F. M. I.

F. M. I.

J. I. González Faus. El Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial se fundaron en la conferencia de Bretton Woods en 1944 para construir “un nuevo orden monetario internacional” cuando acabara la guerra. Cincuenta años después, la comisión de pastoral social del episcopado español (no sospechoso por tanto de veleidades izquierdosas) publicó un documento donde se afirmaba que las instituciones y estructuras del comercio mundial (entre las que se citaba al FMI) “están en manos de los países desarrollados y se mueven según su propia lógica y según sus propios intereses que van en dirección opuesta a los de los países pobres”. Entonces no era cosa de hacer mucho caso porque nosotros no estábamos entre los países pobres… Pero hoy, en una crisis económica que hasta J. C. Trichet califica no de ocasional sino de “sistémica” y por mor de esa hambre del oro que es insaciable, tienen muchos la sensación de que las políticas del Fondo afectan también a los menos ricos de entre los países ricos. Y que aquel “nuevo orden monetario” sólo ha sido un  “más de lo mismo”. ¡Nunca mejor dicho! Pero ¿por qué?.

En mayo del 2011, la misma Oficina de evaluación independiente del Fondo, dio a conocer un informe (“Research at the IMF: relevance and utilization”) en que se denunciaban “autocensura”, “sesgos ideológicos” e “incapacidad repetida… para citar puntos de vista alternativos”. En él se concluye que las investigaciones del FMI no sirven para alimentar la reflexión estratégica sino para legitimar sus presupuestos ideológicos; y que “la mayoría de las conclusiones y recomendaciones… no se apoyan en los análisis”. Los investigadores que trabajan para el Fondo se confiesan “a menudo obligados a que sus investigaciones coincidan con las posiciones del FMI”, por lo que el Informe recomienda que esos investigadores puedan “tratar las problemáticas sin conclusiones preconcebidas y sin mensajes que transmitir”. Un punto señalado como decisivo es que El FMI tiene una auténtica obsesión por la reducción de impuestos sin dejar “ningún espacio a la redistribución ni al desempleo”. Y llovía sobre mojado: porque otro informe de enero sobre cómo se había comportado el FMI en los momentos anteriores a la crisis económica (del 2004 al 2007), denunciaba que “la capacidad para detectar convenientemente los riesgos se había visto frenada por un alto grado de pensamiento doctrinario y un a priori intelectual”.

Son públicos algunos ejemplos de esta incapacidad: meses antes del derrumbe de Lehman Brothers que fue uno de los detonantes de la crisis económica, el FMI declaraba que la entidad estaba “en buena  situación financiera y los riesgos parecen bajos”. Hace menos de dos años, el Fondo ponía a Irlanda como modelo y exhortaba a imitarla: hasta se hablaba del “milagro celta”. Y cuando estalló la burbuja e Irlanda amenazaba con quebrar, el FMI seguía recomendando sin inmutarse las mismas recetas que llevaron a Irlanda al desastre… Uno se acuerda del chiste aquel que terminaba: “macho ¡qué carrerón llevas!”.

La infalibilidad del papa (que sólo vige en circunstancias muy limitadas, casi impracticables) se queda pequeña al lado de la infalibilidad del FMI, aunque haya que concederle a éste una gran ventaja sobre Roma y es la existencia de esa Oficina independiente de evaluación que hemos citado y que Roma no tolera de ningún modo. Pero resulta incomprensible que haya tantas gentes que, no creyendo en la infalibilidad del papa, creen en la infalibilidad del FMI que es mucho más peligrosa: porque no se ciñe a temas celestiales como la asunción de María, sino a cuestiones muy terrenas y serias que ponen en juego la vida de muchas personas. En los países de África, la receta que el FMI ha impuesto para prestar dinero ha sido siempre la misma: mate Vd. de hambre a varios miles de personas y verá qué bien le van las cosas a sus ricos. Aún resuenan los comentarios de J. Neyrere, antiguo presidente de Tanzania: si sigo las órdenes del Fondo necesitaré gastar en policía, para acallar protestas y disturbios, mucho más dinero del que van a prestarme… Las lágrimas y la sangre que ha hecho derramar el FMI para ayudar a los ricos de muchos países son más que las de cualquier tsunami o terremoto de los últimos tiempos. Tanto que quizás ha llegado el momento de que el delito ese de “homicidio imprudente” (vigente en otros campos como la medicina o el tráfico rodado) se aplique también a estos gendarmes de la economía mundial.

En contraste ahí está Argentina que, en una crisis de las más duras que ha pasado ningún país, decidió no hacer caso al FMI y, naturalmente, pasó una época bien dura, pero hoy está creciendo al 8%.

Acabemos pues evocando aquel soldado americano, protagonista de una de las mejores novelas de Gaham Greene (El americano impasible), cuyo título parodiado puede servirnos para entender las mayúsculas que dan nombre al FMI. Propiamente significan: “Fundamentalismo Monetario Imperturbable”.

Dicho sea todo en homenaje a la nueva directora (Christine Lagarde) que parece haberse dado cuenta de algo de eso. Ya veremos cuánto dura.

http://lahistoriadeldia.wordpress.com/2011/06/16/un-fmi-util-de-nuevo-pero-%C2%BFpara-quien/
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