Sortu

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José I. González Faus. Creo haberme significado con suficiente nitidez en la condena del terrorismo etarra ya desde sus comienzos. Tuve incluso algún pequeño problema o desencuentro por ello que no vale la pena reseñar aquí. Si digo lo anterior es para que no se malentienda lo que va a seguir.

Parece haber una clara coincidencia en que los estatutos del nuevo partido son jurídicamente correctos. Todo lo que se les ha objetado es que son “políticamente insuficientes (aunque supongan un paso adelante)”, que sus autores son del entorno de ETA y que el nuevo partido no supone la desaparición de la banda criminal.

Si esas informaciones son correctas, la tesis de estas líneas es que no legalizar hoy a SORTU constituiría, a pesar de todo, un error histórico, democrático y ético.

1.- Un error histórico porque la única manera de acabar con ETA es que ella se decida a disolverse, no que la exterminemos nosotros. En este último caso sería como el cáncer extirpado que vuelve a reaparecer luego de un tiempo. En tiempos de Farabundo Martí se exterminó a más de 30.000 salvadoreños y pareció que se había acabado el peligro. Pero treinta años más tarde reaparecía el FMLN con todas las antiguas reivindicaciones. Y aún más claro: tras la primera guerra mundial, Keynes (que no era ningún progresista sino persona con sentido común) avisó de que imponer a la vencida Alemania una paz cruel no aceptada por ella (como fue la paz de Versalles) no era la forma de acabar con el peligro alemán. No se le hizo caso y una generación más tarde Hitler catalizó todas las heridas que aquella paz dejó abiertas en Alemania y el fanatismo que ellas habían encubado. Lo que ocurrió no hace falta volver a contarlo porque lo sabemos todos. Sospecho por eso que una ilegalización serviría para unir a una ETA ya mortalmente dividida, mientras que la admisión al juego democrático contribuirá a su fragmentación

O con otras palabras: para que una ETA ya derrotada desaparezca definitivamente y no temporalmente como el Guadiana, se precisa una justificación, por aparente que sea, que le dore la píldora y le haga digerible la derrota y aceptable su desaparición.

2.- Si este juicio histórico puede ser discutible me parece mucho más definitiva la razón democrática: precisamente porque somos demócratas debemos aceptar los estatutos de SORTU si son jurídicamente correctos y aunque nos parezcan políticamente insuficientes. Pues la democracia es el “imperio de la ley” y no la imposición del propio juicio político. Vale la penar recordar que, cuando nuestra transición tras la muerte de Franco hubo quienes se oponían a la legalización del PC alegando que “los comunistas no son demócratas”. Pero la pregunta era más bien si lo éramos nosotros. Y gracias a Adolfo Suárez conseguimos serlo. Muy probablemente, un partido comunista no legalizado entonces, conservaría hoy mucha más fuerza de la que tiene. Por eso me resulta sospechoso el repetido y sonoro calificativo (“los demócratas”) que suelen atribuirse quienes se oponen a la legalización de SORTU: como si quisieran convencerse de que lo son, precisamente en la hora en que no actúan como tales. Porque puestos a ser coherentes, si no se legaliza a SORTU habría que pedir la ilegalización del Partido Popular que nunca ha condenado explícitamente el franquismo y que recoge en sus filas a muchos de sus congéneres ideológicos y hasta alguno de sus actores políticos.

Si SORTU miente ahora en su rechazo de la violencia será inevitable que acabe actuando en contra de lo que dice y entonces será el momento de que caiga sobre ellos todo el imperio de la ley: pues la democracia no juzga ideas sino actuaciones.

3.- Finalmente, sería bueno que examináramos si, en ese afán porque los antiguos batasunos no entren en la vida política, no late en nosotros una sutil sed de venganza revestida de hambre de justicia. Venganza comprensible por el inmenso dolor que esos bárbaros causaron unas veces en tragedias personales irreparables y otras dejando en ridículo a quienes creyeron en su voluntad negociadora. Sé bien que esto exige de los colectivos de víctimas una gran generosidad y que piensen más en evitar dolores futuros que en su propio dolor presente. Por eso puede ser bueno recordar que nadie resulta más fuerte que quien es capaz de perdonar.

Puedo reconocer que la ilegalización de Batasuna fue políticamente acertada porque ha contribuido claramente al actual rechazo de la violencia (nombrando incluso a ETA en ese rechazo). Puedo añadir que siento un particular horror humano a todo lo que sea terrorismo y que se me considera más bien “frígido” cuando se trata de sentimientos nacionalistas. Pero si las condiciones jurídicas se han cumplido (cosa que toca decidir a los jueces y no a mí), entonces se impone que nosotros procuremos ser honestos éticamente, correctos democráticamente y sabios desde el punto de vista histórico.

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