Mª Dolors Oller. Estamos a las puertas de una nueva consulta electoral, esta vez para elegir nuestros representantes a las Cortes Generales y que, en consecuencia, posibilitará el relevo en la Presidencia del Gobierno español. El contexto en que se convocan estas elecciones generales viene marcado por la grave crisis económica global en la cual estamos inmersos y por el desprestigio de la política, a consecuencia de un peligroso divorcio cada vez más grande entre representantes y representados. Las movilizaciones del 15-M en muchas ciudades españolas, reavivadas estas últimas semanas, han catalizado la indignación de buena parte de la sociedad contra una manera de hacer política de espaldas a la ciudadanía más propia de una época de “despotismo ilustrado” que de un sistema que se considera democrático.

No obstante, la política constituye la actividad humana por excelencia: sus raíces se encuentran en la naturaleza social del ser humano y es esencial para poder convivir. No podemos prescindir de la política: nos es necesaria precisamente para poder transformar la realidad en un sentido de mayor equidad y justicia. La solución a la crisis que sufrimos no pasa por estigmatizar a los políticos. Pueden hacerlo mejor o peor y algunos, ciertamente, han caído en la corrupción, pero otros se mantienen íntegros y tienen vocación de servicio. Y en cuanto a la corrupción, es obvio que esta no es exclusiva de la clase política. En realidad, un país tiene la política que se merece o que es capaz de producir, porque los representantes acaban surgiendo de la sociedad que hemos creado. De ahí la importancia de una ciudadanía madura, critica e implicada en el quehacer colectivo.

Si otro mundo es posible sólo se podrá construir con la fuerza de la mayoría, cuando tome cuerpo y predominio sobre la fuerza de las minorías privilegiadas, de los poderes oscuros. Y la fuerza de la mayoría se articula mediante la política y se expresa y se legitima a través de la democracia. Una democracia que hace falta, eso sí, profundizar porque hay muchas cosas que no funcionan y no merecen el nombre de tal. En definitiva, si de verdad pensamos en un mundo más humano, este no se podrá edificar de espaldas a la política sino a través de ella. En todo caso, hará falta que nos planteamos “otra manera de hacer política”, no su eliminación. Cómo también hace falta que avanzamos hacia un nuevo modelo de democracia, más participativo, que permita canalizar las demandas de la ciudadanía para que los poderes públicos no sólo gobiernen para el pueblo, sino también con el pueblo.

Ahora bien, sin ética no hay política. No valen todos los medios ni cualquier método para lograr algún objetivo. La ética mantiene la política dentro de los límites de lo que es humano y la ayuda a no caer en el uso de la violencia, la manipulación o cualquier tentación que conduzca a la negación de la verdadera política. El bien común es el principio y la finalidad ética de la política. Y el poder tiene que ser concebido como un medio al servicio del colectivo, y siempre tiene que respetar la dignidad de la persona humana, promoviendo los derechos que le son inherentes. Y hoy más que nunca necesitamos no quedarnos sólo con una ética en el plan personal (individual e interpersonal) sino que necesitamos una institucionalización de lo que se ético que nos permita avanzar hacia un estado de justicia a través de la democratización real económica, social y política.

Pero hay que ser conscientes de que el desprestigio de la política que hoy vivimos se da en gran parte por haber confundido esta con los partidos, las instituciones, las organizaciones del estado. Y hoy en cierto modo podemos empezar a hablar de un “regreso de la política”, pues estamos asistiendo tímidamente a la emergencia de la acción desde la sociedad civil como lo demuestra el fenómeno del 15-M, haciendo honor al pueblo, que es donde recae la soberanía en toda organización política democrática. La democracia no se construye cada cuatro años. Se tiene que construir cada día. Para hacerlo hacen falta nuevas maneras de hacer política, nuevos estilos y nuevos instrumentos que permitan canalizar las demandas de la ciudadanía para que los poderes públicos no sólo gobiernen para el pueblo, sino también con el pueblo. El buen ciudadano no es quien vota de vez en cuando; es quien vigila permanentemente e interpela a los poderes, los critica y los juzga.

La nueva política que necesitamos haría falta que fuera:

– Una política que pueda hacerse de múltiples formas, desde las instituciones y desde la sociedad. En el mundo de la globalización hay que predicar una horizontalidad de la política, que opere a partir de una pluralidad de actores que tengan la capacidad de converger en problemas comunes y, al mismo tiempo, sin dejar de estar arraigados en su propio terreno social.

– Una política que conjugue el corto y el largo plazo para no quedar cautiva de la inmediatez y que sea capaz de integrar la diversidad. Esto exige a la vez apertura de mente y de espíritu y proceder con una visión más integral, más holística de la política.

– Una política capaz de reconocer la necesidad de su carácter supranacional, así como la importancia de vincular lo global con lo local.

