantes de los vicios de las otras dos ramas y pocas de sus virtudes. O se queda en esa tibieza a la que el libro del Apocalipsis califica de vomitiva.

En la historia de la primitiva iglesia, las derechas convertidas del fariseísmo estuvieron a punto de matar a san Pablo; y éste se cansó de reprender a los corintios por la irresponsabilidad con que acogían la libertad. En teología, al hablar de Jesucristo, dicen algunos que la derecha se ampara en la divinidad de Cristo para negar o escamotear su humanidad, mientras que la izquierda se aferra a la humanidad de Jesús para negar o alejar su divinidad. Y allí es donde se muestra de manera espectacular que los centros suelen tener los errores tanto de la derecha como de la izquierda: la reflexión sobre Jesucristo muestra que el verdadero camino tampoco reside en ese centro que no es ni carne ni pescado, sino en la totalidad: Dios y hombre a la vez,  Dios en su mismo ser hombre y hombre desde su ser Dios. Responsable y trabajador en la lucha por la justicia y la igualdad; solidario desde la responsabilidad y el esfuerzo.

No iría mal que todo eso nos sirviera de modelo.

 

imagen extraida de www.elpuntodelgazpacho.com

 

 

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Jesuita. Miembro del Área Teológica de Cristianisme i Justícia. Entre sus obras, cabe mencionar La Humanidad nueva. Ensayo de cristología (1975), Acceso a Jesús (1979), Proyecto de hermano. Visión creyente del hombre (1989) o Vicarios de Cristo: los pobres en la teología y espiritualidad cristianas (2004). Sus últimos libros son El rostro humano de Dios,  Otro mundo es posible… desde Jesús y El amor en tiempos de cólera… económica. Escribe habitualmente en el diario La Vanguardia. Autor de numerosos cuadernos de Cristianisme i Justícia.
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1 COMENTARIO

  1. Este artículo ya lo leí en La Vanguardia y como todos sus escritos y conferencias no tiene desperdicio. Nos da motivos para reaccionar y seguir como modelo, ni derechas ni izquierdas, seguir simplemente a Jesús de Natzaret.
    Gracias,

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