Víctor Codina sj. Tanto en la vida ordinaria de los cristianos como en la misma liturgia, el Sábado Santo es un día triste, gris, desapercibido, casi olvidado. Su centro es el sepulcro.

El Viernes santo es un día de dolor, de compasión, de acompañamiento al Señor en su pasión y en su cruz. El pueblo que asiste a los oficios del día, escucha la pasión, adora la cruz con devoción, comulga. Aunque una inmensa mayoría no asiste a los oficios litúrgicos, mucha gente acompaña al Señor en las estaciones del Via crucis,  participa en la procesión del Santo Sepulcro, se identifica con el Señor crucificado, canta y pide perdón.

La Vigilia pascual, aunque sea muchas veces poco participada, es una gran celebración, la madre de todas las vigilias: la bendición del fuego y del cirio pascual, las lecturas del Antiguo Testamento que resumen las catequesis del  antiguo catecumenado, la alegría del gloria con el repique de campanas y el crepitar de los cohetillos,  el gran anuncio pascual  de que  el Señor ha resucitado, la bendición  del agua bautismal y la renovación de  las promesas del bautismo, culminado con la comunión pascual, constituyen el corazón del triduo pascual y de nuestra fe cristiana.

Pero, en cambio,  el Sábado Santo es un día sin liturgia, en silencio,  no pasa nada, no sucede nada, recuerda la soledad del sepulcro, la tristeza de las mujeres y de los discípulos, la desilusión ante el fracaso. «El Rey duerme», comenta  una antigua homilía sobre el  Sábado Santo. El pueblo canta el Stabat mater, acompaña a la Virgen dolorosa, espera con ella, en silencio, la aurora pascual.

Y sin embargo el Sábado Santo es seguramente el tiempo de la Iglesia y de la liturgia que nos toca vivir más largamente en nuestra vida. No vemos nada, hay un silencio angustiante de Dios ante las injusticias del mundo, ante terremotos y tsunamis, ante la violencia de guerras y de terrorismos, ante la enfermedad y la muerte. Dios parece dormir, calla, se escucha el silencio de Dios…

La ilusión del Vaticano II, la esperanza que teníamos de que la Iglesia cambiara, se ha ido lentamente desvaneciendo. La primavera conciliar ha desembocado en el actual invierno eclesial. No es necesario dar datos, hechos o números. Basta abrir los diarios, escuchar las radios, conectar la TV…

A nivel social los sueños de una liberación, de un mundo mejor parece que se van apagando, incluso es de mal gusto y políticamente incorrecto hablar de opción por los pobres o de que otro mundo es posible, mientras se olvida la memoria de nuestros mártires. Las cosas son lo que son, afirman los más realistas: crisis económica, desempleo, guerras, terrorismo, migrantes sin papeles, violencia de género, hambre, niños soldados, enfermedades incurables, destrucción de la naturaleza…

Y Dios calla, el Rey duerme en el sepulcro…No soñemos, no seamos ingenuos, no hay salida, no hay futuro, no hay utopía, aprovechemos el instante de hoy y disfrutemos de la vida mientras podamos, nos dicen  los hombres «sensatos» de nuestro mundo de hoy.

Y sin embargo para la tradición cristiana primitiva, conservada fielmente  sobre todo en la Iglesia Oriental, el Sábado Santo recuerda el descenso de Jesús a los infiernos, al sheol, al lugar de la muerte y de las sombras, a una ciudadela cerrada  y amurallada, de la que no había salida. Jesús al entrar al lugar de la muerte, rompe los cerrojos, libera de la prisión a los encarcelados, ilumina a los que viven en las sombras de la muerte, vence al poder del mal.

Mientas los cuadros occidentales pintan a Jesús resucitado saliendo del sepulcro ante el asombro de los soldados que caen de espaldas, los iconos orientales representan la resurrección como la salida de Jesús de los infiernos, lleno de luz y blancura, arrastrando tras sí a la humanidad caída, simbolizada en Adán y Eva. Es un comentario gráfico a las palabras del Apocalipsis: «Estuve muerto, pero ahora estoy vivo y tengo las llaves de la muerte del sheol» (Apoc 1, 18).

Sábado Santo es tiempo no sólo de espera sino de esperanza, es dejar que el grano de trigo muerto comience a dar fruto, es tiempo de un invierno que hará posible las flores de la primavera, es tiempo de imaginar, de crear, de abrirse a algo nuevo  e inesperado, de soñar un mundo mejor y una Iglesia nazarena. El Sábado Santo es a la vez sepulcro y madre, como decían los Padres de la Iglesia al hablar del bautismo.

Este espacio de silencio no es de muerte sino de vida germinal,  es noche que apunta a la aurora, son las noches oscuras de los místicos, hoy democratizadas, que acaban en la alegría de la  alborada, es tiempo de fe y de esperanza, es momento de sembrar aunque no veamos los resultados, es tiempo de creer que el Espíritu del Señor, creador y dador de vida, está fecundando la historia y  la tierra hacia su maduración pascual y escatológica, hacia la tierra nueva y el cielo nuevo. El Espíritu tampoco abandona a la Iglesia, le da vida, porque es el mismo Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y que se derramó en Pentecostés sobre la Iglesia naciente y sobre toda la humanidad.

Es muy duro vivir en un Sábado Santo tan prolongado, es duro el invierno social y eclesial. Pero a veces, en medio del silencio del  Sábado de nuestra historia se oyen algunas voces de mujeres que hablan de ángeles que anuncian que el Señor ha resucitado. Ciertamente podemos encerrarnos en nuestro positivismo pesimista y pensar que estas mujeres son unas insensatas, unas exageradas y alocadas. Pero ¿y si estas mujeres tuvieran razón? Entonces ¿no tendríamos también que descender nosotros a los infiernos de nuestro mundo de hoy para liberar a los que están en las sombras de la muerte y anunciarles que el Señor ha vencido a la muerte? Entonces quizás el Sábado Santo podría convertirse en un tiempo de esperanza germinal.

¿TE GUSTA LO QUE HAS LEÍDO?
Para continuar haciendo posible nuestra labor de reflexión, necesitamos tu apoyo.
Con tan solo 1,5 € al mes haces posible este espacio.
Jesuita. Estudió filosofía y teología en Sant Cugat, en Innsbruck y en Roma. Doctor en Teología, fue profesor de teología en Sant Cugat viviendo en L'Hospitalet y Terrassa. Desde 1982 hasta 2018 residió en Bolivia donde ha ejercido de profesor de teología en la Universidad Católica Bolivia de Cochabamba alternando con el trabajo pastoral en barrios populares Ha publicado con Cristianisme i Justícia L. Espinal, un catalán mártir de la justicia (Cuaderno nº 2, enero 1984), Acoger o rechazar el clamor del explotado (Cuaderno nº 23, abril 1988), Luis Espinal, gastar la vida por los otros (Cuaderno nº 64, marzo 1995).
Artículo anteriorMás alimentos, más hambre
Artículo siguienteMineros artesanos en el este de la RD Congo, ¿»Minerales de sangre»?

3 Comentarios

  1. Me gusta que alguien me abra los ojos para dar sentido al largo Sábado Santo que nos toca vivir ahora. Lo reenvio inmediatamente

  2. necesitamos pasar pore este invierno eclesial para comprender la primavera pascual deunas iglesia liberadora y libre que sea profeta y martir

DEJA UN COMENTARIO

Por favor ingresa tu comentario!
Please enter your name here