El arrepentimiento, antídoto de la banalización del mal

Javier Vitoria. [Publicado en El Correo]. El ministerio del Interior no ha permitido a Carmen Guisasola participar en el Congreso sobre Memoria y Convivencia celebrado en Bilbao. La antigua militante de ETA está arrepentida de su pasado de violencia asesina, y había sido invitada a hablar de su arrepentimiento. Desconozco los términos en los que lo expresa y me hubiera gustado escucharla en directo. Me parecen tan imprescindibles para la futura convivencia de la sociedad vasca las narraciones de las víctimas como los relatos de los verdugos arrepentidos.

En este mismo periódico (4/09/2004) Bernardo Atxaga decía: «Cuando una persona mata a su vecino, aparece el mal absoluto. Y luego vienen los daños, las consecuencias, las heridas que tardan tanto en cicatrizar. Yo creo que dentro de 20 años todos, excepto algún rezagado, pensaremos que nunca tenía que haber existido violencia en el País Vasco, pero aún cargaremos con eso en nuestra conciencia». Casi ocho años después, ETA ha desistido de utilizar la violencia y la izquierda abertzale ha renunciado a apoyarla como arma política. La noticia ha supuesto un enorme alivio social. Sobre todo para la población de riesgo: los ciudadanos amenazados. Pero el desistimiento de unos y la renuncia de los otros no se han producido por razones morales, sino estratégicas. La violencia como arma política era contraproducente para sus intereses, pues les alejaba más y más de sus objetivos. Pero todos ellos se han negado a condenarla por inmoral. Entre nosotros todavía existen incontables «rezagados» que no cargan en su conciencia con el mal absoluto de la violencia terrorista. En algunos lugares de este pequeño país no son la excepción, sino la regla. «Rezagados» con nombres y apellidos muy conocidos, que aparecen a diario en los medios de comunicación, que con legitimidad democrática gobiernan impasible el ademán algunas de las más importantes instituciones democráticas de la CAV y que quizás vayan a tener la oportunidad de formar parte de gobierno de este país en la próxima legislatura por obra y gracia de los votos de varios cientos de miles de ciudadanos y ciudadanas «rezagados».

La historia de ETA ratifica el dictamen sobre la banalidad del mal de Hannah Arendt. Las monstruosidades de ETA no las han cometido monstruos, sino hombres y mujeres normales. No han sido monstruos depravados ni pervertidos, aunque nosotros los hayamos (des)calificado con adjetivaciones semejantes. Son «terriblemente normales» y no, «sobrehumanamente inhumanos». Si se prefiere, son copartícipes de la «locura ordinaria» que sufre la inmensa mayoría de los seres humanos. También los vascos. Son gente estándar que seguramente si hubieran vivido en Andalucía o en Galicia nunca hubiéramos sabido acerca de los actos horribles que eran capaces de cometer. ¿Quién se hubiera atrevido a imaginar que aquel chaval simpático y bien educado que tan solícitamente acompañaba a su “amama” al ambulatorio se iba hacer famoso por poner bombas o por liquidar de un tiro a su vecino de siempre? ¿Quién hubiera adivinado que aquel joven abatido y afligido por la derrota del Athletic era capaz de burlarse del dolor de la viuda de un asesinado por ETA? ¿Quien podía sospechar que aquella mujer del barrio que todas las mañanas al pasar saludaba sonriente a sus vecinos, les hostigaría y vejaría durante muchos meses por el simple hecho de manifestarse silenciosamente a favor de la liberación de un secuestrado por ETA? ¿Qué efecto diabólico convirtió a tantos buenos, alegres y combativos ciudadanos vascos y durante tanto tiempo en monstruos capaces de hostigar, secuestrar y asesinar a conciudadanos suyos, bajo la imputación de intenciones perversas para la patria y la convicción de que no eran de los suyos, es decir, de pertenecer a una casta inferior de seres humanos?

Cuando hace más de cuarenta años irrumpió la inicial acción violenta de ETA en la historia vasca, inmediatamente su repetición se hizo más probable y más fácil que la primera vez. Las sucesivas repeticiones fueron estructurando el mal de la violencia, lo volvieron más invisible y más insignificante a pesar de su escalada en el horror. La interconexión entre irreflexión y maldad ha hecho posible la banalización del mal en Euskadi de la misma manera que en la Alemania nazi. Hoy todavía un número considerable de vascos considera que el exterminio del otro es un simple «daño colateral» y no un crimen fratricida.

En este contexto los procesos de arrepentimiento de los verdugos son muy importantes para el futuro de la convivencia en la sociedad vasca. Juntamente con el recuerdo del sufrimiento de las víctimas inocentes, es el mejor antídoto contra la banalización del mal. Verifican que también quienes un día practicaron la barbarie terrorista son capaces acogerse a una segunda oportunidad de humanización y de reinserción social. No todo estaba corrompido en su corazón. Y permiten creer con Albert Camus y a pesar de «la peste» terrorista, que «en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio».

Por todo ello me parece un error la incomparecencia forzada de Guisasola. Y un monumental disparate unas palabras sobre el asunto de A. Basagoiti, que banalizaban su arrepentimiento. La contrición de un recluso es un objetivo prioritario de las políticas penitenciarias en las democracias avanzadas. Si se alcanza un líder político debiera congratularse de ello sin echar las campanas al vuelo. Como reiteradamente muestran las escenas televisadas de los juicios enla Audiencia Nacional, los fracasos de esta pretensión democrática son mucho más numerosos que sus éxitos. El arrepentimiento de un victimario –y no el conjunto de su biografía- es un espejo en el que muchísimos ciudadanos vascos necesitan mirarse para aprender a cargar con el mal de la violencia. ¡Ojalá cunda el ejemplo para bien de la convivencia!

Imagen extraida de: elpais

 

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