Dolor Oller. Los momentos de crisis como los actuales son idóneos para vivirlos como oportunidad para saber vislumbrar las posibilidades emergentes que podemos encontrar en la realidad y también, desde nuestra fe, para saber leer los «signos de los tiempos» desde los que el mismo Dios nos está hablando y moviendo a la acción. Momentos idóneos, pues, para preguntarnos qué tipo de sociedad y de mundo queremos construir y qué modelo de ser humano debe ser el protagonista.

La historia nos enseña que sin un profundo cambio en nuestros hábitos y estilos de vivir como mucho pondremos parches y no iremos a la raíz de las causas de la situación que estamos viviendo, que tanto sufrimiento lleva a muchos hermanos nuestros. Y en este sentido, nos es urgente un cambio en los valores, pues sólo así podremos impulsar los cambios estructurales profundos que nuestra sociedad y nuestro mundo necesitan.

Anclados como estamos en la cultura de la satisfacción y a pesar de las consecuencias de la crisis que se hacen sentir, a menudo pensamos en la abundancia en que vivimos como un derecho adquirido, resultado de un modelo de organización y desarrollo que es el único válido, pero no caemos en la cuenta de las profundas disfunciones de este modelo que satisface necesidades, pero sólo si se pueden pagar, lo que cuestiona de lleno su valor ético. Porque, ¿cómo hablar de desarrollo y riqueza cuando se está haciendo en gran parte a costa del agotamiento de las energías ecológicas y sobre la base de un control desigual de los recursos? ¿Cómo alabar las grandezas de un sistema que deja tantas víctimas en las cunetas de la historia? En definitiva, ¿podemos hablar de un modelo socio-económico justo cuando no pueden ser exportables sus niveles de consumo en todo el mundo?

Urge que a nivel planetario, pero empezando por nosotros mismos, hacemos pasos para cuestionar y romper con el mito del desarrollo. Es decir, con una visión de la vida y de la historia que considera sostenible en el tiempo y extensible en el espacio el modelo de crecimiento dominante. Este modelo no es posible ni alcanzable y ha servido para aumentar el dominio, la desigualdad y la exclusión de las mayorías de nuestro mundo. La naturaleza no tiene capacidad para extender el modelo de consumo a toda la humanidad. Por eso necesitamos plantear seriamente un debate sobre qué entendemos por progreso, por desarrollo, por calidad de vida hoy, en pleno siglo XXI.

Por eso también debemos tener claro que la ética debe jugar un papel fundamental en todos los ámbitos de nuestra vida y en especial en la construcción de un futuro mejor. La ética individual y la ética comunitaria, la ética en el poder y en la sociedad civil organizada que actúa como contrapoder en los sistemas democráticos. En este sentido, y ante los retos que la globalización nos plantea como humanidad, se impone una ética del límite y de la moderación que rompa con la identificación entre el «ser» y el «tener». Una ética, en definitiva, de la solidaridad que sólo podrá ser transformadora de las estructuras de injusticia, si ayuda a construir personas austeras, sobrias. Lo que se trata, pues, es ser capaces de prescindir de muchas cosas que en absoluto necesitamos.

La austeridad es una actitud de vida que constituye una réplica al materialismo que está en la base del consumismo. El consumismo nos ajena y nos hace ser esclavos de las cosas. La austeridad, en cambio, nos ayuda a dar a los bienes materiales su justo valor. Liberados los objetos que nos ahogan nos encontramos con las personas, y también a nosotros mismos. La austeridad, la moderación, la sobriedad van encaminadas a percibir los bienes como un medio para satisfacer las necesidades de subsistencia y para compartir con los demás. La austeridad consiste en tener lo que hay, lo que es necesario, pero a la vez también en saberse liberar de lo excesivo y desmesurado. Lo que hace a una persona sobria, no lo olvidemos, no es lo que tiene sino como vive el que tiene: es una persona sencilla, desprendida, generosa. Como ya hemos dicho en otra ocasión, sólo las personas austeras pueden ser de verdad solidarias, con una solidaridad transformadora no sólo de los corazones sino también de las estructuras injustas.

El valor de la austeridad debe adquirir una dimensión que supere el ámbito de lo privado para convertirse en una virtud cívica con todas sus consecuencias. Porque la virtud de la austera autolimitación no sólo orientada a cambiar estilos de vida individuales, sino también los sociales y públicos. La austeridad asegura, en este sentido, el auténtico progreso, el inclusivo; aquel que tiene en cuenta la integridad de la persona, en todas sus dimensiones, materiales y también espirituales y a la vez incluye a todo el mundo. La verdadera riqueza no radica en tener más, sino en no necesitar tener más que los demás.

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Doctora en Derecho por la UB. Profesora de Moral Social en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Barcelona (ISCREB). Ha sido Profesora de la Business & Law School ESADE (URL). Ha publicado numerosos artículos y algunos cuadernos de Cristianisme i Justícia (CJ), entre los que se encuentran: "Ante una democracia de 'baja intensidad'" (1994), "Un futuro para la democracia" (2002) y "Construir la convivencia. El nuevo orden mundial y las religiones" (2008). Asimismo, es autora del libro Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada, desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados (Sal Terrae 2017). Es miembro del equipo de CJ y participa en los grupos de trabajo sobre Religiones y Paz y Noviolencia cristiana y en el Seminario interno del Área Teológica. En Justícia i Pau Barcelona está integrada en el eje de acción "Paz, Diversidad y Democracia", es miembro de la Red Interreligiosa por la Paz (CHIP) y participa en un Grupo de Diálogo del Barrio de Gracia, impulsado por el Asociación Unesco para el Diálogo Interreligioso e interconviccional (AUDIR).
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