Nani Vall-llosera. Tras meses de presiones de la industria farmacéutica y de grupos afines, el parlamento europeo aprobó el 24 de noviembre la propuesta de normativa sobre el derecho de los pacientes a recibir información «objetiva, imparcial, fiable y sin fines promocionales» sobre medicamentos de venta con prescripción médica. Ésta es una muy mala noticia porque la liberalización de la información sobre medicamentos para que sean los fabricantes quienes la proporcionen, allana el camino hacia la publicidad directa al consumidor (PDC). Es difícil no pensar en esta intención encubierta, cuando esa información «objetiva, imparcial, fiable y sin fines promocionales» estaba garantizada hasta ahora por el informe público de evaluación de medicamentos, la ficha técnica y el prospecto, herramientas que sin duda deben mejorarse y diversificarse, pero que cumplen estrictamente los requisitos mencionados.

No parece la industria farmacéutica la más indicada para dar la información, dado que su objetivo fundamental, que alcanza con gran éxito, es el beneficio económico. No en vano se trata del tercer sector económico mundial, sólo superado por la industria armamentística y el narcotráfico. Dar libertad a las farmacéuticas para informar de beneficios, riesgos, indicaciones y contraindicaciones de los fármacos que comercializan, y que tanto dinero han invertido en poner en el mercado y promocionar, es poner en peligro la calidad de la información y la salud de los pacientes.

Los médicos sabemos de los sesgos de la información que nos presenta la industria, conocemos los casos de ocultación de resultados científicos negativos en cuanto a eficacia y a riesgo, incluso de muerte -sólo por mencionar algunos: Vioxx de Merck, Avandia de GlaxoSmithKline, Lipobay de Bayer, que sólo se retiraron después de tiempo de comercialización ganado mediante una pertinaz litigiosidad- y, pese a nuestra formación, sucumbimos a menudo a su poder de persuasión, a la fuerza del marketing. Cuánto más vulnerables serán los pacientes, ávidos de curarse y de prevenir cuanta patología, real o inventada por la industria (disease mongering), pueda condicionar su salud o su calidad de vida. Y entre los pacientes, serán los pobres los más indefensos, por la falta de formación y de acceso a otras fuentes de información que a menudo conlleva la pobreza.

La propia Organización Mundial de la Salud, que en el pasado reciente (recordemos la gestión de la gripe A) no ha destacado por su defensa de la población frente a la codicia de la industria farmacéutica, se muestra claramente contraria a la publicidad directa al consumidor[i]. Señala que la PDC tiene como objetivo el uso rápido y amplio de nuevos medicamentos antes de que se conozcan plenamente los riesgos o beneficios y que la realidad de las experiencias existentes en países como Estados Unidos o Nueva Zelanda, contradice el objetivo de proporcionar mejor información a los pacientes porque la mayoría de los medicamentos nunca son anunciados al público. Los 10 medicamentos principales, en los que se invierte un 40% del gasto en publicidad directa, son típicamente costosos y están destinados al uso a largo plazo por un amplio público. Incluyen tratamientos para problemas corrientes y moderados, como son la alergia y trastornos del “estilo de vida”, incluida la calvicie, la impotencia y la timidez. Todo lo anterior ha contribuido al crecimiento exponencial del gasto farmacéutico y también ha afectado las relaciones médico-paciente en estos países: las tensiones han aumentado, muchos médicos se sienten presionados por sus pacientes a prescribirles un medicamento cuya publicidad han visto o leído y una gran mayoría puede recordar por lo menos algún caso de discusión con pacientes debido a la PDC.

Convertir al paciente en consumidor y la salud, en un mercado, entraña graves peligros éticos. Están en juego la no maleficencia, la beneficencia, la justicia y la autonomía de los pacientes. Y dejar al médico prescriptor como único mediador en la relación desigual entre la industria farmacéutica y el paciente es un atropello que desvía del verdadero objetivo de nuestro trabajo y genera impotencia y frustración.


[i] Boletín de medicamentos esenciales – No 31. 2002. Organización Mundial de la Salud.

http://apps.who.int/medicinedocs/fr/d/Js4939s/7.5.html

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Médica de familia en el CAP de Bon Pastor (Barcelona). Ha trabajado como médica en varios países del sur; con el Chad en el corazón. Conoce el CIE de Zona Franca y muchas historias de vida y sufrimiento de hombres que han sido privados de libertad en sus instalaciones. Forma parte del FoCAP, Fòrum Català d’Atenció Primària, que defiende una sanidad pública universal centrada en la atención primaria, donde se practica una medicina especializada en personas.
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