La cárcel disimulada con siglas

La cárcel disimulada con siglas

Lucía Montobbio. [El Ciervo] Todos los periodistas estamos comprimidos en un minúsculo espacio acordonado. Un fotógrafo asegura que no es buena señal, que no nos dejarán pasar, y cambia con enfado la batería de su cámara. Nos apartan para que dejemos paso a los antidisturbios. Entrarán por la puerta de atrás.

He venido en taxi porque no me daba tiempo a llegar en autobús. Antes de cogerlo, sabía que el taxista no tendría ni idea de cómo llegar: “A la calle E”. Me mira con signos de interrogación. “¿Sabes ir al polígono industrial de la Zona Franca de Barcelona?” Asiente y arranca en segunda.

Pocos conocen dónde está, tampoco para qué sirve, el Centro de Internamiento de Extranjeros, alias “el CIE”.

Pasamos frente a un, dos, tres, cuatro furgones azul marino. Voy guiando al taxista entre las fábricas. Me descarga a dos calles de la meta. Es ecuatoriano. Está nervioso. No sé si por los policías o por la explicación que le acabo de dar.

Los CIE nacieron para retener a personas inmigradas sin permiso de residencia. Esperan allí encerrados hasta ser expulsados a sus países de origen o hasta tener los papeles en regla y poder quedarse en España.

Camino. Qué remedio. Cruzo las vías oxidadas de lo que fue una estación de Renfe y, a partir de allí, en cada intersección me piden el DNI y la acreditación de periodista. Así paso todos los controles hasta la verja de entrada principal del CIE.

He estado aquí antes. Por eso sabía llegar. He acompañado a personas que están internas y no tienen a nadie en Barcelona.

Dentro del CIE existen cuatro cabinas telefónicas para comunicarse con el exterior. Son de pago, y las tarjetas telefónicas las proporcionan las visitas. Si no tienes amigos o familiares, no tienes visitas. Si no tienes visitas, no tienes tarjetas telefónicas. Si no tienes tarjeta no puedes llamar. Si no puedes llamar, es difícil que puedas hablar con el abogado de oficio. Si no hablas con tu abogado, no sabes por qué estás allí.

Por todo esto y más resulta práctico tener a alguien fuera, con libertad para deambular y que facilite la regulación jurídica de los internos. También ropa cuando aprieta el frío. Comida no se puede llevar aunque tengan hambre. Tabaco sí, para matar la angustia. La espera pone nervioso a cualquiera.

Seguimos en el minúsculo espacio acordonado. Dos periodistas empiezan a discutir. Llevamos media hora ceñidos entre cordones y conos, con mochilas y cámaras desperdigadas fuera del rectángulo. Esta vez no riñen por quién tiene derecho a la primera fila para tomar las fotos de Ignacio Ulloa, el secretario de Estado de Seguridad, que visita oficialmente el CIE de la Zona Franca de Barcelona. Se pelean por si es justo o no que ese edificio exista. Mientras uno defiende que “toda esta historia se asemeja a un campo de concentración”, el otro replica que “se lo merecen por ser unos delincuentes”.

Ulloa irrumpe en la escena con más de un coche oficial.

La llegada al CIE comienza a la salida del metro, cuando estás paseando o la salida del trabajo, de repente. La policía pide la documentación a personas inmigradas, y para ello cuentan con la pista de los rasgos físicos. Si no la tienen o está caducada, esa escena se convertirá en la puerta de entrada al CIE. Lo esposarán y se lo llevarán. Luego, con suerte, alguien le echará en falta y le buscará hasta dar con él.

Ignacio Ulloa ha convocado a los medios de comunicación para explicar las líneas generales que regularán el régimen de vida y funcionamiento de los Centros de Internamiento de Extranjeros. Además, nos invita a recorrer con él las instalaciones del CIE de la Zona Franca con el ánimo de cumplir con la política de transparencia.

El policía de la entrada nos hace un símbolo con la mano, invitándonos a entrar. El fotógrafo enfadado se carga el cordón policial. El resto le sigue en avalancha.

La primera zona del CIE ya la conozco. Son los locutorios. Las visitas y los internos están siempre separados por una mampara y se comunican con telefonillos de un lado a otro. Como en las películas, si funcionan. Hoy sí lo hacen, pero llevamos tres semanas hablando con los internos a grito pelado a través de las planchas de plástico.

Nos enseñan la enfermería, una habitación con una camilla. Y un póster. Los pósters son un tanto curiosos. Hay varios escampados en paredes desnudas. Algunos imprescindibles, por ejemplo uno verde con el que me topo: Piràmide de l’activitat física.

“Ay, me he olvidado las pastillas antisicóticas encima de la mesa”, le susurra la única enfermera a un colega.

Los internos no pueden hacer mucho ejercicio, solo disponen del patio. Su tamaño es más o menos el de una cancha de básquet, de esas que tienen los colegios para las ligas infantiles. La capacidad del CIE es de 236 personas. No está lleno, aunque sí que viven unos cuantos. Ahora están en el patio, rodeados por las fuerzas de seguridad. No podremos hablar con ellos.

Los recluidos en el patio se ponen nerviosos porque los están filmando y disparando fotos desde arriba, desde el segundo piso, donde están las habitaciones que comparten entre cuatro y seis internos. No tienen lavabo dentro, sí enfrente. Por las noches la policía cierra las puertas con llave. Si alguien tiene que ir al lavabo ha de gritar hasta que un polícía le abra.

Poner un lavabo dentro de las habitaciones sería fantástico, pero como nos explican durante la visita, España está en plena crisis económica, y el presupuesto no da para más: “Saben que la situación de presupuestos es muy complicada sobre todo para todas las administraciones públicas y para la sección policial. Estamos viviendo una crisis. Esta limitación con los centros es muy especial. Tras la aprobación de un reglamento que precisa más cuáles son los derechos y condiciones del interno, pues probablemente haremos algunas obras pero que pretenden ser menores”.

Después de pasar por la cocina y el comedor, acabamos en la biblioteca. Aquí es donde se hará la rueda de prensa. Aquí también es donde se han denunciado malos tratos.

Un periodista pregunta: “Muchas ong hablan de maltratos, no sé si ustedes lo niegan, o si ha habido algún tipo de maltrato en este centro”. La parte interesada alega que los internos se autolesionan para poderse quedar más tiempo en España. “Son todas personas que vienen de una realidad peor de la que han tenido en España y evidentemente esto incrementa, a medida que se acerca la fecha de su expulsión, su angustia hasta el punto que se llevan a cabo autolesiones. La norma no puede ser aplicada con sentimentalismos. Es muy duro decir esto, pero esta es la realidad de un CIE”.

En segundo plano se oyen gritos de los internos. Algunos se quejan de la presencia de los periodistas, otros nos dictan lo que hemos de escribir. La noticia está ahí, detrás de nosotros, en el patio.

Los que tenemos delante nos aseguran que los del patio son personas peligrosas. Quizás algunos lo sean, pero también los hay sin ningún antecedente penal. Resultaría más fácil escuchar si no conociera la versión de cada parte.

Desconecto.

Tengo ganas de irme.

Vuelvo a casa.

Después de media hora recibo una llamada. Un interno nos ha hecho saber que cuando ya no quedaba ningún periodista, y como ellos estaban muy nerviosos, ha habido golpes y carreras.

Los antidisturbios habían entrado por la puerta de atrás.

Imagen extraida de: liniasants.comunicacio21.cat
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