– Una política que ayude a hacer realidad un “horizonte compartido” o bien común, que tiene que ser también repensado desde la asunción del nuevo paradigma político, basado en la coordinación como valor y manera de proceder fundamental.

– Una política que para ser transformadora tiene que estar firmemente arraigada en una ética de la justicia, que esté también configurada como ética del límite y de la moderación y, por lo tanto, que ayude a romper con la identificación entre el “ser” y el “tener”.

– Una política que sea capaz de integrar valores y lógicas opuestas, pues la era de la globalización es también la era del intento de conjugar aspectos y procesos que parecen diametralmente irreconciliables (global/local, universalismo/particularismo, identidad/globalidad, integración/disidencia, igualdad/diferencia, participación/autonomía).

http://acampadalagomera.blogspot.com/2011_05_01_archive.html
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Doctora en Derecho por la UB. Profesora de Moral Social en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB). Ha sido Profesora de la Business & Law School ESADE (URL). Ha publicado numerosos artículos y algunos cuadernos de Cristianisme i Justícia (CJ), entre los que se encuentran: "Ante una democracia de 'baja intensidad'" (1994), "Un futuro para la democracia" (2002) y "Construir la convivencia. El nuevo orden mundial y las religiones" (2008). Asimismo, es autora del libro Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada, desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados (Sal Terrae 2017). Es miembro del equipo de CJ y participa en los grupos de trabajo sobre Religiones y Paz y Noviolencia cristiana y en el Seminario interno del Área Teológica. En Justícia i Pau Barcelona está integrada en el eje de acción "Paz, Diversidad y Democracia", es miembro de la Red Interreligiosa por la Paz (CHIP) y participa en un Grupo de Diálogo del Barrio de Gracia, impulsado por el Asociación Unesco para el Diálogo Interreligioso e interconviccional (AUDIR).
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2 Comentarios

  1. D’acord, d’acord Dolors!! ho explicites molt de be, però em dona la sensació que les teves paraules son com gotes d’aigua que cauen al mar, és a dir que no “trepitgen terra ferma” Dius, -que un altre mom és possible- jo francament llanço la mirada en la nostre historia com a essers humans i el que veig es sempre el mateix mon, o sia que el més fort s’engola al més feble, així com que el esser humà es corrupte, gairebé tot hom cau en la trampa del diner i del poder… I sí, es veritat és en la política on cal intentar regenerar, desemmascarar, encarrilar uns projectes ètics que emanin de tos esser bo, però! ai, ai, Dolors… Mira; els que hem estat en política sabem que anem a “ells com corders enmig de llops”si els aplaudim no ens mosseguen, però si ens hi posem travessers… t’espedaça’n (…) Parles de que la política és faci per al be comú, i asclà que si! però,,, jo el que veig es que gairebé es impossible fer una política per al be comú sense perjudicar a altre, més concretament, no és por afavorir a uns sense perjudicar a uns altres (…)
    Be Dolors, com et deia el teu escrit esta mol de be, és mol maco, ara el que caldria és que algú el poses en pràctica…

  2. Gràcies, Jaume, per les teves observacions, però en sembla que ets molt pessimista. No sóc una ingènua i tinc edat suficient per haver-me sentit decebuda per moltes coses. Sóc conscient de les dificultats per reformar una forma de fer política que, en el fons, perverteix la democràcia i tinc molt present perquè passa això. Però crec que en els humans hi ha una barreja de llums i de ombres. No tot és ombra. L’ésser humà és capaç també de coses sublims. I avui podem constatar que en la realitat social hi ha sensibilitats que no hi eren fa uns segles. Penso també que les reformes han de partir de dins de les institucions beró també, i molt primordialment, de fora. Aquesta ha estat una constant històrica. Per això, la importància d’una opinió pública madura i crítica i també de la vertebració associativa del teixit social, doncs necessitem contrapoders que ajudin a canviar de rumb. Ningú diu que això sigui fàcil ni d’un dia per l’altra. Com a creient cristiana aposto per fer vida l’ utopia evangèlica de la fraternitat. I cal tenir en compte que aquesta utopia no és quelcom no present encara: per la fe creiem que aquestes “noves relacions” han començat en Jesús i per Jesús. La seva Resurrecció funda precisament la fraternitat; el seu Esperit està dins la historia i dins cada ésser humà, en sigui o no conscient, impulsant en aquesta línea. Cal saber mirar la realitat amb una altra mirada capaç de fer-nos copsar les llavors de transformació, les llavors de futur presents en el nostre avui, per tal de tenir-ne cura i ajudar a que donin fruit. No hi ha lloc per la desesperança, com tampoc no hi ha lloc per la ingenuïtat: cal obrir els ulls a la realitat i analitzar el que està passant. No podem quedar-nos de braços plegats, implicant-nos socialment i política en la mesura de les nostres possibilitats.
    Mª Dolors Oller Sala

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